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A cualquier cosa Ifo le llama situación de crisis… En fin, os cuento: Nos hemos comprado una nevera y un lavavajillas nuevos, la primera porque la vieja estaba a punto de cascar, hacía unas cantidades de hielo espectaculares y me congelaba la comida en vez de simplemente enfriarla, un desastre; y el segundo, porque no resistió la primera mudanza, del piso de mi ex que se quedó mi ex por toda la cara a mi pisito de soltera, lo último que lavó fue la batería de cocina y la cristalería que mi abuela me regaló con mi “ajuar” (lo que me plantea interesantes comparaciones que ahora no me voy a molestar en exponer). Ya tengo lavavajillas nuevo, Querida Enemiga ya no me da envidia.
Antes
 
Después
 
Aparte de que la nevera nueva es un palmo más baja que el hueco que tenemos en la cocina, lo cual me ha provocado el primer disgusto del día, obviamente hemos tenido que sacar toda la comida de la nevera y del congelador del frigorífico viejo. Además, hemos tenido que esperar tres horas antes de poderlo enchufar y poner en marcha, por aquéllo de no sé qué del gas al venir tumbada. El caso es que, entre una cosa y otra, hemos tenido la cocina empantanada todo el día, y mal que bien nos las hemos apañado para cocinar sopa de pera y pato a la naranja (que dirás, y con la cocina patas arriba, ¿no podías haber cocinado un huevo frito con patatas? ¡Pues no! Puesto a liarla, o se hace a lo grande o no se hace). Una vez puesta en marcha (a eso de las 3 y pico de la tarde), como es obvio, no se ha enfriado de repente sino que necesita unas cuantas horas para que el interior se ponga a la temperatura adecuada.
El resultado de todo lo anterior es que todo lo que teníamos en el congelador y que no cabía en el fregadero se ha descongelado a lo loco (con 30º a la sombra, tú me dirás) y ha empezado a soltar agua a chorro sobre la encimera de la cocina. El problema es que entre las patatas fritas, las varitas de merluza Capitán Pescanova y las pechugas de pollo congeladas habían también dos botes de helado de vainilla y nueces de macadamia, tipo Häagen Dazs pero del Mercadona. Y claro, después de tantas horas cociéndose por el calor, uno de los helados deshizo el cartón con el que está hecho el bote, y empezó a pringar de vainilla todo lo que encontró a su paso.
Para solucionar el desaguisado, le pedí a Ifo que me pasara un vaso lo más rápido que pudiera mientras con una mano mantenía en alto y boca abajo el bote para evitar que siguiera manchando, y con la otra intentaba limpiar el estropicio. Por el agujerito que el líquido hizo en el bote traspasé el helado derretido al vaso, se lo pasé Ifo y le pedí otro más para poner el resto del helado. Cuando me giro para ver por qué tardaba tanto en pasarme otro vaso, ¡lo pillo vaciando todo el helado por el fregadero! Para matarlo. Y encima me dice, todo ofendido:
- ¡¿Y qué querías que hiciera?!
- ¡Pues comértelo, hijo mío! O, en su defecto, dejarlo para que me lo coma yo…
- ¡Ay! ¿Qué quieres que haga? He reaccionado como he podido: estábamos en una situación de crisis…
lol Pa mear y no echar gota…
Lo que yo te diga: a cualquier cosa Ifo le llama situación de crisis… Luego se mosquea si le digo que se ahoga en un vaso de agua. La buena noticia es que al menos he podido salvar la mitad del helado 
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Vivimos en una comunidad de vecinos que está completamente cerrada a cal y canto del exterior, a la que no se puede acceder si no es con llave o picando a algún vecino para que abra, y aún así es posible que la puerta que comunica la escalera con el interior de la comunidad (la zona común, donde están la piscina, la zona ajardinada, el parque infantil y demás) también esté cerrada con llave.
Y lo que es peor: una vez dentro, en la zona comunitaria, no hay forma de salir si no es con llave, porque en los portales interiores no hay ni portero automático ni maneta en las puertas, así que o tienes suerte y te encuentras alguna abierta, o no sales de ahí dentro si no es con llave o bien pegando cuatro gritos y que algún alma caritativa se digne a salir de casa y abrirte desde dentro del portal. Además, las viviendas tienen vídeo portero, por lo que podemos ver quien intenta colarse con la típica cantinela de “correo comercial“.
 
Pues con todo y con eso, ayer a medio día llamaron a la puerta de mi casa dos policías urbanos. Al parecer, el presidente de la escalera había llamado a la policía para denunciar que varios rumanos se habían colado y se estaban bañando en la piscina.
De entrada, una se queda patidifusa
¿Cómo se han podido colar?
Abrimos la puerta de acceso a la zona comunitaria a los policías, y yo me asomo a ver si podía enterarme de algo, para el disgusto de Ifo. Solo consigo ver a los urbanos hablando con tres o cuatro chicos, que están sentados en uno de los bancos y con unas bolsas de deporte a sus pies. Muy discretos no parece que son, los chicos, por cierto.
Vuelvo a meterme en casa, decepcionada por la poca información que he podido obtener (si por eso yo prefería un ático con terraza en vez de un bajo con patio…). Al poco rato vuelve a llamar a nuestro timbre la pareja de urbanos, para tranquilizarnos: no se trataba de rumanos, sino de amigos de uno de los vecinos.
¿Perdón? Ahora sí que lo flipo.
Está bien ser precavidos, pero me pregunto: ¿el presidente de nuestra escalera ha llamado a la policía porque los amigos de un vecino de otra escalera (junto con el propio vecino, imagino) se estaban bañando en la piscina? ¿Pero esto que es? Evidentemente que cada vecino tiene derecho a que sus invitados disfruten de la piscina en su compañía (en cambio, el gimnasio y la sauna son instalaciones que las visitas tienen vetadas), de hecho mi familia y mis amigos han venido a casa un montón de veces y están hartos de bañarse en la piscina (que esa es otra: mi madre no hace más que decirles a _sus_ amigas que, si están aburridas, como _yo_ estoy de vacaciones, que se vengan a mi casa a bañarse en la piscina… tengo que tener una seria conversación con ella, está claro).
Así que me imagino la cara de gilipollas, y el consiguiente cabreo, del vecino y sus amigos al enterarse de que los han confundido con rumanos-jetas que se habían colado en la urbanización por todo el morro. Vamos, me pasa a mí y lo más probable es que pillara por banda a ese presidente de escalera y tuviera con él unas palabritas…
Por no hablar del racismo implícito en toda la escena: ¿cómo coño sabe el presidente que se trata de rumanos? Es evidente que no ha hablado con los chicos. Y no me digáis que por las pintas, porque estaban en bañador en la piscina… ¿Entonces? Que alguien me lo explique, porque no lo entiendo.
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Ayer por la tarde, en la piscina, fui testigo de una escena que por poco me quita las ganas de ser madre y me llevó a contemplar con cierto cariño la posibilidad de ligarme las trompas con los cordones de los zapatos. Os cuento:
Ayer por la tarde, entre otras personas, había en la piscina una niña de unos 5 ó 6 años (quizá incluso menos) y su hermano que no tendría más de 7, jugando en el agua. Su madre estaba fuera, en la toalla. Yo voy a la piscina casi todos los días, un par de horitas por la mañana y una hora o así por la tarde (ya sabéis que llevo bastante mal el calor), y a esta familia era la primera vez que la veía.
En esta época del año, en la piscina de la urbanización a partir de las 4 de la tarde empieza a hacer sombra porque el sol se oculta detrás de mi edificio. Se va ensombreciendo poco a poco, de tal manera que sobre las 5 de la tarde la parte que más cubre está en sombra y toca el sol de media piscina en adelante hacia la parte que menos cubre, hasta aproximadamente las 7, cuando ya no toca el sol ni en la piscina ni en el césped.
Pues a eso de las 6 de la tarde, la madre se acerca al borde de la piscina y les dice a los niños que salgan, que se van a casa. El niño sale de la piscina en silencio, se va a la toalla y empieza a secarse sin decir palabra. En cambio, la niña empieza a soltar unos chillidos que ponían los pelos de punta. Al principio no entendí por qué chillaba, parecía que la estuvieran matando, pensé que se habría hecho daño o algo, porque esos gritos no eran normales, si me apuran no eran ni siquiera humanos: más bien eran algo parecido a los de un cerdo agonizante, cualquiera que haya visto alguna vez la matanza de un cerdo sabrá a qué me refiero. Al cabo de un rato entendí que lo que la niña repetía como un mantra era
No quiero ir a casa no quiero ir a casa no quiero ir a casa no quiero ir a casa…
en toda la gama de agudos que su garganta y sus pulmones le permitían. De hecho, aunque no estoy en condiciones de asegurarlo, diría que alcanzaba tonos que solo los perros podían oír. Toda la piscina al completo estaba horrorizada por los aullidos de la niña, era algo espantoso. Yo aún estoy alucinada, no había visto una rabieta igual en mi vida.
¿Y qué hizo la madre? Se acercó al bordillo de la piscina con el gesto severo, la miró fijamente y le dijo, bajito pero con un tono de voz suficientemente firme, algo así:
Escúchame. No te quiero volver a sentir. Sal de agua y vamos a casa. Ya.
Y se dio media vuelta y volvió con el otro niño. Le ayudó a secarse y se encaminaron hacia casa. En total, la escena habría durado unos 15 o 20 minutos. Probablemente menos, pero esos gritos hicieron que el rato se me hiciera eterno e insoportable.
El caso es que en cuanto la niña perdió de vista a su madre y a su hermano detrás de los setos que rodean la piscina, ella solita salió del agua y el “no quiero ir a casa no quiero ir a casa” se transformó en un “mama mama mama mama” también a grito pelado. Cogió la toalla y las xancletas, y salió corriendo todo lo rápido que sus piernecitas daban de sí detrás de su madre, que la había dejado sola en el agua. ¿No decía que no quería ir a casa? ¡Pues ahí tienes!
La verdad, es que no sé si la madre reaccionó bien o no. Y no estoy segura de si yo sabría manejar una rabieta de esa magnitud. Cuando Ifo y yo hablamos del tema, él suele decir que no descarta un guantazo puntual en un momento determinado en que el crío se pase mucho de la ralla. Yo, a priori, sí que descarto esa opción, no contemplo la posibilidad de ponerle una mano encima a un hijo mío, ni que él se la ponga tampoco, ni siquiera un cachete en el culete con pañal y todo; siempre he creído que, como padres, no podemos permitirnos el lujo de perder los nervios ante nuestros hijos, y un guantazo es el efecto de perder los nervios, y creo que duele más la humillación y el miedo que provoca ese guantazo que el propio dolor físico provocado. Sin embargo, esa no era mi hija y de buen grado me habría acercado y le habría dicho:
A tí tu madre nunca te ha dado una buena hostia cuando te la merecías, ¿verdad guapa? Porque con gusto te la daba yo ahora mismo, ¡niña insoportable!
Si hubiera sido mi hija, no sé qué habría hecho, la verdad. Lo que sé es que no era mi hija, y la tentación de darle un buen sopapo era enorme. Además, creo que encima eso ahora está prohibido, ¿no? Os confieso que ayer por fin entendí lo que Querida Enemiga quería decir con el tema de los hijos, y lo valientes que somos por querer traer uno al mundo. Estoy pelín acojonada, no sé si sabré manejar una situación así.
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Guardado en A veces no sé cómo te aguanto, Caramelito off the record (mi novio Ifo), Cawentó... Todo aquello que no soporto, Consultorio sentimental, Es que el AMOR es un deporte mu'raro, Filosofeando, Hipocresía, Matrimoniadas, Mis momentos de bajón, Tanto gilipollas y tan pocas balas, Todos los HOMBRES de Pimkie
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O eso me temo, al menos. Y es que mi suegra, supongo que como todas las suegras, es una mujer bastante especial… Todas las suegras tienen lo suyo, y la mía es que habla como las cotorras, cuando se arranca no hay forma de hacerla callar y no deja meter baza en la conversación a nadie más, y además tiene una fijación con el dinero que me resulta insoportable, concretamente con cómo gastamos nuestro dinero, que me pone enferma. Estoy hasta las narices de que me haga una ruta turística completa por tres pueblos diferentes para hacer la compra, que si los huevos están más baratos en el D.I.A., la leche en el Consum, los yogures en el Mercadona y la fruta en el Lidl. Vale, sí, muy bien, pero ¿se te ha ocurrido pensar en la de kilómetros que tendría que recorrer, y la de horas que tendría que invertir, en hacer la compra cada semana en cuatro o cinco sitios diferentes? Por no hablar de que lo que me ahorraría al hacer la compra me lo dejaría, y con creces, en gasolina… Y todo esto, aderezado con un parloteo incansable. No hay quien le lleve la contraria, en serio, es agotador, imposible. Acabas dándole la razón, solo para que pare, para que lo deje ya. Porque encima es incansable: o le das la razón, o no para, es un dale que te pego constante que puede durar hoooooras.
La última movida que protagonizó mi suegra fue hace una semana. Ifo había quedado con los amigos para salir a cenar el sábado por la noche; yo no me encontraba bien y decidí quedarme en casa. Por lo visto, se había dejado las luces del coche encendidas y cuando quiso salir no tenía batería. ¿Mi solución? Llamar al RACC, que para algo pagamos la cuota de socios, que nos envíen un mecánico sin que tengamos que poner un duro extra (de eso se trata), que mire si realmente el motivo de que el coche no arranque está en que tiene la batería descargada y, si se trata de eso, que nos dé carga de batería con las pinzas. Lógico, ¿no? Pues no, porque según mi suegra, (versión abreviada) los mecánicos del RACC se dedican a secuestrar coches, llevarlos a talleres a escondidas, y después pedir rescate por ellos.
O, en la versión extendida: mi marido llamó a su padre para preguntarle si había alguna forma de arrancar un coche que no tuviera batería (me lo podía haber preguntado a mí: empujándolo), y su padre le dijo que sin pinzas no. A los 5 minutos me llama mi suegra: que a qué hora estaremos despiertos al día siguiente, domingo. ¿Perdón? ¡Yo qué sé a qué hora nos despertaremos un domingo! ¿Para qué lo quieres saber? Para venir a arreglarnos el coche, porque entre las muchas habilidades de mi suegro, parece ser que también está la de mecánico. Le expliqué como pude entre su parloteo que no hacía falta que vinieran, que ya llamábamos nosotros al RACC, pero mi suegra empezó a explicarme que a lo mejor no es que se hayan quedado las luces encendidas sino que igual es que falla la batería (intento explicarle sin éxito que por eso nos envían un mecánico, para que lo compruebe), pero ella insiste en que si llamamos al RACC se llevarán el coche a un taller (no, si nosotros no queremos, pero intentar explicarle algo a mi suegra cuando se lanza es gastar energías inútilmente), y es tontería que nos gastemos el dinero en un taller cuando mi suegro puede cambiarnos la batería (pienso, porque ya no me atrevo a abrir la boca: vale, muy bien, si el mecánico del RACC nos dice que la batería está cascada llamaremos a mi suegro, gracias por el ofrecimiento…). Pero es imposible convencer a mi suegra, le da igual lo que diga y la decisión que NOSOTROS hayamos tomado: la suya es la única válida, y no se callará hasta que no le demos la razón. ¿Resultado? Al día siguiente, domingo, a las 11 de la mañana nos estaba llamando por teléfono para saber si estábamos despiertos y podían venir a mirar la batería del coche.
Pagamos un seguro para nada. ¡Anda que si lo llego a saber!
Reconozco que su intención es buena, que solo quiere ayudar, pero lo que me encabrona de verdad es que la decisión que ya habíamos tomado, de avisar al RACC, no sirve de nada cuando a mi suegra se le mete entre ceja y ceja. Y no es la única vez que nos contradice para acabar saliéndose con la suya, es sólo la última. Empiezo a estar ya un poquito hasta las narices de que nos trate como a críos, incapaces incluso de comparar dos precios, que se dejan timar por un mecánico diabólico para que nos robe el coche y nos pida un rescate después… Y así suma y sigue.
A esto hay que añadirle otra cosa, y es que yo no tolero bien los consejos. Lo admito. Es algo que llevo francamente mal. Admito que me cuenten su experiencia propia, lo que te pasó a tí en una situación semejante y lo que hiciste para resolverlo, y yo con eso tomaré nota mental y después haré lo que me plazca. Pero imposiciones del estilo lo que TIENES QUE HACER es… lo siento, pero no, por ahí no paso, eso lo llevo fatal. Y, como habéis podido ver, mi suegra es aficionada a llevarme la contraria y a obligarme por el método del acoso y derribo a hacer su santa voluntad. Y me jode. Me jode mucho.
Así que cuando me quede embarazada y ella quiera meter baza sobre el embarazo, o respecto al bebé, o cualquier otra cuestión en la que me imponga su criterio (más aún teniendo en cuenta que mi madre está lejos, y me temo que cuando nazca el bebé vamos a tener a mi suegra encima mucho más de lo que a mí me gustaría) la vamos a tener. Y la vamos a tener gorda.
Al tiempo.
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Yo les leo a ellos aunque no les soporto, y ellos me leen a mí aunque me odien, y todos lo sabemos. Supongo que el morbo es recíproco, porque de otra forma no se entiende. Sobre todo por mi parte, lo confieso, porque encima me resultan tremendamente aburridos salvo cuando empiezan a insultar (lo que suele ser bastante a menudo): cuando insultan ya no me resultan aburridos, sino que me ponen de mala leche.
Y es que me jode que insultar salga casi gratis, y que a pesar de algunas pequeñas (o no tan pequeñas) derrotas, no solo no aprendan y depongan su actitud, sino que sigan erre que erre.
Les hemos leído insultarnos, llamarnos “lame farolas“, “trepa vergas“, “chupa tubos de escape” (cualquier día van a tener un esguince neuronal si siguen haciendo esas piruetas retóricas para insultarnos, en serio, para mí que no nos merecemos tanto esfuerzo), “sectáreos“, “chupipanda“, “casarse para tener nabo caliente y no gastar las pilas del vibrador“, “débiles mentales“, “sectáreos“, “chupa pollas“, “lame culos“, “gilipollas“, “tontita” (recurriendo a los clásicos. Sí, hay veces en que hasta a ellos la originalidad no les da para más…), y he oído muchas veces eso de
Ya está, hasta aquí hemos llegado, ahora sí que no les toleramos ni una más…
Y nunca se ha hecho nada en serio para pararles los pies, siempre lo acabamos dejando correr de una manera o de otra, para no darles más importancia de la que tienen. Pero a mí me sigue jodiendo que insultar salga tan barato, casi gratis total. Hay una cosa que sí somos y todavía no nos lo han dicho ellos: somos unos cagabandurrias, unos blandengues, por no plantarnos en jarras y decir en serio, pero de verdad de una puta vez, hasta aquí hemos llegado, y tomar medidas, así sea solo para no tener que encontrárnoslos cada vez que nos convoquen en la capital del reino.
Pero una cosa es leer que te llaman a tí y a tus amigos todo eso y más, y otra cosa muy diferente es que la cosa empiece a subir de tono y tener que leer referencias a que si nos ven nos van a partir las piernas con un bate de beisbol, que nos van a romper la cabeza con una silla plegable, o que van a contratar a la mafia portuguesa… Cuando éramos unas crías, a la gente así los llamábamos “la peña del moco: porque dicen mucho pero hacen poco“. Pero, aunque sean unos bocazas, me parece que eso marca la línea que yo no pienso traspasar, ni siquiera como sujeto pasivo.
Así que como medida higiénica, y para el mantenimiento de mi buena salud mental, he decidido superar el morbo y practicar la sordera informativa. Es decir: por mucho morbo que me dé leerles, sé que me voy a poner de mala leche con lo que voy a encontrar y eso no es sano, así que será mejor resistir la tentación y no leerles, antes de que me provoquen un cortocircuito mental y tengamos un disgusto. Puesto que el armisticio es poco menos que imposible, ya que ellos no están por la labor de declarar una tregua en sus insultos, yo declaro unilateralmente que me apeo de esta guerra (que, por otra parte, no me aporta nada porque es una guerra que ya tengo ganada) y voy a dejar de leerles, de escucharles, no voy a consentir que nadie me hable de ellos, no quiero que me cuenten nada, no quiero saber nada. Voy a optar por seguir uno de esos consejos de mi madre a los que hasta hoy nunca hice caso: hacer oídos sordos. Desde hoy empiezo mi particular cura de desintoxicación. Ya pueden desgañitarse insultándome o amenazarme con las torturas más sádicas, que si no me entero, no me afecta.
Resistiré. La tranquilidad que da saber que sus insultos no dan ningún resultado, que el alquiler de mi casa se seguirá pagando todos los meses con mi sueldo porque ellos no representan ningún peligro, es un ítem a mi favor. Pueden decir todo lo que quieran, que seguirán siendo un par de bocazas, Pierre Nodoyuna y su fiel perro Patán, y sus palabras ni tienen ni tendrán ningún efecto sobre la vida real de las personas a las que pretenden humillar por su odio enfermizo, salvo algún que otro calentón momentáneo.
Así que ya podéis desgañitaros, que yo P-A-S-O de vosotros.
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No lo entiendo: en el 2007 gané algo menos que en el 2006, y me pude desgravar bastante más (principalmentem, porque de enero a abril del 2006 no me pude desgravar ni alquiler ni hipoteca, al estar viviendo todavía con el capullo de mi ex, y en cambio el 2007 me pude desgravar el alquiler durante el año entero), las retenciones en la nómina son similares, pero gano unos 400 leuros menos al año… Y sin embargo este año Hacienda me devuelve menos que el año pasado.
¿Por qué?
Por cierto, Zapatero, toma nota: que sepas que todavía no he cobrado los 210 euros de la renta básica de emancipación, porque los burócratas asesinos no hacen más que poner pegas, y dicen que todavía necesitan más información, que no les basta con todo lo que les suministré y hace unas semanas me llamaron para indicarme que les falta un papel: necesitan un certificado de ingresos del 2007, porque las nóminas de todo el año no les sirven para saber lo que he cobrado. Mandapelotas. Tocawebos, que son unos tocawebos.
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En capítulos anteriores...- Diciembre 31, 2007 -- No puede ser, no puede ser, no puede ser, no puede ser, no puede ser, no puede ser…
- Febrero 4, 2008 -- Pues todavía podía empeorar…
- Julio 24, 2008 -- Sordera informativa
- Junio 16, 2008 -- Os voy a contar la historia de la vez que denuncié a un presunto violador
- Junio 12, 2008 -- ¿Trabajar 65 horas a la semana? ¡NI DE COÑA!
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Desde hace unas semanas nos han quitado el microondas que teníamos en una mini-cocina de nuestra planta, y se lo han llevado junto con dos micros más a la nueva sala de descanso, recién inaugurada, en la sala del fondo una planta más arriba.
La sala está bien, tenemos cuatro mesas y un montón de sillas, tres microondas para minimizar las colas a la hora de la comida, un sofá y una mini-tele para poder ver Los Simpsons y Sé Lo Que Hicísteis mientras comemos. Ahora no nos dejan comer en nuestras mesas, lo cual está bien porque por un lado socializamos con los compañeros (algo que a servidora le venía haciendo falta), porque con los atascos que se producen a la hora de la comida, no te queda otra; y por otro lado aprovechamos para descansar un poco, porque no nos engañemos, si comes en tu mesa junto al ordenador, ni descansas ni te alimentas.
Pero lo peor viene con el café mañanero. Ahora el Nescafé no ya solo está al alcance de las compis de departamento, sino de ¡toda la oficina! De momento, parece que lo respetan (¿será por la sutil etiqueta con mi nombre que le he puesto?), pero habrá que estar atentas. Sin embargo, esa no es la incomodidad peor. Al tener la sala de descanso, y el microondas asociado, en la planta de arriba, significa que ahora para hacernos el café tenemos que coger el ascensor, caminar unos 100 metros en línea recta, prepararnos el café en el microondas o en la cafetera, esperar a que termine de calentarse mientras nos tocamos los huevos las narices, aprovechamos para hacer la xerradeta si nos encontramos con alguna compi en el camino (con lo cual, el número veces y el tiempo que pasamos en cada escaqueada, aumenta exponencialmente y se retroalimentan las escaqueadas de unas con las de otras…), y bajamos por el ascensor o por las escaleras con la taza ardiendo, llena hasta arriba y haciendo equilibrios para no quemarnos y para no derramar el líquido cafeinoso por el camino y ponernos la ropa perdida… Y cuando llegas a la mesa, el café está ya medio frío. Aunque siempre puedes tomártelo tranquilmante en la sala de descanso, viendo la tele… mmmmm…. ahora que lo pienso, no suena del todo mal…
Total, me parece un atraso. La productividad general se va a resentir, al tiempo. Buenas somos nosotras como para que encima nos den una excusa para escaquearnos…
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Se me ocurren unos cuantos. Veamos:
Es domingo, estás tumbada en la cama y tienes los ojos abiertos como platos. Miras el despertador y son las 9:30 de la mañana. A pesar de que te acostaste a las 3 de la madrugada, y de que es muy temprano para levantarse un domingo, no puedes pegar ojo.
Tan temprano y ya estás completamente empapada de sudor en la cama porque no has conseguido convencer todavía a tu futuro marido de quitar las mantas y las sábanas de franela (tendrás que hacerlo en un momento de descuido) y poner ropa de cama de verano. Total, solo estáis a veintitantos de junio…
Se acerca el mediodía. El termómetro en la calle marca 35 grados. La piscina es una tentación a la que no te has podido acercar en los últimos dos meses de lluvia casi ininterrumpida, y estás deseando darte un baño. Por algo llevas desde septiembre viviendo en una urbanización pija con piscina en la que estás deseando remojar tu cuerpo serrano y ponerte morena. Pero tú tienes que fastidiarte, asfixiarte de calor y llevar pantalones largos porque el jueves tienes cita en el centro de estética para una depilación integral, por lo que el domingo tus piernas y tus ingles están lejos de ofrecer el aspecto ideal para ir a la piscina. Al menos, fuera de las fronteras de Suecia… Intentas convencerte a tí misma de que podría pasar por una rebelión en contra de la concepción femenina de la belleza impuesta por los cánones machistas, pero lamentablemente no funciona.
Con la intención de que se te haga menos duro el suplicio, te acercas a la piscina con pantalón largo y todo, y piensas que si al menos el agua está helada, eso te consolará. Pero el agua está a la temperatura ideal para darse un chapuzón, y a tí te espera un laaaaargo puente de cuatro días, en el que verás la piscina pero no la catarás. 4 interminables días durante los que tendrás que conformarte con el ventilador de pie, tumbarte quietecita a la sombra en el balancín del patio y ponerte ciega a horchatas y limonada casera para pasar el calor. Ni siquiera te queda el consuelo de la manguera del patio para remojarte, porque se estropeó hace meses y aún no la habéis arreglado.
10 meses esperando para disfrutar de la piscina: cuando hace sol, el agua está helada y no hay quien se bañe sin arriesgarse a exponerse a la hipotermia; cuando se acerca el verano, llueve sin parar. Y cuando por fin llega el momento, estamos en verano, hace sol, no llueve y la temperatura del agua es la ideal… ¡no me puedo depilar y mis piernas parecen las de un futbolista de la selección! Y no puedo depilarme a lo tonto en casa porque cuando llegue la boda y la luna de miel posterior no quiero tener que preocuparme de unos incómodos pelitos, quiero estar perfecta y tener las piernas suaves. La vida es muy injusta.
¿Es o no es como para despertarse de mal humor un domingo?
Por cierto, el Sant Joan lo pasamos cenando en casa de mis suegros, y después haciendo explotar petardos en la calle: en mi tiempos, los petardos llevaban mayor carga de pólvora y duraban más rato, pero es que ayer era realmente frustrante ver las pequeñas fuentes de colores de pirotecnia y que no duraran ni 15 segundos.
 
 
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En cierta ocasión, ahora hace dos años, me ví en la obligación de denunciar a un presunto violador. Esta historia solo la conocían hasta ahora tres personas: mi futuro marido, mi ligue-fijo de aquélla época (que era Guardia Civil, falangista y gallego. Una mala noche la tiene cualquiera), y el comisario de guardia de la Policía Nacional de Terrassa. Y hoy os lo voy a contar porque he dejado de avergonzarme de ser tan ingenua y he conseguido convencerme a mí misma de que utilicé el sentido común. Solo he necesitado dos años para ello, no está nada mal.
Para empezar, os pondré en antecedentes. A mediados del 2006, me había ido a vivir sola y de alquiler, había cambiado de trabajo y mi jefa tenía la irritante manía de pagarme la nómina el día 2 o el 3 de cada mes, con un cheque sin fondos de cualquier entidad de la ciudad en la que yo _no_ tuviera cuenta. En esas estaba cuando, a través del formulario de contacto de este blog, se puso en contacto conmigo una persona que decía escribir en nombre de una pequeña productora de televisión. Me decían que habían visto las fotos de mi perfil, que habían leído lo que escribo en el blog, y que si era tan desenvuelta en persona como parecía escribiendo, les interesaría hacerme una prueba para un programa en una televisión local, y me pagarían por el tiempo dedicado independientemente de que finalmente fuera seleccionada o no. Ahora lo pienso y me horrorizo solo de pensarlo, pero en su momento pensé
¡Coño! si Fresita puede presentar un programa en la tele local, ¿por qué yo no?
En fin, que respondí al e-mail y pedí más información al respecto. Me dijeron que se trataba de una pequeña productora de televisión que había ganado un concurso público para poner en marcha la parrilla de programación para una televisión local y por lo tanto tenían financiación para pagar las pruebas a las personas aspirantes, que tenían poco tiempo y por eso pagaban por los castings, y que estaban buscando personal para los distintos programas. Que la prueba consistía en una prueba de actuación con un pequeño texto, y otra de baile y canto.
Ya la hemos jodido (pensé): mi voz no tiene nada que envidiar a la de los Bee Gees…
Y me dijeron que si estaba interesada, les diera mi número de teléfono para concretar el día y la hora de la prueba y que me pasaran la dirección de las oficinas. Eso hice, y concertamos la prueba para un día entre semana, por la tarde a la salida del trabajo. Las oficinas estaban en un piso muy alto en la Diagonal, pero no recuerdo exactamente la dirección. Como no lo acababa de ver del todo claro, le pedí a mi hermano que me acompañara. Una puede ser ingenua, pero no imbécil.
El día antes de la prueba recibí un SMS: en él me decían que, para valorar el físico sin sesgos de ropa (textual, creo que nunca olvidaré esa frase), tendría que realizar la prueba desnuda. Llamadme mojigata si queréis, pero llegados a este punto, me rajé. Si algo no me olía nada bien antes, cuando recibí este mensaje decididamente me dí cuenta de que aquí había alguna cosa rara, así que envié un e-mail diciendo que pasaba de hacer la prueba, que no me ofrecían las garantías necesarias, que todavía no sabía ni el nombre de la productora ni la televisión local a la que se referían, y que ante esta situación prefería no hacer la prueba, muchas gracias por todo.
Sorprendentemente, recibí respuesta a este e-mail: una respuesta por correo electrónico en la que el tipo con el que había hablado desde el principio me confesaba que todo era un engaño, que él era una persona normal pero hacía “esto” simplemente porque se sentía solo y no quería pagar a “profesionales”, que su intención era únicamente grabar un vídeo de una chica desnuda bailando para él en su piso y, de mutuo acuerdo, pasar un buen rato y lo que surja.
Esta confesión me puso los pelos de punta, diox, ¿dónde he estado a punto de meterme? Y más importante aún: ¿a cuantas chicas habrá conseguido engañar para subirlas a su piso, quizá encerrarlas, y vete a saber qué más? ¿Violación, inducción a la prostitución, secuestro, trata de blancas? Yo qué sé la de burradas que se me pasaron por la cabeza, porque la verdad es que el tema me parecía peligroso de verdad. Así que imprimí todos los correos electrónicos, y me planté en la comisaría de la Policía Nacional de Terrassa. Allí me atendieron muy bien, el comisario entendió enseguida la naturaleza de lo que le estaba contando, e incluso me dio su teléfono por si esta persona intentaba ponerse en contacto conmigo de alguna manera.
Cursamos la denuncia contra esta persona, pues tenía sus datos personales en el e-mail y también tenía su número de móvil y la dirección del piso en el que me habían convocado. Pero, sorprendentemente (o quizá no tanto), el policía no me dejó adjuntar los correos electrónicos que yo había imprimido como prueba de la denuncia. En su lugar, lo que hizo fue leerlos y transcribirlos de la forma más literal posible en la denuncia, pero redactados en tercera persona, como si en lugar de haberlos leído fuese yo quien le explicaba el contenido de los e-mails. Me explicó que no podía adjuntarlos a la denuncia porque yo no tenía derecho a mostrar esos e-mais a nadie sin expresa autorización de la otra persona o, en su defecto, el mandato de un juez, y por lo tanto al incluirlos en la denuncia podría incurrir en una violación de la confidencialidad en las comunicaciones. Resulta curioso que en una denuncia a un posible violador, no pueda adjuntar las pruebas en las que el propio denunciado confiesa el engaño para subir chicas a su piso y que bailen desnudas para él “y lo que surja”, pero así es la ley. Varios meses después me enteré de que habían detenido a un violador en Barcelona que tenía un “modus operandi” similar al que yo les había descrito. Si pude contribuir en algo, me alegro.
Ahora bien, si a mí la ley me impidió en su momento adjuntar a una denuncia unos e-mails en los que un presunto violador confesaba su forma de engañar a chicas ingenuas como yo para que fueran a su piso y le bailaran desnudas mientras él lo grababa en vídeo, y vete a saber qué más a continuación, ¿por qué otras personas se creen con derecho a enseñar públicamente, sin consentimiento de mi parte, e-mails privados además de lo más inofensivos? ¿Qué derecho ampara a una persona a la que yo le pido explicaciones por un error, a hacer público ese e-mail sin mi permiso? ¿Por qué alguien, para pedir simplemente perdón por un error, debe hacer un ejercicio público de autoflagelación totalmente innecesario, que nadie le ha solicitado, y que solo contribuye a generar mayor confusión? ¿No era más fácil responder, por la misma vía en la que se solicitaron las explicaciones, un
lo siento, ha sido un error, no volverá a pasar
que tener que recurrir a una explicación enrevesada y púbica, que nadie le ha pedido, y de la que de hecho no me habría enterado si no me lo cuentan terceras personas? ¿Casi mil palabras para pedir perdón públicamente por una tontería que requería apenas 10 palabras como máximo y en un mail privado, no es un poco excesivo? En serio, ¿no es complicarse mucho la vida para decirme simplemente que soy una pesada tocapelotas? ¡Si es más fácil decirlo abiertamente! ¿Todo este lío, por no sé qué asunto de poner de manifiesto la propia honradez (excusatio non petita…), ¡¡cometiendo una ilegalidad flagrante!!? ¿Es compatible demostrar que uno es honrado, haciendo algo totalmente desproporcionado e ilegal, que nadie le ha pedido?
Os confieso que hay determinadas personas que en ocasiones me superan. Pero cuando se cometen ilegalidades que me afectan directamente, no soy de las que se queda de brazos cruzados. Esta es la segunda vez que se publican en la red e-mails míos sin mi permiso. Quizá sea la última.
En esta entrada hablo de: apartamento de soltera, cabreo, idiotas, mujer, navajazos, Pierre Nodoyuna, política, sexo, Sociedad, trabajo
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Tengo una duda. Bueno, tengo varias, pero todas vienen a cuento de lo mismo:
¿Qué se le puede decir a una persona, cuando sus “amigos” le fallan en uno de los días más importantes de su vida?
¿Cómo se consuela a una persona a la que sus “amigos” han dejado tirado como una colilla en una ocasión importante?
¿Qué palabras de ánimo puedes pronunciar, cuando sabes que le han dejado colgado y solo, precisamente cuando más deseaba tenerles a su lado?
Soy consciente de que no hay palabras de consuelo que puedan aliviar su dolor, y que probablemente nunca les perdonará que le hagan esto.
Ahora está deprimido, reafirmado en su creencia de que todas las personas del mundo son egoístas, mentirosas y traicioneras por definición hasta que no se demuestre lo contrario. ¿Y cómo le sacas de ahí, cuando se la acaban de jugar bien jugada? Imposible.
¿Alguien conoce las palabras mágicas, las palabras de aliento que puedan sacarle de esa desilusión y tristeza en la que se haya sumido? Porque a mí solo se me ocurren unas pocas palabras, y son más de rabia que de aliento:
¡VAYA PANDA DE CABRONES!
Venir a casa a jugar a la consola, sí que pueden; irse de despedida con su amigo, no les viene bien. Eso deja muy claro qué clase de personas son.
A su lado, Zorri hasta parece buena gente. Al menos a ella se la veía venir desde lejos.
En esta entrada hablo de: Amigos, boda, cabreo, decepción, despedida de soltera, dudas, idiotas, Ifoxe, tristeza
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