Ayer Ifo y yo estuvimos hablando sobre infidelidades, en realidad sin acabar de llegar a ninguna conclusión concreta (obviamente, no tenemos las respuestas puesto que ni él ni yo manejamos ninguna encuesta sociológica al respecto). Nos preguntábamos quien es más infiel, si los hombres o las mujeres.
He preparado un pequeño cuestionario anónimo (10 preguntas súper-rápidas) a modo de juego, donde podréis exponer vuestras respuestas sobre el tema, a ver qué os parece.
Por supuesto, cada pareja es un caso y cada persona es un mundo, y aquí hoy no pretendo generalizar ni mucho menos, pero en mi opinión, todavía hoy en día, en pleno siglo XXI, son más infieles los hombres. Entre otras muchas cosas por una cuestión de oportunidades: desgraciadamente, todavía somos mayoritariamente las mujeres quienes nos encargamos de la casa y de los hijos, además de la jornada laboral normal. No hay más que ver las horas que le dedicamos a las tareas del hogar hombres y mujeres: ellos, una media de 2 horas semanales (!!!!!), y nosotras una media de 8. Y a eso hay que sumarle el cuidado de los niños, que de eso no hablaba el estudio anterior… Vamos, que una mujer trabajadora, con marido a su cargo e hipotéticos hijos, no tiene mucho tiempo que digamos para andar pensando en amantes. En cambio, en mi opinión, los hombres tienen más tiempo y por tanto mayores posibilidades para ser infieles, debido a los roles de género que todavía arrastramos en nuestra sociedad.
Más aún, creo que tanto entre hombres como entre las mujeres, llegados a cierta edad, la autoestima empieza a caer en picado, ya no nos vemos como cuando éramos jóvenes, hemos perdido lustre… Supongo que debe ser hacia la típica depresión de los 40 en ellos, y en nosotras alrededor de los 30. Y cuando se acerca peligrosamente esa fecha, el hecho de sentirnos atractivas/os para el sexo opuesto se convierte en una prioridad mucho más alta de lo que lo había sido unos años antes. Y ahí pisamos terreno peligroso. Sin embargo, cuando más tiempo pasa desde que una relación se consolida, más peligrosa creo yo que es la posibilidad de ser infiel, pues factores como la monotonía, el aburrimiento, las diversas crisis de pareja, etc. hacen que los especímenes de nuestro alrededor sean mucho más atractivos a nuestros ojos que lo que tenemos en casa. Es por esto que creo que a los 40 es más fácil ser infiel que a los 30, y por eso creo que los hombres son potencialmente infieles con mayor frecuencia que las mujeres.
Más aún, cuando la mujer ronda los 30-35 o incluso los 40, tiende a replegarse en sí misma, utilizar cremas anticelulíticas, antiarrugas y anti-edad en general que (lamento decirlo, chicas) para nuestra desgracia colectiva, no obran milagros. Sin embargo, cuando el hombre ronda los 40, el hecho de que _todavía_ resulte atractivo para las féminas de su alrededor, y cuanto más jóvenes mejor, se convierte en un elemento que le sube la autoestima como no podría hacerlo nada más.Y ahí es fácil caer en la tentación.
En cambio, la teoría de Ifo se resume básicamente en dos puntos:
- Si una mujer quiere sexo, tiene a cualquier hombre a tiro, solo tiene que proponerlo y caerá a sus pies babeando.
- Las mujeres tienden a ocultar mejor las infidelidades. Si una mujer le pone los cuernos a su pareja y no quiere que este se entere, el hombre no se entará nunca.
¿Y vosotras qué pensáis? ¿Son más infieles ellos o nosotras? ¿Quien tiene más posibilidades de poner los cuernos, y quien lo hace con más frecuencia? He preparado un pequeño cuestionario para tratar de sistematizar vuestras respuestas y vuestras opiniones, así que si queréis participar (es completamente anónimo, por supuesto) podría ser interesante, y una vez que tengamos un número significativo de respuestas expondré en el blog los resultados.
Y si quieres que las personas que leen tu blog también participen, puedes enlazar al cuestionario utilizando la siguiente dirección: http://www.polldaddy.com/s/AAD0DF73B976EA2C/
¡Y cuantas más personas colaboren, mejor!
Ayer por la tarde, en la piscina, fui testigo de una escena que por poco me quita las ganas de ser madre y me llevó a contemplar con cierto cariño la posibilidad de ligarme las trompas con los cordones de los zapatos. Os cuento:
Ayer por la tarde, entre otras personas, había en la piscina una niña de unos 5 ó 6 años (quizá incluso menos) y su hermano que no tendría más de 7, jugando en el agua. Su madre estaba fuera, en la toalla. Yo voy a la piscina casi todos los días, un par de horitas por la mañana y una hora o así por la tarde (ya sabéis que llevo bastante mal el calor), y a esta familia era la primera vez que la veía.
En esta época del año, en la piscina de la urbanización a partir de las 4 de la tarde empieza a hacer sombra porque el sol se oculta detrás de mi edificio. Se va ensombreciendo poco a poco, de tal manera que sobre las 5 de la tarde la parte que más cubre está en sombra y toca el sol de media piscina en adelante hacia la parte que menos cubre, hasta aproximadamente las 7, cuando ya no toca el sol ni en la piscina ni en el césped.
Pues a eso de las 6 de la tarde, la madre se acerca al borde de la piscina y les dice a los niños que salgan, que se van a casa. El niño sale de la piscina en silencio, se va a la toalla y empieza a secarse sin decir palabra. En cambio, la niña empieza a soltar unos chillidos que ponían los pelos de punta. Al principio no entendí por qué chillaba, parecía que la estuvieran matando, pensé que se habría hecho daño o algo, porque esos gritos no eran normales, si me apuran no eran ni siquiera humanos: más bien eran algo parecido a los de un cerdo agonizante, cualquiera que haya visto alguna vez la matanza de un cerdo sabrá a qué me refiero. Al cabo de un rato entendí que lo que la niña repetía como un mantra era
No quiero ir a casa no quiero ir a casa no quiero ir a casa no quiero ir a casa…
en toda la gama de agudos que su garganta y sus pulmones le permitían. De hecho, aunque no estoy en condiciones de asegurarlo, diría que alcanzaba tonos que solo los perros podían oír. Toda la piscina al completo estaba horrorizada por los aullidos de la niña, era algo espantoso. Yo aún estoy alucinada, no había visto una rabieta igual en mi vida.
¿Y qué hizo la madre? Se acercó al bordillo de la piscina con el gesto severo, la miró fijamente y le dijo, bajito pero con un tono de voz suficientemente firme, algo así:
Escúchame. No te quiero volver a sentir. Sal de agua y vamos a casa. Ya.
Y se dio media vuelta y volvió con el otro niño. Le ayudó a secarse y se encaminaron hacia casa. En total, la escena habría durado unos 15 o 20 minutos. Probablemente menos, pero esos gritos hicieron que el rato se me hiciera eterno e insoportable.
El caso es que en cuanto la niña perdió de vista a su madre y a su hermano detrás de los setos que rodean la piscina, ella solita salió del agua y el “no quiero ir a casa no quiero ir a casa” se transformó en un “mama mama mama mama” también a grito pelado. Cogió la toalla y las xancletas, y salió corriendo todo lo rápido que sus piernecitas daban de sí detrás de su madre, que la había dejado sola en el agua. ¿No decía que no quería ir a casa? ¡Pues ahí tienes!
La verdad, es que no sé si la madre reaccionó bien o no. Y no estoy segura de si yo sabría manejar una rabieta de esa magnitud. Cuando Ifo y yo hablamos del tema, él suele decir que no descarta un guantazo puntual en un momento determinado en que el crío se pase mucho de la ralla. Yo, a priori, sí que descarto esa opción, no contemplo la posibilidad de ponerle una mano encima a un hijo mío, ni que él se la ponga tampoco, ni siquiera un cachete en el culete con pañal y todo; siempre he creído que, como padres, no podemos permitirnos el lujo de perder los nervios ante nuestros hijos, y un guantazo es el efecto de perder los nervios, y creo que duele más la humillación y el miedo que provoca ese guantazo que el propio dolor físico provocado. Sin embargo, esa no era mi hija y de buen grado me habría acercado y le habría dicho:
A tí tu madre nunca te ha dado una buena hostia cuando te la merecías, ¿verdad guapa? Porque con gusto te la daba yo ahora mismo, ¡niña insoportable!
Si hubiera sido mi hija, no sé qué habría hecho, la verdad. Lo que sé es que no era mi hija, y la tentación de darle un buen sopapo era enorme. Además, creo que encima eso ahora está prohibido, ¿no? Os confieso que ayer por fin entendí lo que Querida Enemiga quería decir con el tema de los hijos, y lo valientes que somos por querer traer uno al mundo. Estoy pelín acojonada, no sé si sabré manejar una situación así.
Cuando vuelva a casa, esto tengo que escribirlo en el blog
Pero aún no había tenido la ocasión de hacerlo. Maripuchi se preguntaba:
Y es que no entiendo por qué si en tu casa apagas las luces cuando sales de una habitación, en el trabajo las dejas encendidas…
Debe ser el mismo mecanismo por el que dejas gotillas de pis en la tapa del WC, vamos, que se joda la siguiente… que lo limpie ella. Que lo limpie la limpiadora…
Pues algo parecido pensé durante el crucero (que, por cierto, todavía no os he contado, lo tengo pendiente). Y es que en el barco nos encontramos con las típicas que hasta en la piscina tienen que hacer ostentación de que el dinero les sale por las orejas: chanclas de piscina de Jimmy Choos, bikinis de La Perla, toallas de playa de Dolce & Gabanna… Y en ese plan, ya me entendéis.
Bueno, pues en la zona de las piscinas del barco había unos baños públicos, además del baño que teníamos en el camarote. Como nuestro camarote nos quedaba unos cuantos pisos por debajo de la piscina, y los ascensores más cercanos estaban bastante lejos, en una ocasión se me ocurrió ir al baño público que había justo al lado de la piscina. Estaba ocupado y tuve que esperar a que saliera una mujer de estas emperifolladas y ostentosas.
Por todos es sabido que las mujeres, si podemos evitarlo, no plantamos nuestros culitos en un water público ni muertas, sino que nos situamos a una distancia prudencial. Bueno, pues en este arte de la micción, las hay con más puntería y las hay con menos. La señora ostentosa y emperifollada era de las que menos. Por poco me muero del asco.
Y lo que yo me pregunto es: si en su casa, con toda probabilidad, esta mujer le pegaría la bronca del milenio si a su marido se le ocurriera dejar la taza del water en tan lamentable estado, ¿a cuento de qué la deja _ella_ así en un lavabo público, pedazo guarra? ¿Tanto cuesta pasarle un trocito de papel higiénico para limpiar tus propias gotitas de pis, o mejor que te limpie tu meada la que venga detras, cacho cerda? Tanto pijerío, tanta ostentación del dinero que te sobra para gastarte en trapitos de marca, y tan poquita educación. Qué pena, tan pija y tan asquerosa.
O eso me temo, al menos. Y es que mi suegra, supongo que como todas las suegras, es una mujer bastante especial… Todas las suegras tienen lo suyo, y la mía es que habla como las cotorras, cuando se arranca no hay forma de hacerla callar y no deja meter baza en la conversación a nadie más, y además tiene una fijación con el dinero que me resulta insoportable, concretamente con cómo gastamos nuestro dinero, que me pone enferma. Estoy hasta las narices de que me haga una ruta turística completa por tres pueblos diferentes para hacer la compra, que si los huevos están más baratos en el D.I.A., la leche en el Consum, los yogures en el Mercadona y la fruta en el Lidl. Vale, sí, muy bien, pero ¿se te ha ocurrido pensar en la de kilómetros que tendría que recorrer, y la de horas que tendría que invertir, en hacer la compra cada semana en cuatro o cinco sitios diferentes? Por no hablar de que lo que me ahorraría al hacer la compra me lo dejaría, y con creces, en gasolina… Y todo esto, aderezado con un parloteo incansable. No hay quien le lleve la contraria, en serio, es agotador, imposible. Acabas dándole la razón, solo para que pare, para que lo deje ya. Porque encima es incansable: o le das la razón, o no para, es un dale que te pego constante que puede durar hoooooras.
La última movida que protagonizó mi suegra fue hace una semana. Ifo había quedado con los amigos para salir a cenar el sábado por la noche; yo no me encontraba bien y decidí quedarme en casa. Por lo visto, se había dejado las luces del coche encendidas y cuando quiso salir no tenía batería. ¿Mi solución? Llamar al RACC, que para algo pagamos la cuota de socios, que nos envíen un mecánico sin que tengamos que poner un duro extra (de eso se trata), que mire si realmente el motivo de que el coche no arranque está en que tiene la batería descargada y, si se trata de eso, que nos dé carga de batería con las pinzas. Lógico, ¿no? Pues no, porque según mi suegra, (versión abreviada) los mecánicos del RACC se dedican a secuestrar coches, llevarlos a talleres a escondidas, y después pedir rescate por ellos.
O, en la versión extendida: mi marido llamó a su padre para preguntarle si había alguna forma de arrancar un coche que no tuviera batería (me lo podía haber preguntado a mí: empujándolo), y su padre le dijo que sin pinzas no. A los 5 minutos me llama mi suegra: que a qué hora estaremos despiertos al día siguiente, domingo. ¿Perdón? ¡Yo qué sé a qué hora nos despertaremos un domingo! ¿Para qué lo quieres saber? Para venir a arreglarnos el coche, porque entre las muchas habilidades de mi suegro, parece ser que también está la de mecánico. Le expliqué como pude entre su parloteo que no hacía falta que vinieran, que ya llamábamos nosotros al RACC, pero mi suegra empezó a explicarme que a lo mejor no es que se hayan quedado las luces encendidas sino que igual es que falla la batería (intento explicarle sin éxito que por eso nos envían un mecánico, para que lo compruebe), pero ella insiste en que si llamamos al RACC se llevarán el coche a un taller (no, si nosotros no queremos, pero intentar explicarle algo a mi suegra cuando se lanza es gastar energías inútilmente), y es tontería que nos gastemos el dinero en un taller cuando mi suegro puede cambiarnos la batería (pienso, porque ya no me atrevo a abrir la boca: vale, muy bien, si el mecánico del RACC nos dice que la batería está cascada llamaremos a mi suegro, gracias por el ofrecimiento…). Pero es imposible convencer a mi suegra, le da igual lo que diga y la decisión que NOSOTROS hayamos tomado: la suya es la única válida, y no se callará hasta que no le demos la razón. ¿Resultado? Al día siguiente, domingo, a las 11 de la mañana nos estaba llamando por teléfono para saber si estábamos despiertos y podían venir a mirar la batería del coche.
Pagamos un seguro para nada. ¡Anda que si lo llego a saber!
Reconozco que su intención es buena, que solo quiere ayudar, pero lo que me encabrona de verdad es que la decisión que ya habíamos tomado, de avisar al RACC, no sirve de nada cuando a mi suegra se le mete entre ceja y ceja. Y no es la única vez que nos contradice para acabar saliéndose con la suya, es sólo la última. Empiezo a estar ya un poquito hasta las narices de que nos trate como a críos, incapaces incluso de comparar dos precios, que se dejan timar por un mecánico diabólico para que nos robe el coche y nos pida un rescate después… Y así suma y sigue.
A esto hay que añadirle otra cosa, y es que yo no tolero bien los consejos. Lo admito. Es algo que llevo francamente mal. Admito que me cuenten su experiencia propia, lo que te pasó a tí en una situación semejante y lo que hiciste para resolverlo, y yo con eso tomaré nota mental y después haré lo que me plazca. Pero imposiciones del estilo lo que TIENES QUE HACER es… lo siento, pero no, por ahí no paso, eso lo llevo fatal. Y, como habéis podido ver, mi suegra es aficionada a llevarme la contraria y a obligarme por el método del acoso y derribo a hacer su santa voluntad. Y me jode. Me jode mucho.
Así que cuando me quede embarazada y ella quiera meter baza sobre el embarazo, o respecto al bebé, o cualquier otra cuestión en la que me imponga su criterio (más aún teniendo en cuenta que mi madre está lejos, y me temo que cuando nazca el bebé vamos a tener a mi suegra encima mucho más de lo que a mí me gustaría) la vamos a tener. Y la vamos a tener gorda.
Es domingo, estás tumbada en la cama y tienes los ojos abiertos como platos. Miras el despertador y son las 9:30 de la mañana. A pesar de que te acostaste a las 3 de la madrugada, y de que es muy temprano para levantarse un domingo, no puedes pegar ojo.
Tan temprano y ya estás completamente empapada de sudor en la cama porque no has conseguido convencer todavía a tu futuro marido de quitar las mantas y las sábanas de franela (tendrás que hacerlo en un momento de descuido) y poner ropa de cama de verano. Total, solo estáis a veintitantos de junio…
Se acerca el mediodía. El termómetro en la calle marca 35 grados. La piscina es una tentación a la que no te has podido acercar en los últimos dos meses de lluvia casi ininterrumpida, y estás deseando darte un baño. Por algo llevas desde septiembre viviendo en una urbanización pija con piscina en la que estás deseando remojar tu cuerpo serrano y ponerte morena. Pero tú tienes que fastidiarte, asfixiarte de calor y llevar pantalones largos porque el jueves tienes cita en el centro de estética para una depilación integral, por lo que el domingo tus piernas y tus ingles están lejos de ofrecer el aspecto ideal para ir a la piscina. Al menos, fuera de las fronteras de Suecia… Intentas convencerte a tí misma de que podría pasar por una rebelión en contra de la concepción femenina de la belleza impuesta por los cánones machistas, pero lamentablemente no funciona.
Con la intención de que se te haga menos duro el suplicio, te acercas a la piscina con pantalón largo y todo, y piensas que si al menos el agua está helada, eso te consolará. Pero el agua está a la temperatura ideal para darse un chapuzón, y a tí te espera un laaaaargo puente de cuatro días, en el que verás la piscina pero no la catarás. 4 interminables días durante los que tendrás que conformarte con el ventilador de pie, tumbarte quietecita a la sombra en el balancín del patio y ponerte ciega a horchatas y limonada casera para pasar el calor.Ni siquiera te queda el consuelo de la manguera del patio para remojarte, porque se estropeó hace meses y aún no la habéis arreglado.
10 meses esperando para disfrutar de la piscina: cuando hace sol, el agua está helada y no hay quien se bañe sin arriesgarse a exponerse a la hipotermia; cuando se acerca el verano, llueve sin parar. Y cuando por fin llega el momento, estamos en verano, hace sol, no llueve y la temperatura del agua es la ideal… ¡no me puedo depilar y mis piernas parecen las de un futbolista de la selección! Y no puedo depilarme a lo tonto en casa porque cuando llegue la boda y la luna de miel posterior no quiero tener que preocuparme de unos incómodos pelitos, quiero estar perfecta y tener las piernas suaves. La vida es muy injusta.
¿Es o no es como para despertarse de mal humor un domingo?
Por cierto, el Sant Joan lo pasamos cenando en casa de mis suegros, y después haciendo explotar petardos en la calle: en mi tiempos, los petardos llevaban mayor carga de pólvora y duraban más rato, pero es que ayer era realmente frustrante ver las pequeñas fuentes de colores de pirotecnia y que no duraran ni 15 segundos.
En cierta ocasión, ahora hace dos años, me ví en la obligación de denunciar a un presunto violador. Esta historia solo la conocían hasta ahora tres personas: mi futuro marido, mi ligue-fijo de aquélla época (que era Guardia Civil, falangista y gallego. Una mala noche la tiene cualquiera), y el comisario de guardia de la Policía Nacional de Terrassa. Y hoy os lo voy a contar porque he dejado de avergonzarme de ser tan ingenua y he conseguido convencerme a mí misma de que utilicé el sentido común. Solo he necesitado dos años para ello, no está nada mal.
Para empezar, os pondré en antecedentes. A mediados del 2006, me había ido a vivir sola y de alquiler, había cambiado de trabajo y mi jefa tenía la irritante manía de pagarme la nómina el día 2 o el 3 de cada mes, con un cheque sin fondos de cualquier entidad de la ciudad en la que yo _no_ tuviera cuenta. En esas estaba cuando, a través del formulario de contacto de este blog, se puso en contacto conmigo una persona que decía escribir en nombre de una pequeña productora de televisión. Me decían que habían visto las fotos de mi perfil, que habían leído lo que escribo en el blog, y que si era tan desenvuelta en persona como parecía escribiendo, les interesaría hacerme una prueba para un programa en una televisión local, y me pagarían por el tiempo dedicado independientemente de que finalmente fuera seleccionada o no. Ahora lo pienso y me horrorizo solo de pensarlo, pero en su momento pensé
¡Coño! si Fresita puede presentar un programa en la tele local, ¿por qué yo no?
En fin, que respondí al e-mail y pedí más información al respecto. Me dijeron que se trataba de una pequeña productora de televisión que había ganado un concurso público para poner en marcha la parrilla de programación para una televisión local y por lo tanto tenían financiación para pagar las pruebas a las personas aspirantes, que tenían poco tiempo y por eso pagaban por los castings, y que estaban buscando personal para los distintos programas. Que la prueba consistía en una prueba de actuación con un pequeño texto, y otra de baile y canto.
Ya la hemos jodido (pensé): mi voz no tiene nada que envidiar a la de los Bee Gees…
Y me dijeron que si estaba interesada, les diera mi número de teléfono para concretar el día y la hora de la prueba y que me pasaran la dirección de las oficinas. Eso hice, y concertamos la prueba para un día entre semana, por la tarde a la salida del trabajo. Las oficinas estaban en un piso muy alto en la Diagonal, pero no recuerdo exactamente la dirección. Como no lo acababa de ver del todo claro, le pedí a mi hermano que me acompañara. Una puede ser ingenua, pero no imbécil.
El día antes de la prueba recibí un SMS: en él me decían que, para valorar el físico sin sesgos de ropa (textual, creo que nunca olvidaré esa frase), tendría que realizar la prueba desnuda. Llamadme mojigata si queréis, pero llegados a este punto, me rajé. Si algo no me olía nada bien antes, cuando recibí este mensaje decididamente me dí cuenta de que aquí había alguna cosa rara, así que envié un e-mail diciendo que pasaba de hacer la prueba, que no me ofrecían las garantías necesarias, que todavía no sabía ni el nombre de la productora ni la televisión local a la que se referían, y que ante esta situación prefería no hacer la prueba, muchas gracias por todo.
Sorprendentemente, recibí respuesta a este e-mail: una respuesta por correo electrónico en la que el tipo con el que había hablado desde el principio me confesaba que todo era un engaño, que él era una persona normal pero hacía “esto” simplemente porque se sentía solo y no quería pagar a “profesionales”, que su intención era únicamente grabar un vídeo de una chica desnuda bailando para él en su piso y, de mutuo acuerdo, pasar un buen rato y lo que surja.
Esta confesión me puso los pelos de punta, diox, ¿dónde he estado a punto de meterme? Y más importante aún: ¿a cuantas chicas habrá conseguido engañar para subirlas a su piso, quizá encerrarlas, y vete a saber qué más?¿Violación, inducción a la prostitución, secuestro, trata de blancas? Yo qué sé la de burradas que se me pasaron por la cabeza, porque la verdad es que el tema me parecía peligroso de verdad. Así que imprimí todos los correos electrónicos, y me planté en la comisaría de la Policía Nacional de Terrassa. Allí me atendieron muy bien, el comisario entendió enseguida la naturaleza de lo que le estaba contando, e incluso me dio su teléfono por si esta persona intentaba ponerse en contacto conmigo de alguna manera.
Cursamos la denuncia contra esta persona, pues tenía sus datos personales en el e-mail y también tenía su número de móvil y la dirección del piso en el que me habían convocado. Pero, sorprendentemente (o quizá no tanto), el policía no me dejó adjuntar los correos electrónicos que yo había imprimido como prueba de la denuncia. En su lugar, lo que hizo fue leerlos y transcribirlos de la forma más literal posible en la denuncia, pero redactados en tercera persona, como si en lugar de haberlos leído fuese yo quien le explicaba el contenido de los e-mails. Me explicó que no podía adjuntarlos a la denuncia porque yo no tenía derecho a mostrar esos e-mais a nadie sin expresa autorización de la otra persona o, en su defecto, el mandato de un juez, y por lo tanto al incluirlos en la denuncia podría incurrir en una violación de la confidencialidad en las comunicaciones. Resulta curioso que en una denuncia a un posible violador, no pueda adjuntar las pruebas en las que el propio denunciado confiesa el engaño para subir chicas a su piso y que bailen desnudas para él “y lo que surja”, pero así es la ley. Varios meses después me enteré de que habían detenido a un violador en Barcelona que tenía un “modus operandi” similar al que yo les había descrito. Si pude contribuir en algo, me alegro.
Ahora bien, si a mí la ley me impidió en su momento adjuntar a una denuncia unos e-mails en los que un presunto violador confesaba su forma de engañar a chicas ingenuas como yo para que fueran a su piso y le bailaran desnudas mientras él lo grababa en vídeo, y vete a saber qué más a continuación, ¿por qué otras personas se creen con derecho a enseñar públicamente, sin consentimiento de mi parte, e-mails privados además de lo más inofensivos? ¿Qué derecho ampara a una persona a la que yo le pido explicaciones por un error, a hacer público ese e-mail sin mi permiso? ¿Por qué alguien, para pedir simplemente perdón por un error, debe hacer un ejercicio público de autoflagelación totalmente innecesario, que nadie le ha solicitado, y que solo contribuye a generar mayor confusión? ¿No era más fácil responder, por la misma vía en la que se solicitaron las explicaciones, un
lo siento, ha sido un error, no volverá a pasar
que tener que recurrir a una explicación enrevesada y púbica, que nadie le ha pedido, y de la que de hecho no me habría enterado si no me lo cuentan terceras personas? ¿Casi mil palabras para pedir perdón públicamente por una tontería que requería apenas 10 palabras como máximo y en un mail privado, no es un poco excesivo? En serio, ¿no es complicarse mucho la vida para decirme simplemente que soy una pesada tocapelotas? ¡Si es más fácil decirlo abiertamente! ¿Todo este lío, por no sé qué asunto de poner de manifiesto la propia honradez (excusatio non petita…), ¡¡cometiendo una ilegalidad flagrante!!? ¿Es compatible demostrar que uno es honrado, haciendo algo totalmente desproporcionadoe ilegal, que nadie le ha pedido?
Os confieso que hay determinadas personas que en ocasiones me superan. Pero cuando se cometen ilegalidades que me afectan directamente, no soy de las que se queda de brazos cruzados. Esta es la segunda vez que se publican en la red e-mails míos sin mi permiso. Quizá sea la última.
Ayer por la noche fuimos a la temida charla del cursillo prematrimonial. Estábamos un pelín asustados, desconcertados porque no sabíamos qué nos íbamos a encontrar y porque el cura nos había dicho que duraban ¡¡un fin de semana!! (¿está loco este hombre? ¡Con la cantidad de cosas que tenemos que hacer, a un mes de la boda!). De hecho, cuando le recordé a Ifo que nos habían dicho que el curso prematrimonial duraba un fin de semana, puso cara de susto y me dijo que si no nos podíamos casar por lo civil… Os juro que en ese momento casi lo mato, ¡con el conflicto ético-moral que tengo yo al casarme por la Iglesia! Y es que no soy para nada creyente, de hecho me he planteado la posibilidad de apostatar, y si me caso _por la Iglesia_ es por él, porque a él le hace una ilusión tremenda, porque yo me imaginaba una boda civil en un jardín bonito, quizá bajo una carpa… En fin, que casi lo mato, cuando me dijo que simplemente se estaba cachondeado, y que lo de casarnos por la iglesia lo tiene clarísimo, pero lo que no le hacía ni puñetera gracia es lo del cursillo prematrimonial.
Total, que a las 9 de la noche allí estábamos, en la parroquia de nuestro pueblo, junto a otra pareja más, esperando a la pareja “de acogida” que nos iba a explicar de qué va esto del matrimonio… La actitud de Ifo al respecto no dejaba lugar a dudas:
A las 10 nos largamos, que yo mañana madrugo.
Y yo, nerviosa y algo asustada, porque si se les ocurre recomendarme que, como mujer, mi papel en el matrimonio consiste básicamente en servir a mi marido, y su receta se basa en la resignación cristiana, salgo de allí excomulgada por la vía directa.
En realidad no fue para tanto. Algo más de una hora de charla con un matrimonio bastante joven, muy pijos los dos (él, polo lacoste; ella, look a lo hippy-fashion con pendiente de Tous), que llevaban 16 años casados y tenían 2 hijas, la menor de 10 años. Aparte de pijos, no eran tan conservadores como yo me esperaba, y estaban más bien por la igualdad hombre-mujer, reparto equitativo de tareas en el hogar y en esa línea.
Incluso el cura, contra todo pronóstico, se pronunció a favor de la emancipación de la mujer, de la necesidad de llenar su vida con otras tareas que le resulten más satisfactorias para su autorealización personal que servir al hombre, y en contra de que el hombre sea completamente inútil en su quehacer diario que requiera de una mujer que le atienda hasta para lavarle la ropa o hacerle la comida. Y más sorprendente aún, a pesar de lo conservador que el párraco nos pareció cuando fuimos a verle la primera vez, en esta charla criticó el machismo de la Iglesia Católica, y el hecho de que la mujer en la Iglesia tenga un papel subordinado al hombre y tenga vetado el acceso al poder. Nos explicó que en los palacios cardenalicios, los obispos normalmente tienen monjas que les atienden, y dedican toda su vida a atender las necesidades rutinarias de esos hombres que no saben cuidarse solos: les lavan la ropa, les hacen la comida, les mantienen sus estancias limpias, etc. El cura de nuestro pueblo dijo no comprender cómo una existencia así puede llenar, ni a la mujer ni al hombre, y que el mero hecho de que se dé esta situación ya implica que algo no va bien. La verdad es que me sorprendió agradablemente su alegato.
Sin embargo, me dio la sensación de que todo era un discurso bastante precocinado “al gusto del consumidor”. Es decir, que no era auténtico sino más bien una pose, por cómo nos habían calado (sobre todo a mí) desde el primer momento. La mujer que nos dio el cursillo prematrimonial en algún momento se descantilló con que la culpa de que hoy en día se produzcan tantos divorcios la tiene la emancipación de la mujer, porque está muy envalentonada, ya no necesita al hombre para subsistir, puede valerse por sí misma, y en consecuencia aguanta mucho menos. Tuve que pararle los pies y decirle que cuando se rompe un matrimonio, la culpa generalmente es de los dos y no de una sola de las partes, y que no es sólo que la mujer sea hoy en día mucho más independiente, cosa que me parece positiva, sino que los hombres no han sabido encontrar su sitio y hacerse a la idea de que están teniendo que ceder cuotas de poder cada vez más grandes y cada vez más rápido. Mientras no se mentalicen de esa nueva situación y encuentren su lugar, cuanto más tiempo se empecinen en no querer renunciar a sus privilegios históricos, más les costará asumir que su pareja ya no es una persona dependiente sino que tiene que tratarla en plano de igualdad y más les costará hacerse a la idea de que hombres y mujeres somos iguales en dignidad, iguales en derechos e iguales en responsabilidades (la frase no es mía, es del cura…). Todos se mostraron de acuerdo conmigo (al menos, eso dijeron), y el cura admitió que no es fácil cambiar 20 siglos de dominación machista en una sola generación.
Por otro lado, ví removerse en su silla al cura cuando la mujer que nos estaba dando el cursillo se pronunció a favor del divorcio en casos de malos tratos, y también en aquéllas situaciones en las que la mujer viva tan completamente sometida a su marido que le resulte insufrible continuar viviendo así. Creo que no le hizo demasiada gracia, aunque tuvo el buen gusto de mantener la boca cerrada, porque se podía haber montado un buen cirio y si me toca mucho las narices igual pierde dos clientes hasta ahora cautivos. Hay cosas por las que no estoy dispuesta a pasar.
Por lo demás, la charla discurrió sobre un temario de tópicos de psicología de revista femenina.
La base de toda pareja está en la comunicación
Si tu pareja hace algo que te ha molestado, díselo y no te lo guardes para tí, que después la bola se hace cada vez más grande y es peor
Compartid aficiones que os interesen a los dos
No tengáis aficiones que puedan descomponer el ritmo de la pareja(*)
Guardad un rato para vosotros, haced una escapada juntos de vez en cuando
Cuidad de la pareja, que los hijos llega un momento que se van de casa
¿Se os ocurren más tópicos? Seguro que me dejo alguno.
* Respecto al punto de no tener aficiones que descompongan el ritmo de la pareja, pusieron un ejemplo que me pareció de lo más curioso porque yo misma lo he vivido: irse _CADA_ domingo, desde las 7 de la mañana hasta las 3 de la tarde, a pasear en bici, lo que significa no salir ni-un-puñetero-sábado y no hacer planes juntos ni-un-puñetero-domingo… deja vu, ¿de qué me suena a mí esto?
Y, para finalizar, nos pasaron un cuento titulado “Amar sin ataduras” en la que una pareja de jóvenes indios (él, bravo guerrero; ella, HIJA DE el jefe de la tribu…) le pedía al hechicero que les hiciera un conjuro para permanecer siempre unidos. El hechicero les pide que traigan un halcón y un águila, las aten por las patas y las dejen sueltas. Las aves intentan volar, pero al estar atadas no lo consiguen, y empiezan a darse picotazos la una a la otra. La moraleja del cuento es evidente: no te cases. ¡Pues a buenas horas me lo dicen!
P.D. : Más de una hora de cursillo prematrimonial, y ni una palabra sobre sexo.
Hoy yo también voy a salir del armario: lo admito, me gusta la literatura chick-lit, aunque para ser sincera, adjudicarle un género literario me parece un poquitín pretencioso, no diría yo que el género diera para tanto. De hecho, antes de saber por The Inner Girl que existía esta denominación, Ifo y yo llamábamos a esta clase de novelas “chorri-libros“.
Para quien no tenga muy claro en qué consiste el género chick-lit o “chorri-libros” (el nombrecito también es bastante nuevo para mí), os pondré brevemente en antecedentes: se la conoce popularmente como “esa clase de literatura para mujeres, escrita por mujeres“. Más o menos como el Cosmopolitan, pero en tapa dura, con más páginas y sin fotos (no sé vosotras, pero yo tengo serias dudas de que el Cosmo realmente esté escrito por mujeres: más bien parece escrito por un comité de hombres profundamente misóginos que se hacen pasar por mujeres liberadas… Más o menos como en los “chorri-libros”).
Sin embargo, la descripción popular de libros para mujeres escritos por mujeres dice poco de la naturaleza de este “género literario” (ejem!). Se trata de novelas bastante cortas, que se leen rápido y con relativa facilidad, sobre mujeres con una vida típicamente fashion. Los personajes protagonistas son mujeres habitualmente bastante superficiales, con trabajos de esos que los hombres “yo no soy machista pero” considerarían adecuados para las mujeres, que coinciden poco más o menos con los que comercializa la Nintendo DS para formar a las mujeres del futuro ya desde niñas, para que sepan desde bien pequeñas el papel que les corresponde en este mundo: diseñadora de moda, veterinaria, peluquera, cocinera o mamá (brrrrr!!!). Añádele a ese repertorio trabajar también en una revista, femenina por supuesto, pero no como periodista sino como subdirectora por lo menos, y tendrás cubiertas casi todas las posibilidades de empleo de las protas de estos “chorri-libros”. Cuando algún personaje femenino y secundario tiene una carrera que exige titulación universitaria, como abogada por ejemplo, suele ser una abogada que sólo lleva casos de mujeres puteadas por los hombres, y ella misma es o lesbiana, o divorciada resentida con odio visceral hacia todos los hombres del mundo, o ambas cosas a la vez. Vaya panorama.
Normalmente, las tramas suelen girar en torno a dos líneas básicas: si la protagonista tiene una carrera de éxito (en uno de esos empleos aptos para mujeres, claro) con una vida frívola y muy fashion trufada de ropa cara y fiestas guays, lo que busca es tener una pareja porque sin un hombre a su lado sienten que les falta algo y que sus vidas no están completas siendo solteras; en cambio, si la protagonista está casada con un hombre maravilloso y tiene unos hijos preciosos y dedica su vida a ejercer de perfecta ama de casa, lo que busca es un empleo, no para autorrealizarse profesionalmente, sino para entretenerse en algo y salir del aburrimiento de sus vidas (la carrera de éxito profesional en este caso le pertenece al marido).
Con estos mimbres, es evidente que sólo puede tejerse un cesto plagado de tópicos machistas, y efectivamente, así es: tenemos mujeres con graves desórdenes alimenticios que se presentan como un éxito de su tremenda fuerza de voluntad, historias que promueven la anorexia como algo deseable, protagonistas para las que una talla 38 equivale a un grave problema de sobrepeso y para las que la belleza y el aspecto físico es lo más importante, pasando a un muy segundo plano aspectos como la inteligencia, la cultura general o la formación académica. Con todo lo que llevo dicho hasta ahora, ¿todavía os sorprende que crea que estos libros en realidad no están escritos por mujeres, como se nos quiere hacer creer, sino por hombres misóginos que quieren hacerse pasar por mujeres liberadas?
Y, sin embargo, algo tienen estos libros porque enganchan, son poderosamente adictivos y parece que tienen un considerable éxito entre el público femenino. Si hasta yo, que me considero una feminista recalcitrante, he caído en sus garras y los leo con una mezcla de asco y deleite, ¿dónde radica su poder de atracción? No lo sé, la verdad. Son historias más o menos cercanas (si hacemos abstracción de lo forzado de los personajes, claro), sin una moraleja final, lo cual es de agradecer (por otra parte, tampoco es necesaria una moraleja final, porque recorre todo el libro de principi a fin), las situaciones descritas son divertidas y las exponen en un tono desenfadado, y muchas de nosotras nos podemos sentir identificadas en mayor o menor medida con la protagonista a la que la devora la ansiedad por esa llamada que nunca llega, o que se siente humillada por una jefa negrera, por ejemplo. ¡Ojo! Hablo de situaciones puntuales descritas, porque identificarse casi plenamente con las protagonistas de estos libros podría considerarse una seria patología clínica: el síndrome de Victoria Beckam, creo que lo llaman.
Yo utilizó estos “chorri-libros” para desconectar en épocas de stress, aunque a veces es peor el remedio que la enfermedad: desconecto el modo “políticamente comprometida“, pero activo el modo “feminista mitinera plasta” y le caliento la cabeza a Ifo con mi dignidad ofendida por los tópicos machistas que me salen al paso en esos libros supuestamente inofensivos.
¿Por qué lees esos libros, si no te gustan y encima te ponen de mala leche?
Pues es una buena pregunta, porque a pesar de todo lo que he dicho antes, ¡me gustan estos libros! No puedo entenderlo. Hay quien dice que son el equivalente alimenticio al chocolate: consumo rápido y satisfacción inmediata, pero cero nutrientes. No es una mala metáfora, pero me preocupa lo de la satisfacción rápida, porque creo que son altamente perjudiciales para la salud. Hay que leerlos con la suficiente distancia higiénica para que no penetren en una todos los tópicos machistas que destilan, o la toxicidad de estos chorri-libros puede provocar daños irreparables. No obstante, tomados con la suficiente distancia, tengo que confesar que son divertidos y entretenidos para pasar el rato y no pensar demasiado. En próximas entregas, críticas literarias despiadadas de algunos chorri-libros que he leído. Empezaremos con El Club de las Primeras Esposas, todo un clásico, no se lo pierdan.
Nota a pie de página: Inner, con la plantilla de tu blog es complicadísimo pillar enlaces a tus posts, y visitar el histórico para recuperar algún post antiguo es casi una misión imposible. ¿Lo has hecho a propósito para que no te enlacen por algún motivo, o es un fallo de tu plantilla que no sabes cómo arreglar? Si quieres, puedo echarte una mano.
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