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Mañana Ifo empieza a trabajar en un nuevo curro. Cobrará durante estos primeros meses 24.000 euros brutos al año, y a partir de enero del año que viene le han prometido 30.000 anuales. Lo que significa que él solo cobrará casi tanto como ganábamos los dos juntos el año pasado. Y eso quiere decir que cuando tengamos al bebé, yo tendré mayor libertad para poder acogerme a la reducción de jornada laboral por maternidad que prevee nuestro convenio colectivo: 60% de la jornada - 80% del sueldo, de momento hasta los 3 años, aunque se está negociando para el próximo convenio (que debería entrar en vigor en enero 2009) sea hasta los 12 años, cuando acaba la educación primaria.
A él le preocupa un poco que dependamos tanto de su sueldo. Bienvenido a las responsabilidades de un padre de familia, querido mío. Además, él siempre había dicho que quería ser amo de casa y quedarse a cuidar de los niños feliz y sin trabajar. Se siente: no haber sido tan bueno en tu trabajo y ahora no estarías ganando una pasta que me permita _a mí_, pobre mileurista, trabajar menos horas.
A todo esto, mi suegra ya me ha empezado a tirar indirectas (directas, más bien) para que, cuando me reincorpore al trabajo después de la baja por maternidad, le deje al bebé. Dice, y en parte (sólo en parte) estoy de acuerdo con ella, que da mucha pena dejarlos en la guardería cuando son tan pequeñitos, y que el momento ideal para que empiecen en la guarde es a partir del año, cuando ya caminan y van a divertirse, a socializar, a hacer amiguitos… Pero que mientras sea un bebé y todavía no camine, que “se lo puedo dejar a ella por las mañanas” mientras estoy en el trabajo… Es discreta, mi suegra, ¿verdad?
Por cierto, sobre el retraso de ayer: falsa alarma. Me ha venido la regla aunque con un día de retraso, eso es todo. Habrá que seguir intentándolo 
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Ayer tuvimos cita con el gine, básicamente para recoger los resultados de la última citología (todo bien), informarle de que ya llevo tres semanas tomando el suplemento de ácido fólico que me recetó, y resolver algunas dudas, entre ellas algunas relacionadas con el diagnóstico prenatal.
Ya os comenté que me empezaba a sentir algo rarilla últimamente, y la opinión generalizada de las que habéis pasado por un embarazo recientemente es que es demasiado pronto para notar ningún síntoma, y que lo más probable es que sea de tipo psicosomático por las mismas ganas que tengo de quedarme embarazada, y seguro que tenéis razón. Aún así, como hasta final de mes no me tiene que venir la regla, y aún entonces es conveniente esperar una semana más para estar segura, es demasido pronto para empezar a agobiarse: hasta dentro de dos semanas por lo menos, si no me ha venido la regla antes, no tendré que hacerme el primer test de embarazo, así que pensar en el tema a estas alturas es ridículo.
Lo que sí tengo claro es el asunto del diagnóstico prenatal. Por suerte, el seguro que hemos contratado con Sanitas nos cubre tanto la biopsia de corion como la amniocentesis para detectar posibles anomalías genéticas, lo cual es una suerte porque, aunque la segunda prueba al menos la hacen en la seguridad social, tengo entendido que suelen retrasarse bastante en dar los resultados, y en el privado cuesta alrededor de unos 800 euros. Una pasta, vamos. Además, la amniocentesis se hace entre las 15a y las 18a semana de embarazo, y tardan un mes en darte los resultados (en la clínica privada, que en la pública aún tardan más), por lo que entre una cosa y otra, te plantas en mitad del embarazo sin tener la garantía de que el bebé vendrá sano o con algún tipo de anomalía genética como por ejemplo síndrome de Down. En cambio, la biopsia de corion es una prueba que se realiza antes, entre la 10a y la 14a semana de embarazo, y los resultados se obtienen en 48 horas. Y claro, no es lo mismo que te digan que el bebé tiene una malformación congénita o un defecto genético cuando todavía ni siquiera le has dicho a nadie que estás embarazada (ya que hasta el 3er mes no se recomienda anunciarlo, dado el elevado riesgo de aborto que existe en los primeros meses), que enterarte cuando ya toda la familia y amigos lo saben, se te nota la tripita, incluso le has empezado a comprar ropita… No, estoy segura de que es mucho más duro cuanto más tarde te enteres.
La amniocentesis se practica con la ayuda de un ultrasonido, y consiste en introdcuir una aguja delgada y hueca por el abdomen y el útero para extraer una muestra del líquido amniótico. Y la biopsia de corion te la realizan mediante una punción a través del cuello uterino o del abdomen. Ambas son pruebas bastante invasivas, más la segunda que la primera, y además conllevan un cierto riesgo de aborto (nuevamente, más la segunda que la primera).
Así que, visto lo visto, me decanto por la biopsia de corion, a pesar de que a Ifo le da bastante miedo por el riesgo de aborto que conlleva. Pero pasar por la ansiedad de estar hasta la mitad del embarazo sin saber si tu bebé viene bien o no, creo que es aún más peligroso, ya que los bebés son como una esponja y pueden sentir la ansiedad de la madre. Yo lo tengo claro: quiero un diagnóstico prenatal lo más precoz posible, cuanto antes mejor.
Y vosotras, chicas, ¿os hicísteis algún tipo de diagnóstico prenatal? ¿Por la seguridad social o por alguna clínica privada? ¿Cómo fue la experiencia? Gracias a todas por compartir vuestras vivencias: son de gran ayuda.
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Ayer, a las 6 de la madrugada, nació mi “medio” sobrinita, Noemí. Una monada de niña, pequeñita, pequeñita (3 kilos y medio pesó al nacer), pero guapísima: morenita como el padre, y blanquita de piel como su madre.
Montse está hecha polvo, claro, después de tantas horas y tanto dolor (encima al final acabó naciendo por cesárea). Y mi primo está que se le cae la babilla con su niña, todavía no se acabe de creer que esa cosita tan pequeña sea su hija.
Fuimos a verles ayer al hospital, y a mí también se me caía la baba con esa cosita tan pequeñita y tan buena, que casi ni se movía y lloraba muy poquito.
Estuvimos la mar de bien con ellos, pero la situación se volvió un poco tensa cuando entraron mi tía y mi primo el mediano con su novia. Como ella no quiso venir a la boda “porque no estaba para cachondeos” (y, en consecuencia, de la familia de mi padre no vino nadie más que mi primo el mayor, su novia Montse, mi abuela y un primo con su familia), y además mi tía y yo hace la tira que no nos vemos aunque vive al lado de casa de mi madre, pues no conocía todavía a Ifo, y el momento fue un poco raro:
- Hola, soy su tía
- Hola, yo soy su marido
En fin.
En cuanto llegaron ellos, nosotros nos largamos porque la verdad es que no era agradable estar en la misma habitación y no tener nada que decirnos. Además, se hacía tarde (versión oficial).
Por cierto, que me sorprendió conocer a Aroa, la novia de mi primo. Ella es guapa, simpática, delgada, con desparpajo, se la vé inteligente (solo estuvimos en la misma habitación unos minutos, así que tampoco dio para mucho…), pero vamos, que la ví una chica muy válida, y él en cambio… bueno, él es mi primo Dani y con eso está dicho todo. Nunca antes como hasta ahora había cobrado tanto sentido la frase “¿Qué hace una chica como tú con un tío como ese?“
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Ya llevamos un tiempo pensando en nombres de bebés, de hecho antes incluso de decidirnos a tener uno propio. En un primer momento, como hablamos de tener dos hijos, acordar el nombre del segundo fue lo más fácil: si teníamos dos niñas, la segunda se llamaría Laura, como su hermana; y si teníamos dos niños, el segundo se llamaría David, como mi hermano.
Pero ahora que nos hemos metido en faena y hablamos de realidades y no de posibilidades, Ifo ha llegado a la conclusión de que mejor un solo hijo y bien cuidado y atendido, que dos con carencias. Yo sigo prefiriendo dos, y a ser posible que se lleven poco tiempo entre ellos, pero después de tener el primero ya hablaremos.
Así que ahora estamos pensando en nombres para el bebé. Hemos acordado que si es niña, le pondría yo el nombre, y si es niño se lo pondrá él. A mí me gustan nombres que no estén demasiado sobados, como Leire, Nerea, Arantza o Júlia (en su versión catalana, pronunciado como SYúlia). Ariadna también me gusta mucho, pero prefiero ponerle a mis hijos un nombre que mis abuelos puedan pronunciar.
Él, en cambio, me sorprendió el domingo con el nombre que había decidido, porque hasta ahora teníamos claro que si es niño se llamaría Marc. Ha cambiado de idea, o quizá era la idea que tenía desde el principio, no lo sé. El caso es que me ha dicho que si tenemos un niño, le gustaría llamarle David. Y a pesar de la teoría de mi madre de que todos los David son muy traviesos de pequeñajos, a mí me gusta la idea.
Así que todavía no está concebido (creo, a final de mes sabremos si ya estamos embarazados o tendremos que seguir esperando), pero ya tenemos casi casi casi decidido el nombre. Si es niño, está claro que se llamará David (salvo que Ifo cambie de idea), y si es niña me debato entre Júlia (aunque a mi madre no le guste nada el nombre) y Nerea (que a mí cada vez me parece más soso).
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¿Para qué esperar a Año Nuevo y preparar la lista de propósitos que no cumpliré para el 2009, cuando puedo hacerlo ahora?
Para lo que queda de año y parte del que viene, ya tengo fijadas una serie de objetivos en los que ponerme a trabajar de forma inmediata. A saber
Terminar el borrador del libro para enviárselo a mi editor, que debe estar ya el pobre que se sube por las paredes.
Descargarme las fotos de mi Flickr al ordenador de casa, que las tengo desperdigadas entre el de sobremesa, el portátil y el del trabajo, y hay unos cuantos albums de fotos que quiere subir al Space y no puedo porque no las tengo descargadas.
Sacarme el carnet de conducir de una pxxx vez. La semana que viene, en cuanto haya entregado el borrador del libro, me apunto a la autoescuela. Lo hemos estado hablando y sé que Ifo tiene razón, es algo que no puedo posponer por más tiempo: cuando tengamos el bebé necesitaré el coche por si hay cualquier urgencia o tengo que llevarlo a algún sitio, y no puedo depender siempre de él. Además, ¡¡no puedo ponerle una sillita de bebé a la moto!! Está decidido, la semana que viene me apunto a la autoescuela y me saco el carnet de conducir. Después de más de 10 años desde la primera vez que pisé una autoescuela, volver a intentarlo ahora será como poner una pica en Flandes, pero hay que hacerlo por el bebé. Hay que joderse, que aún no está ni encargado y ya nos hace ir por donde le da la gana, jodí@ niñ@.
Ya que estamos, si consigo sacarme el carnet de conducir, ¡tendré que comprarme un coche! Le he echado el ojo a un golfito verde que venden por 1.600 euros, un particular cerca de la estación de la Renfe que…
Continuar con la carrera de sociología, que este semestre, con la organización de la boda, he dejado un poco abandonadillos. Como es una licenciatura, y con el poco tiempo que tengo estoy haciendo medio curso cada vez, sé que para cuando consiga sacarme la segunda carrera, si todo va bien, habrán pasado ¡diez años! desde que me matriculé. Pero no me agobio: la media está en los 6-7 años, y eso contando con que la mayoría son gente que no trabaja y se dedica en exclusiva a estudiar, así que don’t worry. Además, me mola mogollón lo que estoy estudiando, y a lo mejor cuando acabe hago también Ciencias Políticas, que comparten prácticamente todas las asignaturas de primer ciclo. Alguna vez lo comentamos con las amigas, que tendré 50 años, mis hijos habrán terminado ya sus estudios, y yo seguiré estudiando alguna carrera. Y es que el tiempo que he pasado sin estudiar al final me coge mono. A tres asignaturas por semestre, tampoco es como para agobiarse.
Ponerme a plan. Empezar a llevar una dieta más sana y variada, cocinar todos los días aunque me pueda la pereza, quitarme de porquerías y suprimir el exceso de dulces.
Ir al gimnasio. Al menos, hasta que me quede embarazada y el gine me diga que baje la intensidad de los ejercicios, voy a volver a hacer Aerobic, Steps y algo de Fitness para poner mi cuerpo a tono. No digo que se me vayan a poner un cuerpo tan firme como el de Naomi Campbell, ni falta que me hace, pero sí me apetece ponerme en forma y rebajar unos kilillos. Este verano he visto algunas vecinas embarazadas en la piscina y estaban estupendas, las veías por detrás y no parecía que estuvieran embarazadas. ¡Yo quieroooooooo igual! Además, no puede ser que llevemos un año viviendo aquí, que tengamos gimnasio en la misma urbanización sin que nos cueste un duro y a un pasito de casa, sin salir del bloque, y solo haya ido para enseñárselo a las visitas. Está decidido: voy a ir al gimnasio. Hay quien lo paga y no va, yo que ni siquiera tengo que pagarlo, ¡voy a ir!
Cumplir con la cena que tengo pendiente en casa con algunos amigos. ¡No se puede ser tan impresentable! Tanto tiempo diciendo “tenéis que venir _algún día_ a casa, y nunca concretamos.
Viajar más. Lo que nos dé tiempo hasta que la tripa me haga los desplazamientos en coche insoportables. Tenemos pendiente una escapada a Carcassone, que es un pueblo medieval en el sur de Francia, a cuatro horas de Barcelona, que estoy segura de que a Joan le va a encantar. Queríamos pasar el puente del 11 de septiembre allí, pero como tiene cosillas que hacer hoy, saldremos esta tarde y solo estaremos un par de días, pero no importa porque seguro que vale la pena.


A ver si para el 12 de octubre consigo convencerle de que nos larguemos a Madrid a pasar el finde, que eso tiene que ser un escándalo (lástima que este año caiga en domingo y nos joda el puente). Y si para la primavera del año que viene mi estado me lo permite, me molaría mucho ir a Asturias y hacer el descenso del Sella en canoa o haciendo rafting. Es como el Camino de Santiago por la ruta de Roncesvalles (la de Montpellier es demasiado larga para hacerla en las vacaciones de verano), que llevo un montón de tiempo diciendo que me encantaría hacerlo, pero con un bebé… complicado. Lo de Londres, París, etc. ya lo veo un poco más difícil, porque para Joan todo lo que sea coger un avión… mal rollo. Pero todo es hablarlo, a ver qué le parece.
Y, de momento, creo que eso es todo. En fin, planes, planes, planes. El año que viene, cuando volvamos a vernos, recapitulamos y hacemos un repaso de cuántos de ellos quedaron en el tintero. Como los típicos desafíos de fin de año: dejar de fumar, aprender inglés…
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Trasteando entre álbumes de fotos antiguas encontré algunas de cuando era bebé. La verdad es que era una bebé monísima, y a las fotos me remito, que no me invento nada. Y además, en contra de lo que pueda parecer, me portaba muy bien. Quizá por eso me ha sorprendido encontrar esta foto, de la que probablemente fuese mi primera gamberrada infantil. Hasta haciendo trastadas era adorable
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Desde la ventana oigo a un padre preguntarle a su hijita pequeña:
¿Qué es eso del Disney Channel?
Se me ponen los pelos de punta.
Me pregunto: ¿tengo muy poca información para deducir que en esta relación padre-hija hay un tremendo problema de comunicación?
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Ayer por la tarde, en la piscina, fui testigo de una escena que por poco me quita las ganas de ser madre y me llevó a contemplar con cierto cariño la posibilidad de ligarme las trompas con los cordones de los zapatos. Os cuento:
Ayer por la tarde, entre otras personas, había en la piscina una niña de unos 5 ó 6 años (quizá incluso menos) y su hermano que no tendría más de 7, jugando en el agua. Su madre estaba fuera, en la toalla. Yo voy a la piscina casi todos los días, un par de horitas por la mañana y una hora o así por la tarde (ya sabéis que llevo bastante mal el calor), y a esta familia era la primera vez que la veía.
En esta época del año, en la piscina de la urbanización a partir de las 4 de la tarde empieza a hacer sombra porque el sol se oculta detrás de mi edificio. Se va ensombreciendo poco a poco, de tal manera que sobre las 5 de la tarde la parte que más cubre está en sombra y toca el sol de media piscina en adelante hacia la parte que menos cubre, hasta aproximadamente las 7, cuando ya no toca el sol ni en la piscina ni en el césped.
Pues a eso de las 6 de la tarde, la madre se acerca al borde de la piscina y les dice a los niños que salgan, que se van a casa. El niño sale de la piscina en silencio, se va a la toalla y empieza a secarse sin decir palabra. En cambio, la niña empieza a soltar unos chillidos que ponían los pelos de punta. Al principio no entendí por qué chillaba, parecía que la estuvieran matando, pensé que se habría hecho daño o algo, porque esos gritos no eran normales, si me apuran no eran ni siquiera humanos: más bien eran algo parecido a los de un cerdo agonizante, cualquiera que haya visto alguna vez la matanza de un cerdo sabrá a qué me refiero. Al cabo de un rato entendí que lo que la niña repetía como un mantra era
No quiero ir a casa no quiero ir a casa no quiero ir a casa no quiero ir a casa…
en toda la gama de agudos que su garganta y sus pulmones le permitían. De hecho, aunque no estoy en condiciones de asegurarlo, diría que alcanzaba tonos que solo los perros podían oír. Toda la piscina al completo estaba horrorizada por los aullidos de la niña, era algo espantoso. Yo aún estoy alucinada, no había visto una rabieta igual en mi vida.
¿Y qué hizo la madre? Se acercó al bordillo de la piscina con el gesto severo, la miró fijamente y le dijo, bajito pero con un tono de voz suficientemente firme, algo así:
Escúchame. No te quiero volver a sentir. Sal de agua y vamos a casa. Ya.
Y se dio media vuelta y volvió con el otro niño. Le ayudó a secarse y se encaminaron hacia casa. En total, la escena habría durado unos 15 o 20 minutos. Probablemente menos, pero esos gritos hicieron que el rato se me hiciera eterno e insoportable.
El caso es que en cuanto la niña perdió de vista a su madre y a su hermano detrás de los setos que rodean la piscina, ella solita salió del agua y el “no quiero ir a casa no quiero ir a casa” se transformó en un “mama mama mama mama” también a grito pelado. Cogió la toalla y las xancletas, y salió corriendo todo lo rápido que sus piernecitas daban de sí detrás de su madre, que la había dejado sola en el agua. ¿No decía que no quería ir a casa? ¡Pues ahí tienes!
La verdad, es que no sé si la madre reaccionó bien o no. Y no estoy segura de si yo sabría manejar una rabieta de esa magnitud. Cuando Ifo y yo hablamos del tema, él suele decir que no descarta un guantazo puntual en un momento determinado en que el crío se pase mucho de la ralla. Yo, a priori, sí que descarto esa opción, no contemplo la posibilidad de ponerle una mano encima a un hijo mío, ni que él se la ponga tampoco, ni siquiera un cachete en el culete con pañal y todo; siempre he creído que, como padres, no podemos permitirnos el lujo de perder los nervios ante nuestros hijos, y un guantazo es el efecto de perder los nervios, y creo que duele más la humillación y el miedo que provoca ese guantazo que el propio dolor físico provocado. Sin embargo, esa no era mi hija y de buen grado me habría acercado y le habría dicho:
A tí tu madre nunca te ha dado una buena hostia cuando te la merecías, ¿verdad guapa? Porque con gusto te la daba yo ahora mismo, ¡niña insoportable!
Si hubiera sido mi hija, no sé qué habría hecho, la verdad. Lo que sé es que no era mi hija, y la tentación de darle un buen sopapo era enorme. Además, creo que encima eso ahora está prohibido, ¿no? Os confieso que ayer por fin entendí lo que Querida Enemiga quería decir con el tema de los hijos, y lo valientes que somos por querer traer uno al mundo. Estoy pelín acojonada, no sé si sabré manejar una situación así.
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O eso me temo, al menos. Y es que mi suegra, supongo que como todas las suegras, es una mujer bastante especial… Todas las suegras tienen lo suyo, y la mía es que habla como las cotorras, cuando se arranca no hay forma de hacerla callar y no deja meter baza en la conversación a nadie más, y además tiene una fijación con el dinero que me resulta insoportable, concretamente con cómo gastamos nuestro dinero, que me pone enferma. Estoy hasta las narices de que me haga una ruta turística completa por tres pueblos diferentes para hacer la compra, que si los huevos están más baratos en el D.I.A., la leche en el Consum, los yogures en el Mercadona y la fruta en el Lidl. Vale, sí, muy bien, pero ¿se te ha ocurrido pensar en la de kilómetros que tendría que recorrer, y la de horas que tendría que invertir, en hacer la compra cada semana en cuatro o cinco sitios diferentes? Por no hablar de que lo que me ahorraría al hacer la compra me lo dejaría, y con creces, en gasolina… Y todo esto, aderezado con un parloteo incansable. No hay quien le lleve la contraria, en serio, es agotador, imposible. Acabas dándole la razón, solo para que pare, para que lo deje ya. Porque encima es incansable: o le das la razón, o no para, es un dale que te pego constante que puede durar hoooooras.
La última movida que protagonizó mi suegra fue hace una semana. Ifo había quedado con los amigos para salir a cenar el sábado por la noche; yo no me encontraba bien y decidí quedarme en casa. Por lo visto, se había dejado las luces del coche encendidas y cuando quiso salir no tenía batería. ¿Mi solución? Llamar al RACC, que para algo pagamos la cuota de socios, que nos envíen un mecánico sin que tengamos que poner un duro extra (de eso se trata), que mire si realmente el motivo de que el coche no arranque está en que tiene la batería descargada y, si se trata de eso, que nos dé carga de batería con las pinzas. Lógico, ¿no? Pues no, porque según mi suegra, (versión abreviada) los mecánicos del RACC se dedican a secuestrar coches, llevarlos a talleres a escondidas, y después pedir rescate por ellos.
O, en la versión extendida: mi marido llamó a su padre para preguntarle si había alguna forma de arrancar un coche que no tuviera batería (me lo podía haber preguntado a mí: empujándolo), y su padre le dijo que sin pinzas no. A los 5 minutos me llama mi suegra: que a qué hora estaremos despiertos al día siguiente, domingo. ¿Perdón? ¡Yo qué sé a qué hora nos despertaremos un domingo! ¿Para qué lo quieres saber? Para venir a arreglarnos el coche, porque entre las muchas habilidades de mi suegro, parece ser que también está la de mecánico. Le expliqué como pude entre su parloteo que no hacía falta que vinieran, que ya llamábamos nosotros al RACC, pero mi suegra empezó a explicarme que a lo mejor no es que se hayan quedado las luces encendidas sino que igual es que falla la batería (intento explicarle sin éxito que por eso nos envían un mecánico, para que lo compruebe), pero ella insiste en que si llamamos al RACC se llevarán el coche a un taller (no, si nosotros no queremos, pero intentar explicarle algo a mi suegra cuando se lanza es gastar energías inútilmente), y es tontería que nos gastemos el dinero en un taller cuando mi suegro puede cambiarnos la batería (pienso, porque ya no me atrevo a abrir la boca: vale, muy bien, si el mecánico del RACC nos dice que la batería está cascada llamaremos a mi suegro, gracias por el ofrecimiento…). Pero es imposible convencer a mi suegra, le da igual lo que diga y la decisión que NOSOTROS hayamos tomado: la suya es la única válida, y no se callará hasta que no le demos la razón. ¿Resultado? Al día siguiente, domingo, a las 11 de la mañana nos estaba llamando por teléfono para saber si estábamos despiertos y podían venir a mirar la batería del coche.
Pagamos un seguro para nada. ¡Anda que si lo llego a saber!
Reconozco que su intención es buena, que solo quiere ayudar, pero lo que me encabrona de verdad es que la decisión que ya habíamos tomado, de avisar al RACC, no sirve de nada cuando a mi suegra se le mete entre ceja y ceja. Y no es la única vez que nos contradice para acabar saliéndose con la suya, es sólo la última. Empiezo a estar ya un poquito hasta las narices de que nos trate como a críos, incapaces incluso de comparar dos precios, que se dejan timar por un mecánico diabólico para que nos robe el coche y nos pida un rescate después… Y así suma y sigue.
A esto hay que añadirle otra cosa, y es que yo no tolero bien los consejos. Lo admito. Es algo que llevo francamente mal. Admito que me cuenten su experiencia propia, lo que te pasó a tí en una situación semejante y lo que hiciste para resolverlo, y yo con eso tomaré nota mental y después haré lo que me plazca. Pero imposiciones del estilo lo que TIENES QUE HACER es… lo siento, pero no, por ahí no paso, eso lo llevo fatal. Y, como habéis podido ver, mi suegra es aficionada a llevarme la contraria y a obligarme por el método del acoso y derribo a hacer su santa voluntad. Y me jode. Me jode mucho.
Así que cuando me quede embarazada y ella quiera meter baza sobre el embarazo, o respecto al bebé, o cualquier otra cuestión en la que me imponga su criterio (más aún teniendo en cuenta que mi madre está lejos, y me temo que cuando nazca el bebé vamos a tener a mi suegra encima mucho más de lo que a mí me gustaría) la vamos a tener. Y la vamos a tener gorda.
Al tiempo.
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Hace un par de días, Ifo y yo pactamos el fin de las pastillas anti-baby. Efectivamente, vamos a ir encargando el rubito (¡o la rubita!), por lo que me temo que mi querido sofá amarillo tiene los días contados, porque habrá que ir haciendo sitio para la habitación del bebé
Desde que nos fuimos de luna de miel y a cuenta de mi gastroenteritis, venimos haciendo bromas sobre la posibilidad de que nos fuéramos dos de crucero y volviéramos tres, sobre la puntería de Ifo, etc. Y con la tontería, la tontería, los dos nos hemos hecho ilusiones de ampliar la familia en breve. Llevamos un mes haciendo coña con el asunto, y como en un par de días me vendrá la regla y el sueño se romperá, hemos decidido dinamitar el pacto implícito de esperar un año al menos para traer a un nuevo ser a este mundo. Así que oficialmente se han acabado las pastillas anti-baby para mí durante una buena temporada. ¡Y qué ganas tenía de dejar ya las pastillas!
Antes de tomar la decisión definitiva, hablé con mi jefa, porque me toca renovar contrato en junio y no tenía yo del todo claro que si me pillaba ya de baja maternal, me renovaran tan fácilmente (estando embarazada estoy segura de que sí que me renovarán, pero ya parida… no sé, no sé), y me dio tranquilidad, se alegró por mí y me dijo que adelante y que no me preocupara porque no habría problema por eso, ni por “política de empresa” ni por la responsable de recursos humanos, que es una circunstancia con la que ya cuentan y que ni por un momento se les ocurriría poner trabas al desarrollo personal y familiar de la gente que trabaja en la casa, faltaría más. Me quedo mucho más tranquila.
Cuando vuelva al curro (por cierto, estoy de ¡vacaciones!), me enteraré de cómo funciona el tema de la conciliación de la vida familiar y laboral, y de todo lo que respecta a la reducción de jornada para el cuidado de los hijos pequeños, y la reducción de sueldo que pueda comportar, pero creo que en eso nuestro convenio está bastante bien y no tendré problemas.
Imagino que hasta dentro de unos 3 ó 4 meses mi cuerpo no se habrá librado todavía de las hormonas de las puñeteras pastillas, así que no me estreso en absoluto.
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