En cada planta de la oficina en The Monkey Island tenemos una pequeña salita con microondas (cachondeíto, el justo, ¡brujas!) para hace cafés y para calentar la comida cuando nos la traemos en tuppers.
En mi planta, parece ser que “alguien” (o más bien “algunas”) se han pensado que el Nescafé es un detalle de la casa o algo así. Bueno, pues no: lo compro yo, lo pago de mi bolsillo, Y HAY CRISIS, joder, así que si quieres Nescafé, bonita, ¡cómpratelo tú!
Ayer, lunes, me quedaba el suficiente Nescafé como para prepararme una taza y aún sobraba un poquito (os juro por los pitufos que el viernes quedaban dos dedos en el bote), pero esta mañana ¡¡se lo habían acabado todo!! ¡¡Y no han comprado más!! ¡¡No me he podido tomar mi taza de café por culpa de las gorronas de la oficina!! Y cuando no tengo mi dosis de cafeína diaria, me pongo de muy mala leche, más aún si otras se han tomado su taza de café a mi costa. ¡¡Pero qué morro gastan!!
Bueno, pues ya está bien. Hoy compro un bote de Nescafé nuevo y lo pienso esconder en mi mesa, y guardado bajo llave. Y etiquetado con mi nombre, por si me lo dejo por ahí, que puede pasar. No hay derecho a que le echen tanta jeta, hombre. El primer café de la mañana es sagrado, ¿me oís? SA-GRA-DO. Qué coxones. He dicho.
Como las pille, me van a oír pero bien.
En esta entrada hablo de: cabreo, idiotas, trabajo


