Lo admito, me he portado mal, y lo sé. Y ahora me siento fatal conmigo misma. ¿Recordáis lo que os comentaba ayer sobre el pesado de los comentarios alucinantes que se quejaba de que no se los publicaba y gritaba ¡¡censura, censura!!? Bueno, pues no es el único tarado con el que he tenido que lidiar, y ayer me descontrolé, perdí los nervios con otro de estos personajillos.
Hace unos 3 años, en el 2005, al poco de abrir mi otro blog, tuve mi primera experiencia con un troll, una persona que comenta en blogs con la intención de molestar a los demás usuarios o lectores, buscando crear controversia y provocar reacciones predecibles con fines diversos: desde la simple diversión al lograr hacer enfadar a los demás, desviar los temas de las discusiones, o bien provocar encendidas broncas enfrentando a los lectores entre sí. El troll puede ser más o menos sofisticado, empleando desde mensajes groseros, ofensivos o fuera de tema, a sutiles provocaciones o mentiras difíciles de detectar,
con la intención en cualquier caso de confundir o provocar la reacción de los demás.
Mi troll particular se dedicaba a intentar que cualquier post que yo escribiera acabara en una discusión sobre la ley de matrimonios gays y la homosexualidad en general. Se trata de un integrista católico, de los de misa y confesión diaria, que decía cada vez que tenía ocasión que la homosexualidad es propia de enfermos y degenerados, una prueba que dios nos ha puesto para comprobar nuestra resistencia, y que lo que procedería no es darles más derechos sino encerrarlos a todos y apalearlos hasta la muerte porque en el Levítico tal, o en el Génesis cual, o en la carta de San Pablo a los noséqué, dice que blablabla. El rollito intransigente e intolerante ese de “te lo prohibe mi religión“. Y en ese plan. Y así durante mucho tiempo. Esto fue durante el 2005, hasta que me cansó y le dije:
Mira, chaval, aquí no toca hablar de ese tema porque este post habla de otra cosa totalmente distinta. Si quieres dar la tabarra con tu monotema, hazlo en este otro sitio [le ponía el enlace a otro post de mi blog que _sí_ trataba ese asunto] y ahí te desahogas a gusto.
Y cada vez que dejaba un comentario sin venir a cuento en un lugar que no correspondía, se lo borraba sin más. La verdad es que ni siquiera debería haberle cedido ese pequeño espacio en _mi_ casa para que soltara su mierda intolerante, pero era joven e inexperta y todavía no había empezado a aplicar el principio de “esta es mi casa y quien quiera entrar, primero tiene que limpiarse los pies en el felpudo y comportarse con educación, o le echo a patadas“.
Pero hace dos o tres días, no me explico por qué, volvió a mi blog y en la entrada sobre Facebook dejó un comentario diciendo más o menos que
Facebook es para gilipollas que compiten entre sí para ver quien tiene agregados más gilipollas
Poco más o menos. Enseguida identifiqué que se trataba de él porque en la entrada del 2005, cuando le dije que no iba a consentir sus trolleos, puse una foto de Pumuki, un duendecillo o troll de dibujos animados de una serie que me encantaba cuando era pequeña; y en el comentario que este personaje dejó, en el espacio “e-mail”, puso “notengoemail@pumuki.es”, así que la relación era evidente. Por algún extraño motivo, había vuelto a releer ese post 3 años después, le había cabreado, y me había dejado un comentario insultante llamándome gilipollas a mí y a todos los que usamos Facebook por extensión. Entrañable, ¿verdad?
Evidentemente, borré ese comentario sin darle mayor importancia. Pero ayer este tétrico personaje volvió a mi blog, y al ver que había borrado su comentario, no se le ocurrió nada más divertido que ponerse a dejar comentarios insultantes compulsivamente. He capturado las imágenes para que podáis verlo: se trata del dedo índice levantado en un gesto chabacano y maleducado:


Por suerte, cuando intentó dejar estos comentarios tan groseros yo estaba conectada, y cada vez que alguien me deja un comentario me llega un e-mail. Primero ví que entraba un comentario bastante raro que me dejó mosqueada. Entré a ver qué era y me pareció una cosa súper rara, e immediatamente después entró otro similar. Enseguida ví por dónde iban los tiros, ví de qué persona se trataba y le puse rápidamente en “comentarios moderados”, de tal manera que cualquier comentario que quisiera dejar _esta persona_ no se publicara al momento, como cualquiera de vosotras, sino que pasaría previamente por mis manos, y seré yo quien decida si ese comentario se aprueba o no. Intentó dejar el mismo comentario una tercera y una cuarta vez, pero al ver que ya no salía publicado, y que había borrado los otros dos, se dio por vencido y no siguió intentándolo. Tampoco le habría servido de nada, porque por muchos que enviara, no aparecería ninguno si yo no los apruebo, que no es mi intención, por supuesto.
Su intención evidente, hasta que lo corté de raíz (suerte que estaba conectada en ese momento y lo pude atajar rápido) era copiar y pegar compulsivamente el mismo comentario tantas veces como le viniera en gana, hasta que se aburriera. Entraron dos, que eliminé enseguida, pero aún quiso intentarlo dos veces más, sin éxito, y desistió de seguir intentándolo.
Pero ahí fue cuando yo perdí el control. Estaba tan cabreada por lo que este troll había intentado hacer con mi blog, destrozándolo en los comentarios, y por el otro indeseable que llevaba calentándome durante semanas, que no pude más y me tomé mi venganza particular. Me fui al blog del talibán de sacristía este y le dejé el mismo comentario que él me había dejado a mí en mi blog; de hecho hice lo mismo que él había intentado hacer: llenar de mierda los comentarios.
Como sabía que el sistema de moderación de comentarios de blogger es bastante pedestre, y en cualquier caso está a años luz del de Wordpress, que es el que utilizo en mi blog, me fui al suyo y en los primeros 5, 6 ó 7 entradas suyas me dediqué a copiar unas 10 ó 12 veces en cada una el mismo texto que él había intentado copiar un montón de veces en mi blog. Aderezado con frases del estilo “quien siembra vientos recoge tempestades” o “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a tí”, y en esa línea.
Sé que me he portado fatal, sé que lo que he hecho ha estado mal, muy mal, y ahora no me siento bien conmigo misma. Cuando lo vea, se va a agarrar un cabreo de mil demonios, estoy segura. Pero si es tan católico practicante (y con intención de obligar a los demás a que practiquen también _su_ religión, de volver a los tiempos del nacional-catolicismo), ¿no debería cumplir el mandamiento de respetar al prójimo, y no hacer a los demás lo que no quieras para tí mismo? No es excusa, lo sé, y repito que me siento fatal por lo que he hecho. Me he tomado la venganza por mi mano y ha sido desproporcionado. Decir que estaba hasta los mismísimos coxones no le servirá de mucho a mi conciencia. En su momento me quedé la mar de descansada, pero ahora no puedo decir que sienta lo mismo. Probablemente, si tuviera la oportunidad de volver atrás, no volvería a hacerlo. Fue el calentón del momento, y creo que se me fue de las manos. No diré que lo siento, porque creo que se lo merecía, pero sí que no me siento bien por haberle dado a tomar de su propia medicina, creo que me pasé un poco.
¿Vosotras qué opináis?
Actualización: acabo de ver que esta madrugada, unos minutos después de mi “ataque furtivo”, me había dejado otro comentario artístico de los suyos. En este caso, no sé si se trata de una hoja de marihuana o de una hoja de parra (por aquéllo de Adán y Eva, que a este tipejo le pegaría más).
Por supuesto, no ha pasado el filtro anti-trolleo y su comentario no solo no ha salido publicado sino que además ha visto un mensajito monísimo que dice: “tu comentario ha quedado en el filtro anti-spam en espera de que Pimkie le dé al botoncito para aprobarlo“. Igual que ayer, pero él lo ha vuelto a intentar. ¿No es enternecedor?
¿Sabéis una cosa? Ya no me siento tan mal.
En esta entrada hablo de: blogs, cabreo, discusión, idiotas, política, tristeza
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