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Esta tarde vienen a pasar un par de días en casa Maripuchi y familia. Así que Ifo y yo estamos haciendo los últimos preparativos para cuando lleguen: preparar la habitación de los niños, comprobar que la cama inflable de matrimonio no esté pinchada, hacer la compra para 6 (dos de ellos un par de mocosos de 2 y 3 años), esconder los vibradores… en fin, esas cosas que hay que hacer cuando esperas visita y quieres tenerlo todo a punto.
La verdad es que es la primera vez que unos amigos se quedan en _nuestra casa_ unos días, aunque en casa de mis padres el tráfico de familiares y amigos que vienen de visita es contínuo, es la primera vez que Ifo y yo ejercemos de anfitriones a tiempo completo.
Me hace mogollón de ilusión la visita de Maripuchi, de Fer, y de conocer a Tomás y a Lara. Volvernos a ver, ponernos al día, explicarnos anécdotas y tener esas conversaciones intensas sobre el sentido de la vida. Aunque, por otro lado, no sé si estaré a la altura. Lo que sí sé es que voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que estos días que pasen aquí se sientan como en casa, se lo pasen fenomenal y desconecten todo lo que puedan.
Un besote, wapa! Nos vemos mañana esta tarde. Conducid con cuidado, que aquí os esperamos y lo importante es llegar.
En esta entrada hablo de: Amigos, blogs, convivencia, Ifoxe, ilusión, matrimonio, piso, vacaciones
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¿Os acordáis de mi maravillosa habitación nueva de Ikea, toda para mí sola, con mi precioso sofá amarillo? Creo que comentamos lo importante que es el hecho de tener tu propio espacio, tu propia habitación… Bueno, pues olvidaros de todo lo que dije en su momento, porque Ifo se ha mudado a mi habitación con todos sus trastos, y ahora le tengo metiéndome mano mientras posteo.
Que a mis años tenga que compartir habitación… 
De momento es agradable, le tengo a mi lado, ¡pasamos más tiempo juntos!, podemos hablar mientras él está jugando y tenemos nuestros momentitos de intimidad. Ya no hará falta que me una al colectivo de viudas del WOW. Aunque ahora la que ha perdido intimidad totalmente soy yo, y además le tengo hablando con los amigos por el Team Speak, que es un rollazo porque le oigo hablar a él pero no me entero de lo que dicen los demás, y así no hay manera de enterarse de una conversación en condiciones, ¡hombreya!
Él se ha comprometido a no fumar en la habitación, lo cual es un importante punto a su favor porque últimamente le decía que le iba a poner de cenicero un plato hondo, a ver si así hacía más puntería (tenía su escritorio lleno de ceniza por todas partes, y no hay cosa que me moleste más) y no tendría que vaciarlos tan a menudo (estaba harta de ver el cenicero lleno a rebosar y que no lo vaciara a pesar de tener _mi_ papelera a sus pies)… Veremos a ver lo que dura.
También le tendré más controlado en lo que respecta al tema orden, porque cuando tenía su propia habitación era un auténtico caos y ahora que compartimos no se lo voy a consentir: hasta ahora tenía mi habitación limpia como una patena, vamos que si la ve mi madre no se lo cree, con las broncas que tuvimos de adolescente para que ordenara mi cuarto… Así que como se le ocurra ir dejando las cosas tiradas, varias botellas vacías por todas partes, y todo desordenado como el caos que tenía antes por habitación, la vamos a tener gorda.
Pero es taaaaaan agradable que me dé un beso mientras leo vuestros blogs…! Claro que ahora él mira mi pantalla sin disimulo alguno para leer lo que escribo… Aunque lo cierto es que antes también lo hacía sin ningún disimulo, pero al menos le veía llegar, ¡ahora no hay forma de ocultarse! 
Le he dicho que o establecemos unas normas de convivencia, y las cumplimos, o se vuelve directo a su propia habitación. Mientras dure, porque la suya será la futura habitación del bebé, así que más le vale comportarse como es debido, que yo no soy su madre ni le pienso tolerar que lo deje todo tirado, ni mucho menos ir recogiendo lo que él deje por no tener la más mínima consideración.
Últimamente él había dejado caer algún que otro comentario sobre poner su ordenador en el comedor, por encima de mi cadáver. Sospecho que lo que en realidad quería era conectar el ordenador a la tele de 42 pulgadas (y eso que, si os fijáis, tiene un pedazo pantallote de 22 pulgadas que lo flipas, la diferencia con respecto al mío, un vulgar monitor de 19, se nota un montón) y jugar desde el sofá, pero me temo que si se lo consiento, no vuelvo a ver la tele en lo que me queda de vida. Ni muerta.
Antes:
 
Ahora:
 
En esta entrada hablo de: convivencia, feminismo, independencia, matrimonio, mujer, piso
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A cualquier cosa Ifo le llama situación de crisis… En fin, os cuento: Nos hemos comprado una nevera y un lavavajillas nuevos, la primera porque la vieja estaba a punto de cascar, hacía unas cantidades de hielo espectaculares y me congelaba la comida en vez de simplemente enfriarla, un desastre; y el segundo, porque no resistió la primera mudanza, del piso de mi ex que se quedó mi ex por toda la cara a mi pisito de soltera, lo último que lavó fue la batería de cocina y la cristalería que mi abuela me regaló con mi “ajuar” (lo que me plantea interesantes comparaciones que ahora no me voy a molestar en exponer). Ya tengo lavavajillas nuevo, Querida Enemiga ya no me da envidia.
Antes
 
Después
 
Aparte de que la nevera nueva es un palmo más baja que el hueco que tenemos en la cocina, lo cual me ha provocado el primer disgusto del día, obviamente hemos tenido que sacar toda la comida de la nevera y del congelador del frigorífico viejo. Además, hemos tenido que esperar tres horas antes de poderlo enchufar y poner en marcha, por aquéllo de no sé qué del gas al venir tumbada. El caso es que, entre una cosa y otra, hemos tenido la cocina empantanada todo el día, y mal que bien nos las hemos apañado para cocinar sopa de pera y pato a la naranja (que dirás, y con la cocina patas arriba, ¿no podías haber cocinado un huevo frito con patatas? ¡Pues no! Puesto a liarla, o se hace a lo grande o no se hace). Una vez puesta en marcha (a eso de las 3 y pico de la tarde), como es obvio, no se ha enfriado de repente sino que necesita unas cuantas horas para que el interior se ponga a la temperatura adecuada.
El resultado de todo lo anterior es que todo lo que teníamos en el congelador y que no cabía en el fregadero se ha descongelado a lo loco (con 30º a la sombra, tú me dirás) y ha empezado a soltar agua a chorro sobre la encimera de la cocina. El problema es que entre las patatas fritas, las varitas de merluza Capitán Pescanova y las pechugas de pollo congeladas habían también dos botes de helado de vainilla y nueces de macadamia, tipo Häagen Dazs pero del Mercadona. Y claro, después de tantas horas cociéndose por el calor, uno de los helados deshizo el cartón con el que está hecho el bote, y empezó a pringar de vainilla todo lo que encontró a su paso.
Para solucionar el desaguisado, le pedí a Ifo que me pasara un vaso lo más rápido que pudiera mientras con una mano mantenía en alto y boca abajo el bote para evitar que siguiera manchando, y con la otra intentaba limpiar el estropicio. Por el agujerito que el líquido hizo en el bote traspasé el helado derretido al vaso, se lo pasé Ifo y le pedí otro más para poner el resto del helado. Cuando me giro para ver por qué tardaba tanto en pasarme otro vaso, ¡lo pillo vaciando todo el helado por el fregadero! Para matarlo. Y encima me dice, todo ofendido:
- ¡¿Y qué querías que hiciera?!
- ¡Pues comértelo, hijo mío! O, en su defecto, dejarlo para que me lo coma yo…
- ¡Ay! ¿Qué quieres que haga? He reaccionado como he podido: estábamos en una situación de crisis…
lol Pa mear y no echar gota…
Lo que yo te diga: a cualquier cosa Ifo le llama situación de crisis… Luego se mosquea si le digo que se ahoga en un vaso de agua. La buena noticia es que al menos he podido salvar la mitad del helado 
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Ayer por la tarde, en la piscina, fui testigo de una escena que por poco me quita las ganas de ser madre y me llevó a contemplar con cierto cariño la posibilidad de ligarme las trompas con los cordones de los zapatos. Os cuento:
Ayer por la tarde, entre otras personas, había en la piscina una niña de unos 5 ó 6 años (quizá incluso menos) y su hermano que no tendría más de 7, jugando en el agua. Su madre estaba fuera, en la toalla. Yo voy a la piscina casi todos los días, un par de horitas por la mañana y una hora o así por la tarde (ya sabéis que llevo bastante mal el calor), y a esta familia era la primera vez que la veía.
En esta época del año, en la piscina de la urbanización a partir de las 4 de la tarde empieza a hacer sombra porque el sol se oculta detrás de mi edificio. Se va ensombreciendo poco a poco, de tal manera que sobre las 5 de la tarde la parte que más cubre está en sombra y toca el sol de media piscina en adelante hacia la parte que menos cubre, hasta aproximadamente las 7, cuando ya no toca el sol ni en la piscina ni en el césped.
Pues a eso de las 6 de la tarde, la madre se acerca al borde de la piscina y les dice a los niños que salgan, que se van a casa. El niño sale de la piscina en silencio, se va a la toalla y empieza a secarse sin decir palabra. En cambio, la niña empieza a soltar unos chillidos que ponían los pelos de punta. Al principio no entendí por qué chillaba, parecía que la estuvieran matando, pensé que se habría hecho daño o algo, porque esos gritos no eran normales, si me apuran no eran ni siquiera humanos: más bien eran algo parecido a los de un cerdo agonizante, cualquiera que haya visto alguna vez la matanza de un cerdo sabrá a qué me refiero. Al cabo de un rato entendí que lo que la niña repetía como un mantra era
No quiero ir a casa no quiero ir a casa no quiero ir a casa no quiero ir a casa…
en toda la gama de agudos que su garganta y sus pulmones le permitían. De hecho, aunque no estoy en condiciones de asegurarlo, diría que alcanzaba tonos que solo los perros podían oír. Toda la piscina al completo estaba horrorizada por los aullidos de la niña, era algo espantoso. Yo aún estoy alucinada, no había visto una rabieta igual en mi vida.
¿Y qué hizo la madre? Se acercó al bordillo de la piscina con el gesto severo, la miró fijamente y le dijo, bajito pero con un tono de voz suficientemente firme, algo así:
Escúchame. No te quiero volver a sentir. Sal de agua y vamos a casa. Ya.
Y se dio media vuelta y volvió con el otro niño. Le ayudó a secarse y se encaminaron hacia casa. En total, la escena habría durado unos 15 o 20 minutos. Probablemente menos, pero esos gritos hicieron que el rato se me hiciera eterno e insoportable.
El caso es que en cuanto la niña perdió de vista a su madre y a su hermano detrás de los setos que rodean la piscina, ella solita salió del agua y el “no quiero ir a casa no quiero ir a casa” se transformó en un “mama mama mama mama” también a grito pelado. Cogió la toalla y las xancletas, y salió corriendo todo lo rápido que sus piernecitas daban de sí detrás de su madre, que la había dejado sola en el agua. ¿No decía que no quería ir a casa? ¡Pues ahí tienes!
La verdad, es que no sé si la madre reaccionó bien o no. Y no estoy segura de si yo sabría manejar una rabieta de esa magnitud. Cuando Ifo y yo hablamos del tema, él suele decir que no descarta un guantazo puntual en un momento determinado en que el crío se pase mucho de la ralla. Yo, a priori, sí que descarto esa opción, no contemplo la posibilidad de ponerle una mano encima a un hijo mío, ni que él se la ponga tampoco, ni siquiera un cachete en el culete con pañal y todo; siempre he creído que, como padres, no podemos permitirnos el lujo de perder los nervios ante nuestros hijos, y un guantazo es el efecto de perder los nervios, y creo que duele más la humillación y el miedo que provoca ese guantazo que el propio dolor físico provocado. Sin embargo, esa no era mi hija y de buen grado me habría acercado y le habría dicho:
A tí tu madre nunca te ha dado una buena hostia cuando te la merecías, ¿verdad guapa? Porque con gusto te la daba yo ahora mismo, ¡niña insoportable!
Si hubiera sido mi hija, no sé qué habría hecho, la verdad. Lo que sé es que no era mi hija, y la tentación de darle un buen sopapo era enorme. Además, creo que encima eso ahora está prohibido, ¿no? Os confieso que ayer por fin entendí lo que Querida Enemiga quería decir con el tema de los hijos, y lo valientes que somos por querer traer uno al mundo. Estoy pelín acojonada, no sé si sabré manejar una situación así.
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