Sin llegar a los extremos de la Perli, que se presenta en la oficina un día antes de lo que tocaba, mi primer día de trabajo después de las vacaciones de verano también ha tenido su qué. Y no es de extrañar, porque después de dos semanas de luna de miel, una semana de curro y después otras 5 semanas seguidas de vacaciones, tener que volver al trabajo es como para deprimir a cualquiera.
Para empezar, ayer dormí poquísimo, apenas 3 ó 4 horas. En parte porque me acosté tarde y nerviosa preparando el borrador del libro que tengo que enviar la semana que viene, y en parte por los nervios añadidos del “primer día de clase”. Tomároslo a cachondeo si queréis, pero me sentía como si fuera el primer día de clase, igual de nerviosa.
Así que cuando me desperté ayer por la mañana, el primer pensamiento que cruzó por mi mente fue:
¿Y si llamo a mi jefa y le digo que estoy enferma?
A regañadientes me levanté, me lavé la cara, me vestí, blablabla. Y, como cada mañana, me dirigí al bar a tomar el primer café matutino que me pusiera las pilas mientras espero el autobús, pensando que si el bar de la esquina todavía está cerrado por vacaciones, me pego un tiro.
Con la cafeína corriendo por mis venas, subo al autobús y me pongo me pongo el Ipod a volumen rompe-tímpanos. Esta mañana necesito algo que me anime y me ponga de buen humor, que me va a hacer falta. El día va a ser muy largo. Me sorprende la facilidad que tiene mi Ipod para detectar mi estado de ánimo. Suena una canción de Platero y tú, el estribillo dice algo así:
Gasta por la noche
lo que gana por el día,
su futuro tiene forma
de billete lotería.
Este maldito trabajo,
¡voy a mandar
a todos al carajo!
Pierdo el tren de las 8:50, así que tengo que coger el de las 9. Salí de casa cargada con el material para el borrador del libro, para aprovechar los 45 minutos de trayecto adelantando trabajo, pero me siento incapaz de leer una sola página, así que me paso todo el camino escuchando música.
A las 10 estoy en la oficina, charla de rigor con las compañeras sobre lo rápido que pasan las vacaciones. Sí, ya, como si no lo supiera. Me da una pereza horrorosa subir hasta mi planta, no quiero encender el ordenador por miedo a lo que me pueda encontrar cuando abra el correo. Me planteo pegarle fuego, pero creo que es una solución demasiado radical. ¿Y si simplemente le diera una patada y dijera que se ha roto? Quizá así me traerían un ordenador nuevo y limpito… No, no funcionaría.
Café, necesito otro café. En la sala de descanso, el parte de daños es devastador: chocolate, desaparecido en combate; Nescafé, duro como una piedra; leche, sospecho que caducada; azúcar, como un bloque de granito. Resisto la tentación de echarme a llorar porque, sí, además me acaba de venir la regla.
Puesta al día del e-mail, puesta al día de las últimas novedades en la casa con mi jefa… Conforme avanza el día, aumenta mi mala leche y desciende mi confianza en el género humano.
Después de comer con Ifo, y de resistirme todo lo que puedo a volver, me arrastro de nuevo hasta la oficina a resistir lo que me queda de tarde. ¡Quiero irme a casa! Y el resto de la jornada está en una nebulosa, no sabría precisar si me he dormido o he perdido el conocimiento. Debe ser un superbajón post-vacacional. Como dice Perli:
¿Entonces esto va a ser así otros 11 meses más?
Este bajón sólo lo soluciona una inyección en vena de nocilla..
Afortunadamente, esa droga es legal y no hace falta receta.
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