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Leyendo el último post de Autoestima y Cucaracha, me ha animado a escribir esto, y es que en ocasiones siento nostalgia de mi apartamento de soltera, y más concretamente de la época en la que vivía sola.
Me recuerdo a mí misma sentada en el sofá amarillo que todavía conservo, en pijama y con unos calcetines de colores, comiendo galletas y un té con sabor a fresa, y viendo alguna tontería en mi pedazo de tele (la que está en casa de mis padres desde que nos compramos el plasma de 42 pulgadas, por cierto), siendo dueña y señora del mando a distancia y disfrutando de esos pequeños momentos de independencia personal.
Llevo unos días algo agobiada, y no acabo de encontrar un motivo. Solo sé que necesito estar sola, que quiero espatarrarme en mi sofá amarillo, cerrar la puerta y leer un rato a solas, que necesito paz interior para calmarme y no soy capaz de encontrarla.
Ifo se da cuenta enseguida de este estado de ánimo, y curiosamente en esos momentos en los que yo más necesito estar sola, más necesita él que esté encima suyo, que le mime y le cuide más que de costumbre, que le diga que le quiero más a menudo y que esté más por él. Es como si necesitara reafirmar que, a pesar de que necesite mis momentos de soledad, le sigo queriendo igual y no es de él de quien quiero alejarme.
Por supuesto que no es de él de quien quiero alejarme, ¡faltaría más, si nos casaremos en apenas 2 meses! A él le cuesta entender que sea tan independiente que en ocasiones no quiera estar con él y que necesite momentos de intimidad para estar sola, y a mí me parece algo tan obvio que no encuentro argumentos para explicarlo sin que se sienta ofendido.
Nota: él tiene una teoría alternativa, que consiste en que cuando _él_ está de bajón y necesita más caricias, besos y mimitos, es a mí cuando me coge el rollo independiente y quiero estar sola. De lo que deduzco que cuando yo esté en este estado de ánimo, no debería callarme y esperar algunos días a decírselo, porque entonces se cree que és él quien se lo ha pedido primero.
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Atención! En este post abuso sin compasión de las fotos.
Después de que Ifoxe se apropiara con sabadosidad y alevosía de mi habitación de estudiar, mientras yo estaba en Madrid entretenida sacándole la lengua al presidente, decidí que necesitaba con urgencia arreglar la otra habitación para mí sola, pues es una pena que estuviera muerta de asco ejerciendo de almacén de los muebles de mi pisito de soltera. Además, es la segunda habitación más grande de la casa, no tenía sentido desaprovecharla. Así que Ifo y yo hicimos un pacto: yo me quedo con la habitación grande para estudiar, me monto mi despachito allí, si él me ayuda a montar el escritorio.
Mi anterior habitación de estudiar, ahora okupada por Ifo. Conformaros con esta idílica imagen, hacedme caso: es mejor para vuestra salud mental que no veais como está ahora…

Habitación grande con los muebles de comedor de mi apartamento de soltera

 
Y ayer nos pegamos la gran paliza, que montar un mueble de Ikea parece fácil, pero estos suecos son muy mala gente, que os lo digo yo. Han planificado cuidadosamente un método de tortura por la vía, primero, de tratarnos como hamsters enjaulados en sus tiendas, haciéndonos recorrer toda la exposición por un camino marcado del que no nos podemos salir; después, poniendo publicidad incluso detrás de las puertas de los lavabos, que ya hay que tener mala leche, ni un momento de relax íntimo tiene una en esas malditas tiendas; después, otra tortura ingeniándotelas para meter todas las cajas en el coche, menos una, que no cabe; y, por último, la tortura definitiva: montar los muebles.
Montar unos muebles de Ikea NO es tan fácil como te cuentan
  
Después de la gran paliza que nos dimos ayer por la noche montando muebles (sobre todo Ifo: yo solo ejercí de competente pinche), el escritorio nuevo quedó razonablemente bien montado, y me he podido dedicar a enchufar el ordenador y sus mil gadgets, montar un lío tremendo de cables debajo de la mesa (que he conseguido arrinconar para que no molesten), poner en peligro la seguridad de todo el edificio conectando como cien enchufes en una sola toma de corriente, y llenando el espacio de trabajo, que ahora es grande y cómodo, con mil chorradas, muñequitos y peluches varios.
 
 
Y además me cabe mi querido sofá amarillo, que ha venido conmigo de casa en casa desde que me fui a vivir sola, y en el que podré tumbarme a leer a solas, o ver la tele a mi aire sin tener que compartir el mando a distancia ni pactar el canal y el tiempo de visualización. ¡Ah, la libertad está hecha de pequeñas cosas!
¿No fue Virginia Wolf quien dijo que una mujer debería disponer de su propio dinero y su propia habitación? Desde luego, mi experiencia viviendo en pareja me lleva a concluir en la misma dirección: es mucho más sano para la pareja (y para mí misma) tener mi propia habitación, conservar mi espacio vital, donde poder pensar con traquilidad, relajarme, leer, escuchar música, ver la tele, y disfrutar de mi mundo interior en soledad, algo que se agradece de vez en cuando.
 
 
Recuerdo cuando empezamos a vivir juntos, no hace tanto, en mi apartamento de 40 metros cuadrados y una sola habitación, compartíamos incluso la mesilla de noche. Era agradable y romántico, muy bonito, pero también había momentos en que me subía por las paredes, necesitaba una desconexión y no encontraba espacio donde tener un rato de soledad, y eso en mi opinión debilita mucho a la pareja: estaba nerviosa, arisca y de mala leche, y a él le costaba entender el motivo, especialmente cuando nunca ha vivido solo. Con el cambio de piso la cosa fue mucho mejor, ahora tenemos tres habitaciones y un comedor enooooorme, y un sofá mucho más grande en el que espatarrarme a ver la tele y hacerme la dueña del mando a distancia aprovechando los momentos en los que Ifo se mete en la habitación a jugar al ordenador. Pero aún así continuaba echando en falta mi espacio propio. Y ahora ya lo tengo, montado y organizado a mi gusto.
Ya solo me falta tener un cacharro wifi de esos para tener internet en mi habitación y conectarme con el mundo exterior. Creo que iremos a comprarlo esta tarde, a ver si hay suerte y ya dejo montado mi nuevo despachito. De momento, me conformo con usar el portátil para postear y subir fotos, aunque ya me lo están reclamando.

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¿Se puede saber quien fue el iluminado que dijo eso de el saber no ocupa lugar? Porque ya podría enrollarse y echarnos una manita con la mudanza…
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Y aún nos queda por desmontar librería y media, y los libros que no me pude traer de casa de mi madre porque en el pisito de soltera no me cabían…
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Hace ya casi 7 meses desde que vivimos juntos, y durant este tiempo nos hemos ido adaptando el uno al otro en cuestiones de convivencia. Es lógico: yo llevaba un año viviendo completamente sola y otro año viviendo con un Novio ExNovio Rollete CompañeroDePisoConDerechoARoce prácticamente ausente, y él se independizaba de sus padres para venir a vivir conmigo, así que la confrontación estaba cantada. Gestionar hábilmente los conflictos domésticos cuando la situación está tan desequilibrada de partida merecería un máster.
Una de las situaciones más curiosas ha tenido una protagonista singular: la lavadora.
Cuando uno está acostumbrado a que sea mamá quien se encarga de la colada y de las tareas domésticas, no es consciente del trabajo que conlleva realizarlas, y por lo tanto es más despreocupado en estos temas. Pero cuando es a uno mismo a quien le toca ponerse con las tareas del hogar, la cosa cambia.
Me dí cuenta enseguida de que mi niño estaba acostumbrado a que en su casa se lo hicieran todo por determinadas actitudes de su rutina diaria. Su madre es ama de casa, en su casa era su padre el encargado de traer el dinero y su madre la encargada del hogar, y él nunca se había tenido que preocupar de poner una lavadora, de fregar un plato o de conocer el mecanismo de una escoba. El trabajo va a ser duro. Y eso que él le pone voluntad: desde el principio quedó claro que si los dos trabajamos fuera de casa, y los dos llegamos hechos polvo del trabajo, es responsabilidad de los dos el tener la casa limpia y ordenada. Y también quedó claro que él, si pudiera y yo ganara lo suficiente, se quedaría encantado a ocuparse de las tareas de casa (que diox nos pille confesados si llega ese día).
La primera charla que tuvimos al respecto fue por el tema de las toallas del baño. Cada día ponía para lavar las toallas que acababa de utilizar. Y yo cada día las recogía del cesto de la ropa sucia y las tendía. Hasta que no hablé con su madre, no me sentí del todo segura para abordar el tema de las toallas con él. Pensaba:
¿y si su madre, que está todo el día en casa, SÍ que hace una colada de toallas diaria? Yo no puedo permitirme ese lujo, ni tengo tantas toallas, ni tanto tiempo para poner lavadoras… ni ganas. Pero, ¿qué va a pensar de mí?
Hasta que me armé de valor y no me quedó otra que sentarme con él y decirle: “cariño, tenemos un problema logístico“. Principalmente, alucinó en colores con la revelación de que las toallas no se lavan a diario, pero entendió enseguida que el truco consiste en tenderlas al salir de la ducha, en lugar de dejarlas tiradas en el suelo de la habitación o encima de la cama… He dicho que entendió dónde está el truco, otra cosa es que lo ponga en práctica. Seguimos en ello.
Desde entonces, las tareas domésticas están repartidas bastante equitativamente: él se encarga de la habitación y la colada (la plancha todavía es considerado un aparato de alto riesgo, pero todo se andará); yo me encargo de la cocina, el lavabo y el comedor; y cuando uno de los dos falla, el otro responde como buenamente puede.
El problema de que él se encargue de la colada, básicamente, es que pobre mío todavía no distingue entre la ropa sucia y la ropa limpia: todo lo que vé fuera del armario lo mete en el cubo de la ropa sucia. La camisa que me probé y al final decidí no ponerme, el vestido que está para arreglar porque se me ha descosido un tirante, el pijama que la noche anterior casi me arranca a bocaos… Da lo mismo, si está fuera del armario, todo para lavar. Y como yo soy tan vaga que dejo la ropa encima de la silla de la habitación, en vez de guardarla en el armario como me enseñó mi madre de pequeñita (con poco éxito, por lo que se vé), a la que me descuido me quedo sin ropa!!
Con el tiempo irá aprendido. Por la cuenta que le trae…
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¡Que empiece la juerga!

Este cartel me lo encontré el lunes pegado en la puerta del ascensor. Dice así:
A los vecinos que tiran las colillas de cigarros hacia el pis 4*2* van a creear un incendio ya que han quemado varias prendas de ropa se agradece que no vuelva a ocurrir por el bien de todo el edificio. Gracias.
Me ha chivado la vecina del 1º-2ª que han sido los del 5º-1ª, que ella ha recogido de su terraza en una sola tarde más de 20 colillas, y que se las han tirado más de una vez, que su hijo incluso quería ir a hablar con los vecinos del 5º…
La comunidad de vecinos en la que vivimos es muy tranquila, son casi todo gente joven que van cada uno a su rollo, pasan unos de otros y nadie quiere líos. Pero parece ser que algo está empezando a cambiar. Veremos como acaba la cosa. Espero que esto no se convierta en un “Aquí no hay quien viva“…
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Admito que al principio me costó bastante, me resistía a cambiar la dinámica de mi vida, me gustaba mucho vivir sola y no quería ceder la soberanía del mando a distancia, ni consensuar el canal que veremos esta noche, ni preguntar si te molesta que me duerma con la radio encendida… Pequeñas cosas de mi vida cotidiana me hacían feliz, porque las sentía mías, propias, algo que me había ganado a pulso: mis zapatillas de peluche, mis calcetines de colores, mi pijama de franela, mis sábanas limpias, mis toallas rosas, mi té con sabor a fresa, comer galletas en mi sofá con el mando de mi tele… Esas pequeñas cosas, que para cualquiera serían tonterías sin importancia o incluso superficiales, para mí eran lo suficientemente importantes como para dedicarles una página en mi diario, ya ves que tontería.
El año anterior lo había pasado primero viviendo con mi novio, después se convirtió en mi ex-novio, ya no sentía que aquella era mi casa, el ambiente estaba enrarecido, nunca llegó a estar a mi gusto y yo nunca llegué a sentirme realmente a gusto allí, ni cuando éramos pareja ni mucho menos después de romper. Ahora tampoco puedo decir que esta sea mi casa, porque vivo de alquiler, pero sin embargo la siento más mía que antes, la he puesto a mi gusto, está todo como yo quiero y me siento realmente cómoda.
Y cuando tú llegaste, todo cambió. Ya no me preocupaba simplemente de estar a gusto yo, sino que tenía que ocuparme de que tú también estuvieras a gusto, aquí, conmigo. El cambio fue brutal: pasar de vivir sola a compartir piso con la persona que amas… No siempre es sencillo, y a mí me costó adaptarme. He necesitado mi tiempo para aprender a compartir, a cambiar el mi por el nuestro, a cambiar el ritmo de mi caminar para adaptarlo a tu paso al tiempo que tú adaptas tu paso al mío. No ha sido fácil, pero he aprendido que no se trataba de renunciar sino de compartir, y que cuando comparto mi espacio y mi vida contigo me siento bien conmigo misma.
No sé exactamente en qué momento empecé a darme cuenta de esto. Supongo que cuando te ví por primera vez tumbado en el sofá, relajado, y me dí cuenta de que hasta ese momento nunca te había visto así. Una inmensa ternura me embargó en aquel momento, lo recuerdo bien: nos estábamos relajando el uno con el otro, tú mismo lo describiste, ha quedado claro que los dos tenemos derecho a meter la pata.
Ahora son otras “pequeñas cosas” las que valoro más:
- el hueco de tu hombro, en el que encaja mi cabecita cuando estamos en la cama
- dormirme acariciendo tu pecho
- los besos que me das en la frente como quien no quiere la cosa
- estirarnos juntos en el sofá del comedor, poner mis piernas en tu regazo y que me acaricies con ternura
- hacerte de pinche en la cocina, aunque quede hecha un desastre
- fregar los platos y adecentar la cocina, mientras me pones carita de perrito abandonado porque se te hace un mundo
- que te encierres en el cuarto de la lavadora a pelearte con la ropa sucia cuando preparas la colada
- jugar juntos con las conejas, ¡y que ellas reclamen tus caricias!
- el beso que me das justo antes de irte a trabajar
- en realidad, que me llenes de besos todas las mañanas sin faltar una
- tu voz cuando estoy medio dormida y me llamas para despertarme y que no llegue tarde al trabajo
- ducharnos juntos las mañanas de los fines de semana
- que entres en el baño cuando estoy en la bañera, y juguetees con la espuma
- tu risa mientras jugamos cuando hacemos el amor
Y tantas otras cosas que hacen tan agradable la convivencia contigo. Eres lo mejor que me ha pasado. Me encanta vivir contigo.
Nota: el monstruo del armario me sigue asustando cada mañana.
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Gracias a Carolina, ahora ya sé de donde viene la tradición del árbol. Y me ha recordado que voy a tener que pedirle perdón a mi madre, porque hace un par de años se empeñó el colgarle manzanas rojas al árbol de Navidad porque decía que estaba de moda, y yo le dije que no era muy normal eso de colgarle manzanas a un pino…
Wen dice que ella en casa es de árbol por comodidad y de Belén por petición infantil. En casa de mis padres, cuando mi hermano y yo éramos pequeños, también poníamos belén y árbol… Hasta que empezamos a hacer gamberradas con el belén: cosas como meter al cagané en el pesebre, colgar ahorcado al ángel de la anunciación, poner al buey montando a la mula, los patos montando a las gallinas, y perrerías varias… Mi madre se enfadó y desde entonces dijo que se acababa el belén.
A mí siempre me ha parecido más divertido el árbol, quizá porque en casa, los adornos del árbol eran muñequitos de chocolate, y se los íbamos quitando para comérnoslos en cuanto mi madre se despistaba… A 10 días de Navidad ya estaba el árbol pelado y había que reponer los adornos, previa bronca por golosos, por supuesto. ¡Pero es que es una tortura que nos los pongan ahí, delante, y no nos los dejen comer!
¡Y gracias a tod@s los demás por vuestros comments! A todos menos a uno (tú ya sabes quien), porque para que me deje algún comentario tiene que darse una coincidencia astral tal como que júpiter entre en la casa de orión y además sea año bisiesto, o algo así, no me quedó muy claro…
Que sepáis que me dáis mucha envidia todos los que os habéis ido de puente, y digo esto para que os remuerda la conciencia estas vacaciones. ¡Hala! Ya habéis descubierto que soy una mala persona.
Y es que aparte de que hoy me toque trabajar, ayer y antes-de-ayer me los pasé montando los muebles nuevos de IKEA, ¡yo solita! con un par.
Una librería nueva para la habitación (no me explico porqué la foto ha salido verde… para poner la tele encima, porque después de la experiencia de las estanterías que tenía colgadas por el otro lado, y que casi escalabran a David una noche, no me atrevo a volver a colgar nada de esa… mmmm… ¿”pared”? Lo llamaremos así entre comillas mientras no le encuentre un nombre mejor a esa lámina de cartón piedra que separa el comedor de la habitación…

Una librería nueva para el comedor, de dos metros de alto: así liberaré a mi madre de los miles de cientos de libros que tienen tomada por asalto mi antigua habitación y no la dejan reconvertirla en una salita

Montar las librerías fue todo un espectáculo. Monté primero la librería pequeñita, y me las prometía muy felices viendo que era todo facilísimo cuando pongo el mueble de pie y… un canteado está del derecho y el otro del revés. ¡Mierxx! A desmontarlo todo y montarlo otra vez. Y ahora no hay manera de ponerle correctamente la tapa de detrás de la librería. Vuelta a empezar. Creo que tuve que montar la librería pequeña como unas cuatro o cinco veces, pero al final me salí con la mía. Momento dramático de la tarde cuando me dí cuenta de que tenía que clavar la tapa ¡y no tengo martillo! ¿Para qué quiere un martillo en casa una xica como yo? Rebusco por toda la casa algo que me pueda servir, y al final me apaño con un portavelas horrible pero muy apañado. ¡Qué bien me va a venir! El resultado final lo podéis ver en la foto de arriba. ¡Todo un éxito! Con ese precedente, montar la librería grande fue montar y cantar.
Y el producto estrella de esta temporada: una mesa de comedor y cuatro sillas. Cuando ví en el “manual” de montaje a dos personas (un chico y una chica, supongo que por aquéllo de la paridad, que estos suecos nos sacan mucha ventaja en el asunto) sujetando las patas de la mesa, casi me coje el telele: ¡hacen falta dos personas para montar esto! Al final conseguí montarlo yo sola, pero no veáis lo que sufrí hasta conseguirlo. La verdad es que me ha quedado algo torcida, los ángulos de la mesa no mide ni uno 90º ni por casualidad, así que le he puesto un mantel muy chulo encima y asunto arreglado. Las sillas tampoco están muy allá, pero ¡no cojea ni una!

Tengo unas agujetas horribles, las rodillas hechas polvo, ¡y mañana toca ayudar a mi hermao a pintar su habitación! También le ha dado por cambiar los muebles de su habitación, y voy a ir a echarle un cable. ¡Vaya puente que me espera!
Otro día os hablo de Happy Feet, la peli que fuimos a ver ayer (sí, esa de los pinwuinos bailones), que aunque lo parezca, ¡no es para niños! xD- Sí, lo reconozco: soy infantil, me gustan las pelis de dibujos y me he pedido para reyes un funky-furby, ¿qué pasa?

P.D. Sé que este post, con fotos y todo, me ha quedado un poco largo, pero no os quejéis ¡que tenéis tres días para leerlo!
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Camino por entre los puestos de artesanía de uno de los muchos mercadillos que proliferan en los pueblos en estas entrañables fechas.
Y pienso…
… Vale. La movida del Belén, la entiendo…
… Pero lo del árbol de Navidad…
¿De dónde viene la tradición de adornar un pino?

Este es mi arbolito de Navidad. Mide tres palmos de alto, así que más que un abeto es un bonsai, pero mi piso no da para más.
Es de plástico, pero estos chinos hacen unas imitaciones que son la leche.
Según mi cuñada Marta, parece una madeja de lana con bolas colgando.
Pero yo le tengo mucho cariño: es mi primer arbolito de Navidad, en mi casa.
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¡Vaya rollo! Y encima los miércoles la programación de la tele es un auténtico peñazo…
Necesito un novio, o un sintonizador de TDT, pero ¡urgente!
Mientras tanto, miraré de hacerme con un vídeo VHS, y así me puedo grabar El Comisario mientras veo House, y así compenso los miércoles con los martes. Tendré que sobornar a mi hermano (después del fracaso padre) para que venga a conectar la antena: ya tuve que hacerlo con el DVD, y eso que parecía sencillo, porque se veía pero no se escuchaba…
Claro que si hay por aquí algún “chaval” o “becario-para-todo” dispuesto a dejarse sobornar, soy toda ojos…
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Recen para que llueva, saquen a la Virgen de su pueblo de procesión o bailen la danza de la lluvia (yo ya lo dejo a la elección de cada cual), pero me vendrían muy bien unos cuantos litros por metro cuadrado. ¿Porqué? Porque se me han caído las estanterías del comedor. Antes de que piensen que me he vuelto rematadamente loca (¿qué cojxxxx tiene que ver la lluvia con las estanterías? os estaréis preguntando…), dejadme que me explique.
Para empezar, se me da fatal el bricolage, siempre he sido una patosa. Ya desde cría, la clase de plástica, con los odiosos trabajos manuales incluidos, era una tortura, y de mayor la cosa no ha mejorado. Y claro, como se me han caído las estanterías del comedor, y soy una patosa del bricolage, recurro a la solución de emergencia habitual para marujas patosas como yo: tirar del hombre que esté más a mano. En mi caso, hoy por hoy, las alternativas se reducen a padre o hermano. Así que tiré de padre, que (no es por nada) es bastante más apañado para estas cosas.
Ayer, mientras hablaba con mi madre, le dije que a ver cuándo vienen a visitarme, que me tiene que colgar las estanterías que se me han caído (!!!!) escuché una voz gutural, supuestamente la de mi padre, que gritaba al fondo: “¡¡dile que se busque un hombre!!“. Ojo que no dijo “que se busque un carpintero” para que me cuelgue las estanterías, sino un hombre, así, en general, cualquiera vale… mmmm… Papá, ¡eso sale mucho más caro!*
Bueno, ¿y qué tiene todo esto que ver con la lluvia? Os estaréis preguntando. Pues es que el gamberro de mi padre, en lugar de venir a colgarle las estanterías a su-niña-querida, resulta que los fines de semana, mira por donde, tiene cosas más interesantes que hacer. ¿Puede tolerarse esto? ¡Por supuesto que no! Pero me ha dicho con todo el morro que hasta que no empiece a hacer mal tiempo, pasa ampliamente de mí, de mis estanterías y de mi mismidad. Así que mientras pongo a unos a rezar y a otros a bailar la danza de la lluvia, yo estoy aprendiendo a echar maldiciones gitanas para que este finde caigan chuzos de punta, y venga a colgarme las estanterías de una puñetera vez, hombre-ya!
Ahora, que si hay algún otro voluntario que se preste, invito a merienda… Ahí lo dejo.
(*) A quienes vean un machismo recalcitrante en este post, les diré que si hubiera sido cualquier otra persona, independientemente de su sexo, probablemente le hubiera enviado a comprarse la colección completa de Bricomanía. Pero en mi caso, ya me dan por perdida definitivamente.
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