Hace unas semanas os comentaba la historia de los navajazos que un “compañero” un poco tarao, con ayuda de otros, me había dado a mí y que de rebote había salido perjudicada toda la organización (hace falta ser capullo ignorante).
No recuerdo como era exactamente esa vieja máxima china que recomendaba sentarte en la puerta de tu casa a ver pasar el cortejo fúnebre de tu enemigo, o algo así. Bueno, pues eso es exactamente lo que estoy haciendo.
Contemplar como aquel que te insultó y utilizó a cierta persona para sus propios y malévolos fines, ahora reniega de esa persona de la que se aprovechó y le llama hipócrita porque le ha dado la espalda ante su comportamiento infantil, es un placer que solo supera el chocolate belga.
Y si ves a ese capullo que pretendía arrinconarte para pasar él, a ese payaso que te llamó manipuladora, mentirosa y trepa, si le ves perder la cabeza y empezar a gritar a todo lo que se le acerca, desquiciado perdido:
¡¡¡FASCISTAAAAAaaaaaa!!!
¡¡¡HIPÓCRITAAAAaaaaa!!!
¡¡¡MENTIROSOOOOooooo!!!
Pues entonces la satisfacción alcanza niveles orgásmicos.
Y en esas estoy yo ahora: sentándome a ver pasar el cortejo fúnebre del idiota más ambicioso que ha parido madre, mientras me corro de gusto.
¿No es agradable cuando los que te quieren dar una paliza, reciben su justo castigo sin necesidad de que intervengas siquiera? Eso que me ahorro, que la mafia siciliana me cobraba una pasta.
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