El desayuno de este sábado con mi ex ha sido terrible. Emocionalmente corrosivo, pero necesario. Cierto que para que él explote de esta manera tiene que estar realmente hecho polvo. De hecho, nunca le había visto así, tan hundido…
Intenta contener sus emociones, explicar de forma racional cómo se siente. Me quedo con la idea de que se ha dado cuenta de que se ha comportado como un auténtico capullo, ha ido a la suya sin darse cuenta del daño que hacía a los demás (principalmente, a mí), y ahora que se ha dado cuenta está dolido consigo mismo, arrepentido y con ganas de corregir todos los errores que ha cometido en el pasado. Está hecho polvo, pero es un gesto que le honra.
Por supuesto, además de hablar, de dar rienda suelta a sus sentimientos y a sus emociones, además de desahogarse, también buscaba la absolución. Que le perdone, claro. Es sincero, está arrepentido y quiere arreglarlo. Me inspira mucha ternura y le perdono. No quiero que sufra. Claro que tampoco quiero sufrir yo. Supongo que esto es lo más parecido al síndrome de Estocolmo que sentiré nunca (con suerte…
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En un momento de la conversación, no puedo reprimir las lágrimas. Intento secarme los ojos como puedo sin emborronarme la cara de rímel. A él le hace gracia el gesto, me mira divertido, sonríe y me dice bajito: “Estás muy guapa“. Su sonrisa, su voz, todavía me desarman.
Cuando nos despedimos, con un abrazo, un beso de más en la mejilla que se le escapa con ternura y la promesa de llamarme él esta semana (”el lunes o el martes“, en un tono que no sé si es para tranquilizarme a mí o para tranquilizarse él), ya tengo el corazón en los zapatos.
Me voy a casa y sólo tengo ganas de darme un baño caliente y llorar hasta cansarme. Pero mientras me preparo el baño, me descalzo, meto los calcetines en los zapatos, dejo los zapatos en la habitación para que no se estropeen por la humedad, limpio la bañera de pelos que ha dejado mi padre, caliento el agua, busco el champú baño de espuma con olor a frutas del bosque que escondí en el rincón más profundo del armario de baño antes de irme (no pongáis esa cara, que no conocéis a mi madre)… Vamos, que para cuando pongo el culo en remojo, ya se me han pasado las ganas de llorar.
Se me pasa rápido el disgusto, que ni siquiera es disgusto sino una sensación de bajón en el cuerpo y en el alma. Últimamente, todo se me pasa rápido. Supongo que cuando una tiene la sensación de haberse cargado su vida a base de tonterías grandes y pequeñas, los disgustos no tienen más remedio que pasar rápido.
Perdonadme, hoy estoy algo depre. Pero se me pasará enseguida.
[Nota: Esto lo escribí el sábado por la tarde, después del famoso desayuno ¡y del baño! Dos días después, estoy mucho mejor de ánimo y compruebo que el síndrome premenstrual tenía mucho que ver en esa sensación de bajón... Y también que casi darme de morros con un tío cañón en el tren de camino al trabajo, mientras en el mp3 suena "vamos juntos hasta Italia, quiero comprarme un jersey a rayas, pasaremos de la mafia, nos bañaremos en la playa" hace que se te pase el bajón del lunes de golpe... No me miréis así: todos hemos tenido una época hortera, ¿o es que vosotr@s no?]
En esta entrada hablo de: celos, ilusión, la novia de mi ex, mentiras, mi ex-novio, nostalgia, tristeza
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