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Ayer por la tarde, en la piscina, fui testigo de una escena que por poco me quita las ganas de ser madre y me llevó a contemplar con cierto cariño la posibilidad de ligarme las trompas con los cordones de los zapatos. Os cuento:
Ayer por la tarde, entre otras personas, había en la piscina una niña de unos 5 ó 6 años (quizá incluso menos) y su hermano que no tendría más de 7, jugando en el agua. Su madre estaba fuera, en la toalla. Yo voy a la piscina casi todos los días, un par de horitas por la mañana y una hora o así por la tarde (ya sabéis que llevo bastante mal el calor), y a esta familia era la primera vez que la veía.
En esta época del año, en la piscina de la urbanización a partir de las 4 de la tarde empieza a hacer sombra porque el sol se oculta detrás de mi edificio. Se va ensombreciendo poco a poco, de tal manera que sobre las 5 de la tarde la parte que más cubre está en sombra y toca el sol de media piscina en adelante hacia la parte que menos cubre, hasta aproximadamente las 7, cuando ya no toca el sol ni en la piscina ni en el césped.
Pues a eso de las 6 de la tarde, la madre se acerca al borde de la piscina y les dice a los niños que salgan, que se van a casa. El niño sale de la piscina en silencio, se va a la toalla y empieza a secarse sin decir palabra. En cambio, la niña empieza a soltar unos chillidos que ponían los pelos de punta. Al principio no entendí por qué chillaba, parecía que la estuvieran matando, pensé que se habría hecho daño o algo, porque esos gritos no eran normales, si me apuran no eran ni siquiera humanos: más bien eran algo parecido a los de un cerdo agonizante, cualquiera que haya visto alguna vez la matanza de un cerdo sabrá a qué me refiero. Al cabo de un rato entendí que lo que la niña repetía como un mantra era
No quiero ir a casa no quiero ir a casa no quiero ir a casa no quiero ir a casa…
en toda la gama de agudos que su garganta y sus pulmones le permitían. De hecho, aunque no estoy en condiciones de asegurarlo, diría que alcanzaba tonos que solo los perros podían oír. Toda la piscina al completo estaba horrorizada por los aullidos de la niña, era algo espantoso. Yo aún estoy alucinada, no había visto una rabieta igual en mi vida.
¿Y qué hizo la madre? Se acercó al bordillo de la piscina con el gesto severo, la miró fijamente y le dijo, bajito pero con un tono de voz suficientemente firme, algo así:
Escúchame. No te quiero volver a sentir. Sal de agua y vamos a casa. Ya.
Y se dio media vuelta y volvió con el otro niño. Le ayudó a secarse y se encaminaron hacia casa. En total, la escena habría durado unos 15 o 20 minutos. Probablemente menos, pero esos gritos hicieron que el rato se me hiciera eterno e insoportable.
El caso es que en cuanto la niña perdió de vista a su madre y a su hermano detrás de los setos que rodean la piscina, ella solita salió del agua y el “no quiero ir a casa no quiero ir a casa” se transformó en un “mama mama mama mama” también a grito pelado. Cogió la toalla y las xancletas, y salió corriendo todo lo rápido que sus piernecitas daban de sí detrás de su madre, que la había dejado sola en el agua. ¿No decía que no quería ir a casa? ¡Pues ahí tienes!
La verdad, es que no sé si la madre reaccionó bien o no. Y no estoy segura de si yo sabría manejar una rabieta de esa magnitud. Cuando Ifo y yo hablamos del tema, él suele decir que no descarta un guantazo puntual en un momento determinado en que el crío se pase mucho de la ralla. Yo, a priori, sí que descarto esa opción, no contemplo la posibilidad de ponerle una mano encima a un hijo mío, ni que él se la ponga tampoco, ni siquiera un cachete en el culete con pañal y todo; siempre he creído que, como padres, no podemos permitirnos el lujo de perder los nervios ante nuestros hijos, y un guantazo es el efecto de perder los nervios, y creo que duele más la humillación y el miedo que provoca ese guantazo que el propio dolor físico provocado. Sin embargo, esa no era mi hija y de buen grado me habría acercado y le habría dicho:
A tí tu madre nunca te ha dado una buena hostia cuando te la merecías, ¿verdad guapa? Porque con gusto te la daba yo ahora mismo, ¡niña insoportable!
Si hubiera sido mi hija, no sé qué habría hecho, la verdad. Lo que sé es que no era mi hija, y la tentación de darle un buen sopapo era enorme. Además, creo que encima eso ahora está prohibido, ¿no? Os confieso que ayer por fin entendí lo que Querida Enemiga quería decir con el tema de los hijos, y lo valientes que somos por querer traer uno al mundo. Estoy pelín acojonada, no sé si sabré manejar una situación así.
En esta entrada hablo de: cabreo, hijos, Ifoxe, matrimonio, mujer, piso, Sociedad
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¿No dije yo que si la Esteban se casaba tan rápido, es porque estaba preñá, porque a ver dónde vas tú a que te hagan el vestido de novia en menos de tres meses? ¡Pues eso! Vamos, que estaba bastante claro…

¡No me miréis así! Ahora soy una mujer casada, tengo licencia para marujear y abandonarme al cotilleo de la prensa rosa, ¿qué pasa? 
En esta entrada hablo de: boda, cotilleos, famosillos, hijos, idiotas, marujeo, matrimonio, mujer, Sociedad
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… qué buenos son los padres escolapios, qué buenos son, que nos llevan de excursión…
Me rondaba en la cabeza esta cancioncilla tonta, cuando ví en el blog de Toxcatl que ella se la aplicaba a los salesianos.
El caso es que da igual la cancioncilla: lo importante es que parece que nos hemos puesto todas de acuerdo para salir de convención, conferencia nacional, o como quieras llamarlo, este finde. A Toxcatl y a Ada también las mandan de convención fuera de su ciudad precisamente este fin de semana. Y yo voy a estar en la organización de un evento multitudinario pero restringido (ya sabéis: arreglao pero informal) este fin de semana en Girona. Desde luego, tendría su gracia pero sería muuuuuyyyy fueeeerte que nos encontráramos las tres en Girona entre tanto palomo encorbatado.
Vosotras jugáis con ventaja, jodías, porque habéis visto fotos mías recientes pero yo no he visto fotos vuestras, y porque además yo estaré en acreditaciones, por lo que todo quisqui tendrá que pasar por delante de donde yo estaré antes de poder acceder, pero habrá más gente conmigo por lo que yo no podré ver a todo el mundo, pero sí probablemente me vea todo el mundo a mí. Si coincidimos en la misma convención, dadme un toque, chicas, sería la releche.
En cuanto a lo demás, arrastro un cansancio tremendo estos días. Llevo unas semanas de agotamiento extremo, mucho stress en el curro, precisamente se nos echa encima la organización de esta conferencia que nos ha traído a todos de culo y un proyecto laboral que nos va a tener hasta las cejas hasta mediados de enero como poco (y eso, si todo va bien). Además, este es ya el tercer fin de semana que me toca trabajar, el sábado pasado además nos fuimos a la feria de Bodas y Bodas y nos pasamos toda la tarde allí de un stand a otro, el finde que viene también me toca trabajar; he estado saliendo el curro a las tantas, ayer además tuve formación en Sant Quirze con una manada de adolescentes hiperactivos, y después ejecutiva en la agrupación hasta casi las 12 de la noche… ¡Salvar el mundo es agotador!
En fin, que estoy para el arrastre y la fiesta no ha hecho más que empezar, la casa está hecha una pocilga y si me descuido no nos queda ropa limpia que ponernos ni comida no-intoxicable en la nevera que llevarnos a la boca. Un drama. Si sigo a este ritmo, voy a palmar sin darme cuenta.
Y lo peor es que aún no estamos casados y ya me siento una mala esposa por no tenerle las camisas limpias, los calcetines emparejados, la cena preparada y coserle los botones cuando me lo pide. Cuando ayer me dijo que le había llevado unas camisas a su abuela para que le cosiera un botón a cada una, creo que le habría ahogado con las mangas. Me sentí humillada y derrotada. Asqueada de mí misma como mujer por no haber sabido cumplir, y asqueada de mí misma como feminista por creer que cumplir era mi obligación. Cuando me dijo que no quería que nuestros hijos tuvieran una madre ausente, ya me acabé de hundir en la misera de mi condición de mujer, esposa, futura madre y trabajadora.
Él es un pequeño desastre, un terremoto que por donde pasa deja huella, y encima está todavía muy enmadrado, su madre se lo ha hecho TODO toda su vida y él, aunque está poniendo de su parte todo lo que puede (está aprendiendo a cocinar, y la limpieza de la cocina en general la tiene bastante controlada), aún tiene mucho que aprender en cuanto a convivencia y vida independiente. Básicamente, que la ropa no tiene patitas para irse sola a la lavadora, y que si uno no pone de su parte para no ir tirándolo todo, luego no se nos amontona… Y esas cosas. Pero me culpo a mí misma por no estar disponible cuando la casa me necesita (¡ojo! no él: la casa, que está hecha un desastre), por no tener las energías suficientes de ponerme a recojer cuando llego del trabajo, por no llegar a tenerlo todo bajo control, por mi falta de energías…
Quedamos en que nos repartiríamos las tareas del hogar entre los dos, pero ahora veo que lo que eso quería decir es que nos pondríamos los dos a la vez a hacer las tareas del hogar, y si he llegado a casa a las 11 de la noche y él lleva allí desde las 7, yo esperaría que hubiera hecho algo, y él no se ve capaz de ponerse solo, le supera y necesita que me ponga con él para que no se le haga tan pesado. Total, que si yo no tengo energías, las cosas en mi casa no se hacen, porque tenemos que hacer las tareas del hogar los dos juntos. Debí leer la letra pequeña antes de firmar ese contrato.
A veces me odio a mí misma por ser una femenista recalcitrante y a la vez sentirme presa de estos convencionalismos sociales que me provocan sentirme fatal por no ser una buena esposa como se esperaría de mí. Malditas contradicciones. Maldita incoherencia. Maldita sociedad y malditos estereotipos interiorizados que me encadenan. Maldita hipocresía la mía.
En esta entrada hablo de: amor, discusión, dudas, feminismo, hijos, Ifoxe, mujer, Sociedad, trabajo, tristeza
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La bruja vaska hablaba ayer en su blog sobre el desconcierto que le produce la manera de vivir de la nueva generación, esas ansias por querer vivir rápido (¿y morir joven?), de querer probarlo todo cuando apenas son unos niños. Ella llega a la siguiente conclusión:
Desde que trabajo en un lugar de ocio me doy cuenta que quien educa hoy en dia no son los padres sino la Tv, los videojuegos, el dinero y la calle.
Y yo estoy de acuerdo con ella. Trabajamos demasiado para ocuparnos de los hijos, cuando llegamos a casa estamos cansados de trabajar tantas horas fuera y no nos ocupamos de educarlos: ¡bastante trabajo tenemos con mantenerlos!
Y eso, si tenemos suerte de poder tener hijos, porque tal y como se está poniendo el tema inmobiliario, yo me lo veo crudo crudo… Como ahora trabajan por norma general los dos miembros de la pareja, los pisos el doble (¿qué digo el doble? ¡el triple!) de caros. Han visto que, si nos apretamos el cinturón podemos pagarlos y nos están apretando el cinturón, la corbata y la soga hasta asfixiarnos. A este paso, toda una generación estéril por el método anticonceptivo más eficaz: la letra del piso.
Esto último me preocupa especialmente, porque como os contaba ayer, Ifo y yo queremos tener hijos y tal y como está el patio, no sé si la letra de la hipoteca nos va a permitir ser padres algún día.
Honradamente, a veces pienso que con la incorporación de la mujer al mercado laboral nos han tangao pero bien. Nos han estafado, querida. No era esto lo que planeamos, y ahora lo estamos pagando. ¿Quien se encarga ahora de las tareas del hogar? Con suerte, externalizamos estos menesteres con personal subcontratado en las capas más desfavorecidas de la sociedad. Hablemos claro: habitualmente, mujeres inmigrantes y mujeres autóctonas con un nivel cultural y educativo bajísimo tirando a nulo. Mujeres todas de los estratos más desfavorecidos de la sociedad. ¡Pues sí que hemos progresado! Y eso, digo, en el mejor de los casos, porque en el peor es mayoritariamente la mujer quien se encarga de trabajar fuera de casa y de trabajar dentro. Seamos honestos: el reparto equitativo de tareas domésticas aún está lejos de ser una realidad, así que sea la señora de la casa o sea una empleada doméstica, mayoritariamente sigue siendo la mujer quien se encarga. Trabajamos fuera de casa, y trabajamos dentro. Como decía, ¡pues sí que hemos progresado!
¿Y quien se encarga ahora de educar a los hijos? Tradicionalmente, era la madre, el ama de casa, quien se encargaba de estos asuntos. ¿Y ahora, que la madre está igual de ausente o más que el padre? La televisión, la calle y, con suerte, los abuelos y la canguro. Vamos de mal en peor. Y no, que conste que no es que una feminista recalcitrante como yo esté renegando de la incorporación de la mujer al mundo del trabajo, solo digo que nos hemos dejado algunos cabos sueltos por el camino, y que conviene arreglarlos antes de que todo el tinglado se nos vaya a hacer puñetas. Empezar por poder acceder a una vivienda digna que nos permita llegar a final de mes sería un buen principio. ¿Y eso de la Renta Básica de Ciudadanía? Pues tampoco suena del todo mal. La plena equiparación en sueldos y en responsabilidades de hombres y mujeres en el mercado laboral es un objetivo al que no debemos renunciar. Y que ellos se pongan las pilas en casa (y eso pasa por que sean las madres las primeras que empiecen a educar a sus hijos en la igualdad y en la responsabilidad en las tareas del hogar, y los padres por responsabilizarse plenamente de la educación de sus hijos) sería un gran avance para la nueva generación.
Lo que tengo claro es que no era así como lo planeamos cuando decidimos estudiar, ser universitarias e incorporarnos al mercado laboral en ¿las mismas? condiciones que nuestros compañeros. Algo ha fallado, ahora esta sociedad tiene no una sino varias piezas sueltas, y una de ellas es cómo se está educando la nueva generación. El síndrome del emperador, por ejemplo, hace tiempo que debería habernos puesto sobre aviso. Se nos va de las manos.
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Corte publicitario: aprovecho la ocasión para recomendaros que os paséis por el videoblog, que también está muy bien y es entretenido para estos calores de verano. Cositas curiosas comentadas para pasar el rato y vídeos del canal de Ifo y Pimkie en youtube.
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Si pretendemos tener conversaciones trascendentales mientras nos duchamos juntos, el resultado solo puede ser absurdo.
ÉL: - Mañana tengo que volver a trabajar, ¡no quiero! (le daban el alta después de más de una semana de baja por el asunto de la quemadura)
YO: - Ya, carinyu, si en casa se está muy bien de medio vacaciones, pero de algo tendremos que vivir…
ÉL: - ¿Por qué no ganas el suficiente dinero como para que yo me quede en casa? ¡Yo quiero ser la mujer en esta relación! (obvia decir que “la mujer” en esta relación, que soy yo, no se queda en casa precisamente…
YO: - ¿Quieres trabajar más horas, ganar menos, y encargarte de la casa y de los niños? (y no añado además tener la regla, quedarte preñado, parir… mientras yo me quedo en el sofá haciendo zaping. Eso me lo cayo no sea que cambie de idea, que igual hasta salgo ganando con el cambio)
ÉL: - Ya trabajo más horas y gano menos, y durante estos días me he encargado de la casa… bueno, un poco.
YO: - Vale, ya solo te falta encargarte de los niños. Vas por buen camino.
ÉL: - Pero lo que yo quiero es quedarme en casa, no tener que trabajar y que tú me mantengas…
YO: - Carinyu, entonces tú no quieres ser la mujer en esta relación, ¡tú quieres ser “la querida”!
plofff.
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