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En cierta ocasión, ahora hace dos años, me ví en la obligación de denunciar a un presunto violador. Esta historia solo la conocían hasta ahora tres personas: mi futuro marido, mi ligue-fijo de aquélla época (que era Guardia Civil, falangista y gallego. Una mala noche la tiene cualquiera), y el comisario de guardia de la Policía Nacional de Terrassa. Y hoy os lo voy a contar porque he dejado de avergonzarme de ser tan ingenua y he conseguido convencerme a mí misma de que utilicé el sentido común. Solo he necesitado dos años para ello, no está nada mal.
Para empezar, os pondré en antecedentes. A mediados del 2006, me había ido a vivir sola y de alquiler, había cambiado de trabajo y mi jefa tenía la irritante manía de pagarme la nómina el día 2 o el 3 de cada mes, con un cheque sin fondos de cualquier entidad de la ciudad en la que yo _no_ tuviera cuenta. En esas estaba cuando, a través del formulario de contacto de este blog, se puso en contacto conmigo una persona que decía escribir en nombre de una pequeña productora de televisión. Me decían que habían visto las fotos de mi perfil, que habían leído lo que escribo en el blog, y que si era tan desenvuelta en persona como parecía escribiendo, les interesaría hacerme una prueba para un programa en una televisión local, y me pagarían por el tiempo dedicado independientemente de que finalmente fuera seleccionada o no. Ahora lo pienso y me horrorizo solo de pensarlo, pero en su momento pensé
¡Coño! si Fresita puede presentar un programa en la tele local, ¿por qué yo no?
En fin, que respondí al e-mail y pedí más información al respecto. Me dijeron que se trataba de una pequeña productora de televisión que había ganado un concurso público para poner en marcha la parrilla de programación para una televisión local y por lo tanto tenían financiación para pagar las pruebas a las personas aspirantes, que tenían poco tiempo y por eso pagaban por los castings, y que estaban buscando personal para los distintos programas. Que la prueba consistía en una prueba de actuación con un pequeño texto, y otra de baile y canto.
Ya la hemos jodido (pensé): mi voz no tiene nada que envidiar a la de los Bee Gees…
Y me dijeron que si estaba interesada, les diera mi número de teléfono para concretar el día y la hora de la prueba y que me pasaran la dirección de las oficinas. Eso hice, y concertamos la prueba para un día entre semana, por la tarde a la salida del trabajo. Las oficinas estaban en un piso muy alto en la Diagonal, pero no recuerdo exactamente la dirección. Como no lo acababa de ver del todo claro, le pedí a mi hermano que me acompañara. Una puede ser ingenua, pero no imbécil.
El día antes de la prueba recibí un SMS: en él me decían que, para valorar el físico sin sesgos de ropa (textual, creo que nunca olvidaré esa frase), tendría que realizar la prueba desnuda. Llamadme mojigata si queréis, pero llegados a este punto, me rajé. Si algo no me olía nada bien antes, cuando recibí este mensaje decididamente me dí cuenta de que aquí había alguna cosa rara, así que envié un e-mail diciendo que pasaba de hacer la prueba, que no me ofrecían las garantías necesarias, que todavía no sabía ni el nombre de la productora ni la televisión local a la que se referían, y que ante esta situación prefería no hacer la prueba, muchas gracias por todo.
Sorprendentemente, recibí respuesta a este e-mail: una respuesta por correo electrónico en la que el tipo con el que había hablado desde el principio me confesaba que todo era un engaño, que él era una persona normal pero hacía “esto” simplemente porque se sentía solo y no quería pagar a “profesionales”, que su intención era únicamente grabar un vídeo de una chica desnuda bailando para él en su piso y, de mutuo acuerdo, pasar un buen rato y lo que surja.
Esta confesión me puso los pelos de punta, diox, ¿dónde he estado a punto de meterme? Y más importante aún: ¿a cuantas chicas habrá conseguido engañar para subirlas a su piso, quizá encerrarlas, y vete a saber qué más? ¿Violación, inducción a la prostitución, secuestro, trata de blancas? Yo qué sé la de burradas que se me pasaron por la cabeza, porque la verdad es que el tema me parecía peligroso de verdad. Así que imprimí todos los correos electrónicos, y me planté en la comisaría de la Policía Nacional de Terrassa. Allí me atendieron muy bien, el comisario entendió enseguida la naturaleza de lo que le estaba contando, e incluso me dio su teléfono por si esta persona intentaba ponerse en contacto conmigo de alguna manera.
Cursamos la denuncia contra esta persona, pues tenía sus datos personales en el e-mail y también tenía su número de móvil y la dirección del piso en el que me habían convocado. Pero, sorprendentemente (o quizá no tanto), el policía no me dejó adjuntar los correos electrónicos que yo había imprimido como prueba de la denuncia. En su lugar, lo que hizo fue leerlos y transcribirlos de la forma más literal posible en la denuncia, pero redactados en tercera persona, como si en lugar de haberlos leído fuese yo quien le explicaba el contenido de los e-mails. Me explicó que no podía adjuntarlos a la denuncia porque yo no tenía derecho a mostrar esos e-mais a nadie sin expresa autorización de la otra persona o, en su defecto, el mandato de un juez, y por lo tanto al incluirlos en la denuncia podría incurrir en una violación de la confidencialidad en las comunicaciones. Resulta curioso que en una denuncia a un posible violador, no pueda adjuntar las pruebas en las que el propio denunciado confiesa el engaño para subir chicas a su piso y que bailen desnudas para él “y lo que surja”, pero así es la ley. Varios meses después me enteré de que habían detenido a un violador en Barcelona que tenía un “modus operandi” similar al que yo les había descrito. Si pude contribuir en algo, me alegro.
Ahora bien, si a mí la ley me impidió en su momento adjuntar a una denuncia unos e-mails en los que un presunto violador confesaba su forma de engañar a chicas ingenuas como yo para que fueran a su piso y le bailaran desnudas mientras él lo grababa en vídeo, y vete a saber qué más a continuación, ¿por qué otras personas se creen con derecho a enseñar públicamente, sin consentimiento de mi parte, e-mails privados además de lo más inofensivos? ¿Qué derecho ampara a una persona a la que yo le pido explicaciones por un error, a hacer público ese e-mail sin mi permiso? ¿Por qué alguien, para pedir simplemente perdón por un error, debe hacer un ejercicio público de autoflagelación totalmente innecesario, que nadie le ha solicitado, y que solo contribuye a generar mayor confusión? ¿No era más fácil responder, por la misma vía en la que se solicitaron las explicaciones, un
lo siento, ha sido un error, no volverá a pasar
que tener que recurrir a una explicación enrevesada y púbica, que nadie le ha pedido, y de la que de hecho no me habría enterado si no me lo cuentan terceras personas? ¿Casi mil palabras para pedir perdón públicamente por una tontería que requería apenas 10 palabras como máximo y en un mail privado, no es un poco excesivo? En serio, ¿no es complicarse mucho la vida para decirme simplemente que soy una pesada tocapelotas? ¡Si es más fácil decirlo abiertamente! ¿Todo este lío, por no sé qué asunto de poner de manifiesto la propia honradez (excusatio non petita…), ¡¡cometiendo una ilegalidad flagrante!!? ¿Es compatible demostrar que uno es honrado, haciendo algo totalmente desproporcionado e ilegal, que nadie le ha pedido?
Os confieso que hay determinadas personas que en ocasiones me superan. Pero cuando se cometen ilegalidades que me afectan directamente, no soy de las que se queda de brazos cruzados. Esta es la segunda vez que se publican en la red e-mails míos sin mi permiso. Quizá sea la última.
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Leyendo el último post de Autoestima y Cucaracha, me ha animado a escribir esto, y es que en ocasiones siento nostalgia de mi apartamento de soltera, y más concretamente de la época en la que vivía sola.
Me recuerdo a mí misma sentada en el sofá amarillo que todavía conservo, en pijama y con unos calcetines de colores, comiendo galletas y un té con sabor a fresa, y viendo alguna tontería en mi pedazo de tele (la que está en casa de mis padres desde que nos compramos el plasma de 42 pulgadas, por cierto), siendo dueña y señora del mando a distancia y disfrutando de esos pequeños momentos de independencia personal.
Llevo unos días algo agobiada, y no acabo de encontrar un motivo. Solo sé que necesito estar sola, que quiero espatarrarme en mi sofá amarillo, cerrar la puerta y leer un rato a solas, que necesito paz interior para calmarme y no soy capaz de encontrarla.
Ifo se da cuenta enseguida de este estado de ánimo, y curiosamente en esos momentos en los que yo más necesito estar sola, más necesita él que esté encima suyo, que le mime y le cuide más que de costumbre, que le diga que le quiero más a menudo y que esté más por él. Es como si necesitara reafirmar que, a pesar de que necesite mis momentos de soledad, le sigo queriendo igual y no es de él de quien quiero alejarme.
Por supuesto que no es de él de quien quiero alejarme, ¡faltaría más, si nos casaremos en apenas 2 meses! A él le cuesta entender que sea tan independiente que en ocasiones no quiera estar con él y que necesite momentos de intimidad para estar sola, y a mí me parece algo tan obvio que no encuentro argumentos para explicarlo sin que se sienta ofendido.
Nota: él tiene una teoría alternativa, que consiste en que cuando _él_ está de bajón y necesita más caricias, besos y mimitos, es a mí cuando me coge el rollo independiente y quiero estar sola. De lo que deduzco que cuando yo esté en este estado de ánimo, no debería callarme y esperar algunos días a decírselo, porque entonces se cree que és él quien se lo ha pedido primero.
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Atención! En este post abuso sin compasión de las fotos.
Después de que Ifoxe se apropiara con sabadosidad y alevosía de mi habitación de estudiar, mientras yo estaba en Madrid entretenida sacándole la lengua al presidente, decidí que necesitaba con urgencia arreglar la otra habitación para mí sola, pues es una pena que estuviera muerta de asco ejerciendo de almacén de los muebles de mi pisito de soltera. Además, es la segunda habitación más grande de la casa, no tenía sentido desaprovecharla. Así que Ifo y yo hicimos un pacto: yo me quedo con la habitación grande para estudiar, me monto mi despachito allí, si él me ayuda a montar el escritorio.
Mi anterior habitación de estudiar, ahora okupada por Ifo. Conformaros con esta idílica imagen, hacedme caso: es mejor para vuestra salud mental que no veais como está ahora…

Habitación grande con los muebles de comedor de mi apartamento de soltera

 
Y ayer nos pegamos la gran paliza, que montar un mueble de Ikea parece fácil, pero estos suecos son muy mala gente, que os lo digo yo. Han planificado cuidadosamente un método de tortura por la vía, primero, de tratarnos como hamsters enjaulados en sus tiendas, haciéndonos recorrer toda la exposición por un camino marcado del que no nos podemos salir; después, poniendo publicidad incluso detrás de las puertas de los lavabos, que ya hay que tener mala leche, ni un momento de relax íntimo tiene una en esas malditas tiendas; después, otra tortura ingeniándotelas para meter todas las cajas en el coche, menos una, que no cabe; y, por último, la tortura definitiva: montar los muebles.
Montar unos muebles de Ikea NO es tan fácil como te cuentan
  
Después de la gran paliza que nos dimos ayer por la noche montando muebles (sobre todo Ifo: yo solo ejercí de competente pinche), el escritorio nuevo quedó razonablemente bien montado, y me he podido dedicar a enchufar el ordenador y sus mil gadgets, montar un lío tremendo de cables debajo de la mesa (que he conseguido arrinconar para que no molesten), poner en peligro la seguridad de todo el edificio conectando como cien enchufes en una sola toma de corriente, y llenando el espacio de trabajo, que ahora es grande y cómodo, con mil chorradas, muñequitos y peluches varios.
 
 
Y además me cabe mi querido sofá amarillo, que ha venido conmigo de casa en casa desde que me fui a vivir sola, y en el que podré tumbarme a leer a solas, o ver la tele a mi aire sin tener que compartir el mando a distancia ni pactar el canal y el tiempo de visualización. ¡Ah, la libertad está hecha de pequeñas cosas!
¿No fue Virginia Wolf quien dijo que una mujer debería disponer de su propio dinero y su propia habitación? Desde luego, mi experiencia viviendo en pareja me lleva a concluir en la misma dirección: es mucho más sano para la pareja (y para mí misma) tener mi propia habitación, conservar mi espacio vital, donde poder pensar con traquilidad, relajarme, leer, escuchar música, ver la tele, y disfrutar de mi mundo interior en soledad, algo que se agradece de vez en cuando.
 
 
Recuerdo cuando empezamos a vivir juntos, no hace tanto, en mi apartamento de 40 metros cuadrados y una sola habitación, compartíamos incluso la mesilla de noche. Era agradable y romántico, muy bonito, pero también había momentos en que me subía por las paredes, necesitaba una desconexión y no encontraba espacio donde tener un rato de soledad, y eso en mi opinión debilita mucho a la pareja: estaba nerviosa, arisca y de mala leche, y a él le costaba entender el motivo, especialmente cuando nunca ha vivido solo. Con el cambio de piso la cosa fue mucho mejor, ahora tenemos tres habitaciones y un comedor enooooorme, y un sofá mucho más grande en el que espatarrarme a ver la tele y hacerme la dueña del mando a distancia aprovechando los momentos en los que Ifo se mete en la habitación a jugar al ordenador. Pero aún así continuaba echando en falta mi espacio propio. Y ahora ya lo tengo, montado y organizado a mi gusto.
Ya solo me falta tener un cacharro wifi de esos para tener internet en mi habitación y conectarme con el mundo exterior. Creo que iremos a comprarlo esta tarde, a ver si hay suerte y ya dejo montado mi nuevo despachito. De momento, me conformo con usar el portátil para postear y subir fotos, aunque ya me lo están reclamando.

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¿Se puede saber quien fue el iluminado que dijo eso de el saber no ocupa lugar? Porque ya podría enrollarse y echarnos una manita con la mudanza…
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Y aún nos queda por desmontar librería y media, y los libros que no me pude traer de casa de mi madre porque en el pisito de soltera no me cabían…
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Hace ya casi 7 meses desde que vivimos juntos, y durant este tiempo nos hemos ido adaptando el uno al otro en cuestiones de convivencia. Es lógico: yo llevaba un año viviendo completamente sola y otro año viviendo con un Novio ExNovio Rollete CompañeroDePisoConDerechoARoce prácticamente ausente, y él se independizaba de sus padres para venir a vivir conmigo, así que la confrontación estaba cantada. Gestionar hábilmente los conflictos domésticos cuando la situación está tan desequilibrada de partida merecería un máster.
Una de las situaciones más curiosas ha tenido una protagonista singular: la lavadora.
Cuando uno está acostumbrado a que sea mamá quien se encarga de la colada y de las tareas domésticas, no es consciente del trabajo que conlleva realizarlas, y por lo tanto es más despreocupado en estos temas. Pero cuando es a uno mismo a quien le toca ponerse con las tareas del hogar, la cosa cambia.
Me dí cuenta enseguida de que mi niño estaba acostumbrado a que en su casa se lo hicieran todo por determinadas actitudes de su rutina diaria. Su madre es ama de casa, en su casa era su padre el encargado de traer el dinero y su madre la encargada del hogar, y él nunca se había tenido que preocupar de poner una lavadora, de fregar un plato o de conocer el mecanismo de una escoba. El trabajo va a ser duro. Y eso que él le pone voluntad: desde el principio quedó claro que si los dos trabajamos fuera de casa, y los dos llegamos hechos polvo del trabajo, es responsabilidad de los dos el tener la casa limpia y ordenada. Y también quedó claro que él, si pudiera y yo ganara lo suficiente, se quedaría encantado a ocuparse de las tareas de casa (que diox nos pille confesados si llega ese día).
La primera charla que tuvimos al respecto fue por el tema de las toallas del baño. Cada día ponía para lavar las toallas que acababa de utilizar. Y yo cada día las recogía del cesto de la ropa sucia y las tendía. Hasta que no hablé con su madre, no me sentí del todo segura para abordar el tema de las toallas con él. Pensaba:
¿y si su madre, que está todo el día en casa, SÍ que hace una colada de toallas diaria? Yo no puedo permitirme ese lujo, ni tengo tantas toallas, ni tanto tiempo para poner lavadoras… ni ganas. Pero, ¿qué va a pensar de mí?
Hasta que me armé de valor y no me quedó otra que sentarme con él y decirle: “cariño, tenemos un problema logístico“. Principalmente, alucinó en colores con la revelación de que las toallas no se lavan a diario, pero entendió enseguida que el truco consiste en tenderlas al salir de la ducha, en lugar de dejarlas tiradas en el suelo de la habitación o encima de la cama… He dicho que entendió dónde está el truco, otra cosa es que lo ponga en práctica. Seguimos en ello.
Desde entonces, las tareas domésticas están repartidas bastante equitativamente: él se encarga de la habitación y la colada (la plancha todavía es considerado un aparato de alto riesgo, pero todo se andará); yo me encargo de la cocina, el lavabo y el comedor; y cuando uno de los dos falla, el otro responde como buenamente puede.
El problema de que él se encargue de la colada, básicamente, es que pobre mío todavía no distingue entre la ropa sucia y la ropa limpia: todo lo que vé fuera del armario lo mete en el cubo de la ropa sucia. La camisa que me probé y al final decidí no ponerme, el vestido que está para arreglar porque se me ha descosido un tirante, el pijama que la noche anterior casi me arranca a bocaos… Da lo mismo, si está fuera del armario, todo para lavar. Y como yo soy tan vaga que dejo la ropa encima de la silla de la habitación, en vez de guardarla en el armario como me enseñó mi madre de pequeñita (con poco éxito, por lo que se vé), a la que me descuido me quedo sin ropa!!
Con el tiempo irá aprendido. Por la cuenta que le trae…
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¡Que empiece la juerga!

Este cartel me lo encontré el lunes pegado en la puerta del ascensor. Dice así:
A los vecinos que tiran las colillas de cigarros hacia el pis 4*2* van a creear un incendio ya que han quemado varias prendas de ropa se agradece que no vuelva a ocurrir por el bien de todo el edificio. Gracias.
Me ha chivado la vecina del 1º-2ª que han sido los del 5º-1ª, que ella ha recogido de su terraza en una sola tarde más de 20 colillas, y que se las han tirado más de una vez, que su hijo incluso quería ir a hablar con los vecinos del 5º…
La comunidad de vecinos en la que vivimos es muy tranquila, son casi todo gente joven que van cada uno a su rollo, pasan unos de otros y nadie quiere líos. Pero parece ser que algo está empezando a cambiar. Veremos como acaba la cosa. Espero que esto no se convierta en un “Aquí no hay quien viva“…
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Admito que al principio me costó bastante, me resistía a cambiar la dinámica de mi vida, me gustaba mucho vivir sola y no quería ceder la soberanía del mando a distancia, ni consensuar el canal que veremos esta noche, ni preguntar si te molesta que me duerma con la radio encendida… Pequeñas cosas de mi vida cotidiana me hacían feliz, porque las sentía mías, propias, algo que me había ganado a pulso: mis zapatillas de peluche, mis calcetines de colores, mi pijama de franela, mis sábanas limpias, mis toallas rosas, mi té con sabor a fresa, comer galletas en mi sofá con el mando de mi tele… Esas pequeñas cosas, que para cualquiera serían tonterías sin importancia o incluso superficiales, para mí eran lo suficientemente importantes como para dedicarles una página en mi diario, ya ves que tontería.
El año anterior lo había pasado primero viviendo con mi novio, después se convirtió en mi ex-novio, ya no sentía que aquella era mi casa, el ambiente estaba enrarecido, nunca llegó a estar a mi gusto y yo nunca llegué a sentirme realmente a gusto allí, ni cuando éramos pareja ni mucho menos después de romper. Ahora tampoco puedo decir que esta sea mi casa, porque vivo de alquiler, pero sin embargo la siento más mía que antes, la he puesto a mi gusto, está todo como yo quiero y me siento realmente cómoda.
Y cuando tú llegaste, todo cambió. Ya no me preocupaba simplemente de estar a gusto yo, sino que tenía que ocuparme de que tú también estuvieras a gusto, aquí, conmigo. El cambio fue brutal: pasar de vivir sola a compartir piso con la persona que amas… No siempre es sencillo, y a mí me costó adaptarme. He necesitado mi tiempo para aprender a compartir, a cambiar el mi por el nuestro, a cambiar el ritmo de mi caminar para adaptarlo a tu paso al tiempo que tú adaptas tu paso al mío. No ha sido fácil, pero he aprendido que no se trataba de renunciar sino de compartir, y que cuando comparto mi espacio y mi vida contigo me siento bien conmigo misma.
No sé exactamente en qué momento empecé a darme cuenta de esto. Supongo que cuando te ví por primera vez tumbado en el sofá, relajado, y me dí cuenta de que hasta ese momento nunca te había visto así. Una inmensa ternura me embargó en aquel momento, lo recuerdo bien: nos estábamos relajando el uno con el otro, tú mismo lo describiste, ha quedado claro que los dos tenemos derecho a meter la pata.
Ahora son otras “pequeñas cosas” las que valoro más:
- el hueco de tu hombro, en el que encaja mi cabecita cuando estamos en la cama
- dormirme acariciendo tu pecho
- los besos que me das en la frente como quien no quiere la cosa
- estirarnos juntos en el sofá del comedor, poner mis piernas en tu regazo y que me acaricies con ternura
- hacerte de pinche en la cocina, aunque quede hecha un desastre
- fregar los platos y adecentar la cocina, mientras me pones carita de perrito abandonado porque se te hace un mundo
- que te encierres en el cuarto de la lavadora a pelearte con la ropa sucia cuando preparas la colada
- jugar juntos con las conejas, ¡y que ellas reclamen tus caricias!
- el beso que me das justo antes de irte a trabajar
- en realidad, que me llenes de besos todas las mañanas sin faltar una
- tu voz cuando estoy medio dormida y me llamas para despertarme y que no llegue tarde al trabajo
- ducharnos juntos las mañanas de los fines de semana
- que entres en el baño cuando estoy en la bañera, y juguetees con la espuma
- tu risa mientras jugamos cuando hacemos el amor
Y tantas otras cosas que hacen tan agradable la convivencia contigo. Eres lo mejor que me ha pasado. Me encanta vivir contigo.
Nota: el monstruo del armario me sigue asustando cada mañana.
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Gracias a Carolina, ahora ya sé de donde viene la tradición del árbol. Y me ha recordado que voy a tener que pedirle perdón a mi madre, porque hace un par de años se empeñó el colgarle manzanas rojas al árbol de Navidad porque decía que estaba de moda, y yo le dije que no era muy normal eso de colgarle manzanas a un pino…
Wen dice que ella en casa es de árbol por comodidad y de Belén por petición infantil. En casa de mis padres, cuando mi hermano y yo éramos pequeños, también poníamos belén y árbol… Hasta que empezamos a hacer gamberradas con el belén: cosas como meter al cagané en el pesebre, colgar ahorcado al ángel de la anunciación, poner al buey montando a la mula, los patos montando a las gallinas, y perrerías varias… Mi madre se enfadó y desde entonces dijo que se acababa el belén.
A mí siempre me ha parecido más divertido el árbol, quizá porque en casa, los adornos del árbol eran muñequitos de chocolate, y se los íbamos quitando para comérnoslos en cuanto mi madre se despistaba… A 10 días de Navidad ya estaba el árbol pelado y había que reponer los adornos, previa bronca por golosos, por supuesto. ¡Pero es que es una tortura que nos los pongan ahí, delante, y no nos los dejen comer!
¡Y gracias a tod@s los demás por vuestros comments! A todos menos a uno (tú ya sabes quien), porque para que me deje algún comentario tiene que darse una coincidencia astral tal como que júpiter entre en la casa de orión y además sea año bisiesto, o algo así, no me quedó muy claro…
Que sepáis que me dáis mucha envidia todos los que os habéis ido de puente, y digo esto para que os remuerda la conciencia estas vacaciones. ¡Hala! Ya habéis descubierto que soy una mala persona.
Y es que aparte de que hoy me toque trabajar, ayer y antes-de-ayer me los pasé montando los muebles nuevos de IKEA, ¡yo solita! con un par.
Una librería nueva para la habitación (no me explico porqué la foto ha salido verde…) para poner la tele encima, porque después de la experiencia de las estanterías que tenía colgadas por el otro lado, y que casi escalabran a David una noche, no me atrevo a volver a colgar nada de esa… mmmm… ¿”pared”? Lo llamaremos así entre comillas mientras no le encuentre un nombre mejor a esa lámina de cartón piedra que separa el comedor de la habitación…

Una librería nueva para el comedor, de dos metros de alto: así liberaré a mi madre de los miles de cientos de libros que tienen tomada por asalto mi antigua habitación y no la dejan reconvertirla en una salita

Montar las librerías fue todo un espectáculo. Monté primero la librería pequeñita, y me las prometía muy felices viendo que era todo facilísimo cuando pongo el mueble de pie y… un canteado está del derecho y el otro del revés. ¡Mierxx! A desmontarlo todo y montarlo otra vez. Y ahora no hay manera de ponerle correctamente la tapa de detrás de la librería. Vuelta a empezar. Creo que tuve que montar la librería pequeña como unas cuatro o cinco veces, pero al final me salí con la mía. Momento dramático de la tarde cuando me dí cuenta de que tenía que clavar la tapa ¡y no tengo martillo! ¿Para qué quiere un martillo en casa una xica como yo? Rebusco por toda la casa algo que me pueda servir, y al final me apaño con un portavelas horrible pero muy apañado. ¡Qué bien me va a venir! El resultado final lo podéis ver en la foto de arriba. ¡Todo un éxito! Con ese precedente, montar la librería grande fue montar y cantar.
Y el producto estrella de esta temporada: una mesa de comedor y cuatro sillas. Cuando ví en el “manual” de montaje a dos personas (un chico y una chica, supongo que por aquéllo de la paridad, que estos suecos nos sacan mucha ventaja en el asunto) sujetando las patas de la mesa, casi me coje el telele: ¡hacen falta dos personas para montar esto! Al final conseguí montarlo yo sola, pero no veáis lo que sufrí hasta conseguirlo. La verdad es que me ha quedado algo torcida, los ángulos de la mesa no mide ni uno 90º ni por casualidad, así que le he puesto un mantel muy chulo encima y asunto arreglado. Las sillas tampoco están muy allá, pero ¡no cojea ni una!

Tengo unas agujetas horribles, las rodillas hechas polvo, ¡y mañana toca ayudar a mi hermao a pintar su habitación! También le ha dado por cambiar los muebles de su habitación, y voy a ir a echarle un cable. ¡Vaya puente que me espera!
Otro día os hablo de Happy Feet, la peli que fuimos a ver ayer (sí, esa de los pinwuinos bailones), que aunque lo parezca, ¡no es para niños! xD- Sí, lo reconozco: soy infantil, me gustan las pelis de dibujos y me he pedido para reyes un funky-furby, ¿qué pasa?

P.D. Sé que este post, con fotos y todo, me ha quedado un poco largo, pero no os quejéis ¡que tenéis tres días para leerlo!
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Camino por entre los puestos de artesanía de uno de los muchos mercadillos que proliferan en los pueblos en estas entrañables fechas.
Y pienso…
… Vale. La movida del Belén, la entiendo…
… Pero lo del árbol de Navidad…
¿De dónde viene la tradición de adornar un pino?

Este es mi arbolito de Navidad. Mide tres palmos de alto, así que más que un abeto es un bonsai, pero mi piso no da para más.
Es de plástico, pero estos chinos hacen unas imitaciones que son la leche.
Según mi cuñada Marta, parece una madeja de lana con bolas colgando.
Pero yo le tengo mucho cariño: es mi primer arbolito de Navidad, en mi casa.
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¡Vaya rollo! Y encima los miércoles la programación de la tele es un auténtico peñazo…
Necesito un novio, o un sintonizador de TDT, pero ¡urgente!
Mientras tanto, miraré de hacerme con un vídeo VHS, y así me puedo grabar El Comisario mientras veo House, y así compenso los miércoles con los martes. Tendré que sobornar a mi hermano (después del fracaso padre) para que venga a conectar la antena: ya tuve que hacerlo con el DVD, y eso que parecía sencillo, porque se veía pero no se escuchaba…
Claro que si hay por aquí algún “chaval” o “becario-para-todo” dispuesto a dejarse sobornar, soy toda ojos…
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