Ayer lo adelantaba en mi twitter:
Ikea: no es ciudad para niños (¿qué clase de degeneraos llevan a sus hijos pequeños a Ikea un sábado por la tarde? Mala gente, sin duda)
Y hoy retomo la idea para explicarlo más detalladamente. El sábado por la tarde (el sábado fue un día duro en general, os iré explicando la historia en diferentes posts), fuimos a Ikea a comprar mi escritorio nuevo, después de que Ifo ocupara vilmente y a traición _mi_ habitación de estudiar, con sabadosidad y alevosía, aprovechando que estaba en Madrid sacándole la lengua al Presidente del Gobierno, y en justo castigo por intentar ligar con Juanra, de Caiga Quien Caiga (supongo).
El caso es que necesitaba un escritorio para poder estudiar, y ya que el sábado estábamos liados con mil historias, se nos ocurrió hacer la penúltima parada en Ikea. Mala idea. Ir a Ikea un sábado por la tarde _siempre_ es mala idea. A menos, claro, que te encanten las grandes aglomeraciones de gente en espacios reducidos, caminar durante horas por el camino marcado cual manada de borregos, y no tener salida a tu alcance en caso de una crisis de ansiedad más que probable. Y, a pesar de todo, allí nos metimos, dispuestos a hacernos con mi escritorio nuevo, sorteando toda clase de peligros, y meter los paquetes en el Ifo-coche como fuera.
Lo que no podía imaginar ni por un momento es que nos encontraríamos con montones de familias, matrimonios jóvenes (apenas treinteañeros) con niños pequeños, incluso en cochecito. Si para un adulto ya es duro pasar por la experiencia de recorrerse Ikea a la caza y captura del escritorio deseado un sábado por la tarde entre millones de personas que hacen la misma peregrinación hacia el almacén, armados con lápiz y papel, por un camino tan estrecho… no me quiero ni imaginar cómo lo deben pasar las pobres criaturas, atadas durante horas al carrito, sin poder moverse, con peluches y cosas chulas a su alrededor que desean tocar, y gente que pasa a su alrededor como puede, estresada y de mala leche. No lo entiendo. Hace falta ser degerano y mala gente para hacer pasar a tus propios hijos pequeños por una ginkana claramente poco adecuada para su edad y sin premio final, y para más inri una experiencia que no deseas ni para tí misma.
Me pregunto si esos padres que llevan carritos con niños en Ikea un sábado por la tarde estarán poniendo en práctica algún tipo de castigo promovido por un método pedagógico que desconozco. No es normal tanto padre con tanto crío en un día y lugar tan poco adeacuado para ellos. Pero me fijo un poco mejor y ¡veo que los padres incluso están disfrutando! Los veo parados en corrillos, provocando atascos entre la marea de gente que no puede avanzar, parados en determinadas zonas del recorrido (¿o debería decir laberinto para hamsters?) comentando en grupitos lo ideal que es esa cocina o qué combinación tan divina para una habitación, mientras los pobres críos berrean aburridos y agobiados de cochecito y de gente. ¡Serán sádicos! No deberían haberles permitido tener hijos, ¿para cuando un test psicotécnico para poder ser padre?
Finalmente, y no sin esfuerzo, llegamos al almacén con todas las referencias anotadas: mi escritorio Galant, una cajonera y un sillón-director para Ifo y su espalda. Mientras Ifo se lleva la grúa de a leuro que hemos cogido en la entrada del almacén y la hoja con las referencias apuntadas, yo me pongo a hacer cola pacientemente para el punto de información, donde _creía_ que me iban a dar un papelito para recoger los tableros en una puerta grande. Craso error. Llego allí, le doy la referencia de mi escritorio, y el chico primero no la encuentra en el ordenador y después me manda devuelta arriba, a la sección de escritorios, a hablar con el encargado de esa sección, que me tiene que hacer el pedido. Cawenikea, ¿y eso no me lo podían haber dicho antes? El chico, todo encanto y buen hacer, me da dos opciones: o dar la vuelta y enfrentarnos a la marea de gente, alcanzando nuestro objetivo nadando contra corriente como un kilómetro más o menos, o volver a entrar y realizar de nuevo todo el recorrido infernal. Logro controlar mis instintos asesinos porque estoy demasiado cansada y el chaval tiene pinta de que opondrá resistencia, y yo no estoy para esos trotes.
Optamos por volver a hacer el recorrido. Gracias a la orientación fuera de serie de Ifo, podemos atajar más de 3/4 partes del recorrido, colándonos por los recovecos de la exposición y esquivando a esas familias de padres sádicos e hijos que en la adolescencia probablemente emularán al asesino de la katana o algo parecido
(luego, los medios de comunicación llorarán la desgracia y culparán a los juegos de rol, sin darse cuenta de que la tragedia familiar se mascaba desde la más tierna infancia). Llegamos, conseguimos encontrar una empleada libre en la sección que nos interesa que Ifo pilla por banda y no la soltamos aunque la cola de gente que quiere preguntar tras nosotros crece. Parece que no tenemos muy claro (sobre todo yo) las piezas que componen la mesa que necesito, y la chica con sus prisas por quitarnos de enmedio rápidamente tampoco ayuda. Al final logramos aclararnos y nos hace el pedido.
Volvemos por donde nos hemos colado y en un santiamén nos plantamos de nuevo en el punto de información del almacén, otra vez a hacer cola (por suerte ahora no hay apenas gente esperando), y nos mandan a la línea de cajas con unas instrucciones bien sencillas: primero haz cola en caja para pagar, después vuelve a hacer cola para que te preparen el pedido, después haz otra cola para que te entreguen el pedido, y luego, si eso, ya te daremos la mesa, suponiendo que hayas conseguido llegar hasta el final de la ginkana infernal y no hayas fallecido en el intento. Genial. Me encanta este sistema sueco pensado para hacernos la vida más fácil. ¿Se imaginan todo esto con niños menores de tres años?
Inasequibles al desaliento a pesar de todos los contratiempos, de los recorridos maratonianos por la tienda, de la avalancha de gente, de las largas colas y de las insufribles esperas, finalmente nos llevamos nuestro escritorio a piezas. Y la pieza grande no nos cabe en el coche.
Mi hermano no puede echarnos una mano porque va camino de una despedida de soltero, mi padre no puede ayudarnos porque el todoterreno no tiene pasada la ITV y se han llevado a Canet el coche pequeño, llamamos un taxi monovolumen (unas 15 veces a la central hasta que nos cogen el teléfono) y el taxista no se digna a presentarse…
Mira, casi que mejor subimos de nuevo por donde podamos (que es por ningún sitio, tenemos que hacer como si volviéramos a entrar en la tienda pero cargados con la pieza que no nos cabe en el coche), volvemos a hacer la enésima cola del día, y pedimos que nos lo envíen a casa. Hasta este viernes no tendré mi mesa nueva completa en casa y podré empezar a montarla. ¡Con las ganas que tenía y me tendré que esperar una semana!
Yo acabé el día destrozada, pero Ifo aún más debido al esfuerzo físico “extra” que tuvo que hacer y del que yo me libré
Desde luego, me debe querer mucho para aguantar una tortura así.




