El sábado escogí mi vestido de novia. Ya tenemos lo más importante: el restaurante, el vestido y el novio.
Después de pasarnos todo el día de tiendas (a las 11 en Carlo Pignatelli, a las 12:30 en Rosa Clarà y las 5 en Pronovias), acabamos todas hechas polvo pero ilusionadísimas. Me acompañaron mi madre, mi abuela, mi cuñada y mi suegra. Fue un día increíble aunque agotador.
En Carlo Pignatelli, la primera tienda a la que fuimos, nos trataron muy bien, dos chicas estuvieron por nosotras y estuvimos prácticamente solas en la tienda (al cabo de un rato de estar allí entró otra chica pero ni la vimos), no dejaban de repetir que sus vestidos eran de alta costura confeccionados en Milán, marcando diferencia. Estuvieron muy atentas y solícitas con todo el mundo, intentando que todas quedaran satisfechas porque allí cada cual quería decir la suya.
Yo habia elegido de entrada un vestido de novia muy sencillo, corte imperio, con una especie de top bordado en el pecho y la falda lisa y casi recta que nace debajo del pecho, sin demasiada pomposidad ni nada, con un poquito de cola que salía de la espalda y nada más. Una novia sencilla. A mi madre no le gustó nada el vestido que escogí, decía que le parecía demasiado sencillo, como un vestido de noche en blanco, y que una novia debe llevar un vestido que no llevaría ningún otro día. Me eligió dos o tres más cargados, con una falda enorme de gasa y mucho vuelo, y me pidió que le diera el gusto de probármelos. Me los probé, pero yo no me acababa de encontrar a gusto en ellos, así que pedí que me guardaran el sencillo. Para cabezota, yo.
A la única a la que le gustó el vestido que yo había escogido fue a mi abuela, y solo relativamente… En realidad, las acabó medio convenciendo a todas (no es nadie, mi abuela) y preguntándole a la dependienta si no se lo podían arreglar para ella, que cumple 50 años de casada el mes que viene y en su boda no pudo ir vestida con un traje blanco porque no tenían dinero… En fin, es todo un personaje mi abuela del que otro día os hablaré.
Después fuimos a Rosa Clará, y a parte de que nos hicieron esperar más de lo que a mí me pareció razonable, la diferencia de trato fue espectacular. Menuda pandilla de bordes. Para empezar, estuvimos mucho rato esperando, varias clientas distribuidas en mesas alrededor de la escalera que bajaba a los probadores. Las novias y nuestras acompañantes bajábamos de 7 en 7 a las catacumbas donde estaban los probadores, como borregos camino del matadero. Una estampa. Parece ser que en Rosa Clará van tan sobradas de clientas que no les importa tratarnos como un rebaño de ovejas.
En Carlo Pignatelli me dieron unos zapatos de tacón alto (que me hicieron polvo los pies, por cierto) y me pude mover por todo el vestidor, que estaba emmoquetado, para ver qué tal me sentía con el vestido y cómo me movía con la cola; en Rosa Clará, en cambio, me hicieron subirme a un pequeño podium y no me dejaron bajar de ahí para no manchar los vestidos, a pesar de que todo el vestidor también tenía moqueta. El resultado es que no podía saber qué tal caminaba con cada vestido ni si la cola era excesivamente pesada… Un rollazo.
En Carlo Pignatelli me iban trayendo vestidos para que me los pudiera probar, entre los que yo había elegido y también con características que les iba pidiendo, porque su catálogo es más pequeñito y en la tienda tienen más variedad. En Rosa Clará, en cambio, puede elegir un máximo de 7 vestidos de entre todo el catálogo de la tienda. Así, a las dependientas de Carlo Pignatelli les iba diciendo:
Me gusta este cuerpo, ese escote, y aquella falda…
Y ellas me traían un vestido que se parecía mucho a lo que yo había pedido. Y si mi madre o mi abuela aportaban también su opinión, las chicas se esmeraban en traer vestidos con las características que ellas pidieran. En cambio, en Rosa Clará tuve que elegir 7 vestidos, ni uno más, directamente en el catálogo. En Carlo Pignatelli me los podía ir probando a mi aire, y si alguno me gustaba pedía que me lo dejaran en el probador, y así me lo podía volver a probar y comparar, o pedir otro vestido con algo similiar a alguno que ya me hubiera probado, y era más fácil recordar qué me gustaba de cada uno y qué no. En cambio, en Rosa Clará me traían los vestidos que había elegido de uno en uno, y cuando me lo quitaba se lo llevaban. No dejaron ninguno en el probador, con lo que era mucho más difícil hacerse una idea. Además, si me quería probar un vestido determinado con velo, no me dejaban: se llevaban el vestido y al final, una vez probados todos, me volvían a traer los vestidos que me habían gustado con el velo, también uno a uno, y se los volvían a llevar una vez probados, haciéndonos perder tiempo (y perspectiva) a nosotras y a todas las clientas que estaba arriba esperando… Es difícil de explicar, pero todo en su conjunto resultó un coñazo insufrible si no fuera por la ilusión que nos hacía a todas.
Por si fuera poco, la tía petarda que nos atendió, una borde insoportable y seca, me pinchó con un alfiler en un dedo, sangré y manché uno de los vestidos. Encima me miró con una cara de asco que era para haberla retratado. ¿Dirías que se preocupó por mí? En absoluto. Trajo un algodoncito empapado en alcohol para limpiar el vestido, y me dió un trocito a mí para el dedo diría que por compromiso.
A ver, me puedo imaginar que trabajar un sábado a nadie le hace gracia, y menos de cara al público y probablemente por un sueldo de mierda. Pero trabajando en una tienda de estas características, donde se venden vestidos de novia, donde todas las clientas vienen con una ilusión increíble… digo yo que una debería mostrar un poquito más de empatía, o como mínimo no ser tan desabrida. Total, que no me compro el vestido en Rosa Clará porque no me da la gana, porque mucho renombre y mucho qué, pero se lo montan fatal.
Al final me compro el vestido en Pronovias, que nos trataron como reinas, y eran más bonitos y más baratos. La diferencia se notó nada más entrar: esta gente sí que sabe cómo montárselo. Para empezar, el catálogo: el de Carlo Pignatelli es muy artístico, pero oscuro, escaso y no mostraba todas las partes del vestido (cuerpo, falda, cola… lo importante, vamos); el de Rosa Clará es en blanco y negro, lo que le quita mucha gracia al catálogo, y además las chicas aparecen en unas poses rarísimas; en cambio, en el de Pronovias puedes ver todas las partes del vestido, escote delantero, espalda, falda, cola…, las fotos son bonitas, bien ambientas y a todo color. La diferencia se nota a la legua.
Además, en Pronovias nos trataron como reinas en todo momento. Tuvimos una chica, Angelica (más maja ella) que estuvo por nosotras en todo momento, tomó nota de todos los vestidos que le iba señalando en el catálogo sin poner una sola pega, y anotó mentalmente también mis gustos y preferencias. Me caló enseguida y me sacó únicamente los vestidos que iban con mi estilo; algunos de los que había elegido ella notó rápidamente que no iban conmigo y directamente no me los sacó, pero sí me trajo otros que me iban más. Cada vestido nuevo que traía se acercaba un poco más a lo que yo quería, con el resultado de que todas nos íbamos animando cada vez más. Hasta que por fin dimos con el vestido perfecto, no se dio por satisfecha, y eso que yo ya tenía claro que me iba bien uno que me había sacado antes, pero como del pecho había otro que me podía quedar mejor, hizo la prueba y lo clavó.
Con el velo y el resto de detalles también estuvo acertada. En Rosa Clará, la dependienta me colocó el velo, que va sujeto con una peinta, como si le estuviera clavando las banderillas a un toro. En cambio, Angelica de Pronovias me colocó la peineta que sujeta el velo con todo cariño, sin hacerme daño y colocándome el pelo de la forma apropiada.
Por cierto, todas fliparon cuando se enteraron de que Ifo quería velo por delante de la cara. Incluso su propia madre no se lo creyó hasta que no se lo preguntó directamente, y cuando le dijo que sí, le soltó “No me esperaba que fueras tan talibán…” Todas eran partidarias de que no me pusiera el velo por delante de la cara, sino por detrás, que eso es muy antiguo y que ya no se lleva, que ni siquiera nuestras madres cuando se casaron hace 30 años lo llevaban por delante de la cara… Pero yo le quiero dar el capricho, para uno que tiene el hombre, a mí no me cuesta nada. Al final tragaron, con un “bueno, total, va a ser solo un momentito, desde salir del coche hasta que llegues al altar…“, pero muy convencidas no se las veía.
Según mi abuela, el velo es para aquéllas novias que no han sido todavía vistas por sus novios (para los novios del chat, como dijo mi cuñi). Por supuesto, no le dije a mi abuela que también me caso de blanco y por la iglesia, y tengo de virgen lo mismo que de católica, porque aunque la buena mujer ya se imaginará que por las noches no nos dedicamos solo a contar borreguitos, si se lo digo así de claro igual se me muere del susto.
La ambientación también merece la pena mencionarla. Fuimos al Pronovias de Vía Augusta y el sitio era una pasada. En lugar de un probador, nos hicieron pasar a una habitación estilo Luis XVIII, con techos altos y un sofá comodísimo para las cuatro. No solo pude pasarme por toda la habitación para ver qué tal me encontraba con el traje puesto sino que la chica que nos atendió me pidió que lo hiciera. Estuvo encantadora con nosotras en todo momento, nos ofreció bombones y una copa de champán al terminar… Bueno, una pasada. Me sentía como Cenicienta el día del baile.
Resumiendo, que ya tengo vestido, que será de Pronovias, y que estaré guapísima. No os pienso dar más detalles de cómo será el vestido, así que no me preguntéis, porque me muero de ganas de contarlo y este blog también lo lee el novio (si me conocerán y sabrán las ganas que tenía de contarlo, que mi madre me quitó el catálogo y no me dejó llevarme una foto del vestido para que no pudiera enseñarla, y mi abuela tiró todos los catálogos a la papelera para que nadie pudiera verlo… De todas formas, el vestido que he elegido no sale en el catálogo general de Pronovias, sino en el grande de la tienda). Él estaba igual de ilusionado de verme tan contenta, y se tuvo que contener para no preguntarme detalles, porque sabe que probablemente no me podría resistir.
La primera prueba para MI vestido la tengo el 4 de abril, y para entonces ya tengo que tener elegidos los zapatos (unas sandalias con poquito tacón, que no quiero sufrir de dolor de pies ese día) y la corsetería.
¡Me hace una ilusión enorme!
En esta entrada hablo de: Amigos, boda, ilusión, mi madre
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