Como os expliqué ayer, no pudimos celebrar la despedida de soltera en la playa por el riesgo de que lloviera y se chafara la fiesta; además, éramos menos de las previstas y faltaban algunas personas importantes debido a que mi cuñada no había confirmado y algunas personas ni siquiera llegaron a enterarse, pero no importó, porque nos lo pasamos divinamente.
Nos encontramos en el Maremagnum a las 9, delante del MacDonald’s. Al grupito de amigas que nos esperaban se las veían desde lejos, porque llevaban unas orejas de conejitas en la cabeza y estaban armando jaleo con los pitos en forma de polla. Muy típico todo. Me colocaron las orejitas de coneja, me colgaron un pito-polla al cuello, y me colocaron una banda rosa con las letras “Sexy Girls” en plateado. No me disfrazaron de nada porque en la discoteca a la que íbamos después de cenar no dejaban entrar con disfraz (de hecho, los muy bordes incluso nos pidieron que nos quitáramos las orejas).
Cenamos en un salón enorme del Maremágnum, con cerca de 500 personas, varias despedidas a la vez, y casi el doble de chicas que de chicos. Nos dio la bienvenida el tío del 11811 (y si no lo era, lo parecía) y una drag queen espectacular, con un pelucón rosa y unas botas blancas increíbles. Hablaba con la gente un rato, y luego daba la bienvenida a cada grupo al grito de:
¡Viva la novia!
VIVAAAAAA¡Viva EL CHOCHAZO de la novia!
¡¡¡VIIIIIVAAAAAAAAAA!!!
Y si eran un grupo de chicos, pues parecido.
A cada grupo de chicas que iba entrando en el salón (nosotras fuimos las primera), Mirian iba pasando revista, por si representaban algún tipo de competencia:
Esas son muy feas
Esas son muy viejas
Esas son muy gordas
Esas son muy pijas
Y es que le había echado el ojo “al apuntador” como ella dijo, el chico que pasaba preguntando por los grupos y nos iba colocando en las mesas.
Pudimos comprobar que los chicos le echaban mucha más imaginación al tema disfraces que las chicas, en general. Pudimos ver desde un Spiderman hasta un “marido en prácticas” con chaleco reflectante, pasando por un grupo que iba de entierro por el miembro del futuro casado, una Barbie Travestorro (en palabras de la Drag Queen, que por cierto respondía por el nombre Sara), y el mejor de todos, en mi opinión: un policía con minifalda y peluca rubia con trenzas a lo Pipi Calzaslargas. Brutal. El grupo de Spiderman resultaron ser los más cachondos de la fiesta, llevaban un megáfono y le iban añadiendo “su toque” a la despedida con frases ingeniosas de vez en cuando. Las chicas, en cambio, iban disfrazadas de ángel, de hawaiana, y similares. Nosotras, de conejitas Play Boy. Lo dicho, más originales ellos, sin duda.
La cena, un montón de cosas raras de picotear, chocos con unas bolas sospechosas de primero, y dos trocitos de salchicha de segundo. Casi ni comimos, pero el pan sí que tuvo éxito. Con forma fálica, claro, no podía ser de otra manera. Las muy petardas se guardaron en el bolso varios panecillos, “de recuerdo”. Sí, ya. Que eso mañana ya no necesita ni pilas ni nada… En fin.
La sangría, obviamente, hizo sus efectos, y antes del primer plato ya íbamos la mayoría bastante perjudicadas. Sobre todo Rosi y Mari Carmen, que se zumbaron ellas solas dos jarras, mano a mano, antes de terminar el primer plato. Rosi tiró la primera copa de sangría, mojó la silla, se manchó el vestido… Un drama, aunque es cierto que aunque fue la primera copa que se cayó, no fue la última. En una de esas que fuimos al lavabo, acabó tirando a otra chica de su silla y su copa de sangría también fue a parar al suelo… No se las puede dejar beber.
De postre, claro, un pollón enorme de pastel con un piercing en la punta, ¿qué otra cosa esperabas? Estaba buenísimo, por cierto.
Nos pusieron en una mesa que estaba en un lado de la sala, desde donde casi no se veía el escenario. Pero no éramos las únicas, porque cuando empezó el espectáculo un grupo de personas se levantó y se puso en los laterales para poder ver. Mi madre, que no puede estar mucho rato de pie, sobornó a los amigos de Spiderman con una jarra de sangría, y la dejaron sentarse en su mesa a ver la actuación en primera fila. No es nadie mi señora madre.
El espectáculo consistió en varias actuaciones de la drag queen cantando canciones festivaleras, remix de los éxitos de Raffaella Carrá incluido, que bailamos pegando brincos y cantando a pleno pulmón; la drag queen, otra chica y el pelocho de la entrada haciendo una parodia rara las bandas sonoras de las series de los 80 y canciones populares de la época como leit-motiv; y de guinda final, tres strep-tease: uno masculino, otro femenino, y el último masculino también.
Para ellos, una streaper con unas tetas de silicona horribles que más bien parecía que le hubieran implantado dos globos. Ya lo veréis en el vídeo si consigo subirlo. Hubo un momentazo en el que la chica le restregó las tetas en la cara a uno de los novios, y por poco acaba haciéndole sangrar la nariz, de lo duras que las tenía. Y para nosotras, dos boys bien armados. El primero tenía más bien poca gracia, iba de Curro Jiménez y bailaba al ritmo de Bon Jovi y similares (???). El segundo, el que me tocó a mí, iba de policía del SWAT, rollo Los Hombres de Harrelson, y bailaba ritmos funky, con mucha más gracia que el primero, y además mucho más guapo, desde mi punto de vista.
Llamaron a las novias a subir al escenario en dos grupos de 12 y nos colocaron en fila, 12 para el Curro Jiménez, 12 para el policía cañón, aproximadamente. Y durante la actuación, el boy iba cogiendo una a una a las chicas que estaban en fila contemplando el espectáculo, por orden de izquierda a derecha, por lo que a la primera chica que cogía el boy todavía estaba vestido, pero cuando bailaba con las últimas estaba ya en pelotas. Fue todo bastante inocente, un bailecito sin apenas roce (para mi tranquilidad), aunque con las últimas la cosa era ya bastante morbosa, con el tío en pelotas y las chicas agarrándose al culo como si les fuera la vida en ello; y con la última chica, el streaper que llevaba ya un rato en pelotas y jugando a enseñar pero poco con un pañuelo, la hacía sentarse en la silla, le tapaba la cabeza con el pañuelo y se ponía frente a ella en plan mamada, y a la chica se la veía retirando la cabeza, con la sensación de no saber dónde meterse, la pobre. A mí tampoco me hubiera hecho ni pizca de gracia.
Viendo el panorama, cuando me tocó subir a mí en el segundo grupo, me puse al principio de la fila, la segunda, aunque mis amigas me gritaban desde el lado del escenario que me pusiera al final, que ahí no iba a pillar anda. Cabronas… En cambio, la chica de mi derecha, la que estaba la primera, me dijo que cuando acabara con ella se volvía a poner a la cola, al final…
¡Qué panda!
En primera fila, contemplando el strep-tease, había un grupo de señoras mayores que no se perdían detalle. Y por poco les da un chungo cuando vieron el trasto que tenían los boys entre las piernas. No me extraña, la verdad es que los chicos estaban más que bien dotados. Me pregunto si todo eso que les colgaba sería natural, porque me pareció una cosa desproporcionada.
Al acabar la cena y el espectáculo, nos fuimos a la discoteca, en el propio Maremágnum. La verdad es que el ambiente del Maremagnum para ir de discotecas a mí no me gusta demasiado, pero como íbamos ya bastante contentillas, como que nos dio igual. Y allí nos encontramos con lo peorcito de la noche. Coincidimos varias despedidas, y claro, había tantos buitres babosos deseando ligarse a alguna tía aprovechando la borrachera que casi no se cabía, y por supuesto bailar con un poco de libertad era algo prácticamente imposible. Mirian, Marta (mi ex-cuñi) y Soraya se tenían que quitar a los tíos de encima a manotazos. Bueno, Marta no, Marta estaba encantada. Era algo extraño ver a mi ex-cuñi allí, ligando sin inhibiciones, cuando un mes antes todavía era la novia de mi hermano. Por cierto, al final probablemente sí que venga a la boda, o al menos eso es lo que dijo. Mi hermano, preguntado antes claro, dijo que no le importaba que ella viniera. Lo que ya no sé es qué haré con el ramo, pero ya veremos.
De la discoteca nos fuimos pronto, porque estábamos cansadas (los zapatos nos estaban destrozando los pies y llegó un momento en que yo ya casi no me tenía en pie), la música era horrorosa y el ambiente bastante descorazonador, con tanto buitre pululando y sin sitio para poder escapar. Nos pasamos más de la mitad de la noche en la terraza, donde hacía fresquito, no había tanta gente y se podía bailar a gusto. La única que parecía estar pasándoselo bomba era mi ex-cuñi, que se largó por su cuenta con un tal Roberto Carlos que acababa de conocer, y cuando todas quisimos irnos, ella quería quedarse con Mirian, a la que tampoco le apetecía demasiado estar de aguanta-velas. Como no había coches suficientes, y encima ellas habían venido con el coche de mi hermano y mi madre no estaba dispuesta a prestárselo, no le quedó más remedio que volverse con el resto del grupo. Aún no he hablado con ella, así que no sé cómo le sentó, aunque imagino que no demasiado bien.
El domingo amanecí con unas agujetas hasta los sobacos, literal, no me lo explico. Casi no podía abrir los ojos, de lo que me picaban. Y el lunes, arrastrando todavía las agujetas, tuve que llevar las gafas todo el día, porque el escozor de ojos no se iba. Me hago mayor, ya no estoy para estos trotes.
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