Son las 10 de la mañana. Llego a la oficina medio somnolienta todavía por la falta de cafeína. Hay un coche oficial aparcando en la puerta, chófer, guardaespaldas y una mujer con mechas rubias y traje-chaqueta beige. El guardaespaldas se baja a abrirle la puerta a la mujer de las mechas, que se encamina hacia la entrada de The Monkey Island. No la conozco, pero tiene que ser alguien importante. Maldigo mi incapacidad para relacionar nombres y caras, pero diría que esa cara ni siquiera me suena.
Voy hacia el trasto de fichar, y mientras espero que a la compañera que hay delante mío la máquina le pille la huella dactilar, la mujer de las mechas ha entrado por el lateral del arco de seguridad y saluda a los seguratas de la puerta (esos que se quejaban porque en verano estuve unos días saliendo más tarde de las tres y tenían que plegar tarde por mi culpa…).
Parece que mi comñera, que sigue bregando con el cacharro de la huella dactilar, sí ha reconocido a la mujer que se ha bajado del coche oficial, pero yo, por más que me estrujo la neurona, no consigo ubicarla.
La mujer que ha bajado del coche oficial nos saluda con un “hola guapaS!” a las dos. Yo la saludo con un discreto “buenos días” idéntico al que le dedico a todo el mundo. Y, sin previo aviso, la mujer del coche oficial me planta dos besos como si me conociera de toda la vida.
Yo no la conozco a ella, y estoy casi segura de que ella tampoco me conoce a mí. Seguro que es alguien importante, aunque yo no sepa por qué. Una ocasión perdida de hacerle la pelota a alguien con poder (una mujer que baja de un coche oficial seguro que tiene poder) y quizá incluso promocionarme. Pero no sé hacer eso, digan lo que digan, no me sale, no soy capaz. Y la falta de cafeína contribuye a mi falta de sociabilidad.
Está claro: si quiero llegar a algún sitio en esta casa, voy a tener que perfeccionar mis habilidades sociales. O nunca podré nombrar a mi madre “asesora personal” ni a mi novio “jefe de seguridad” y ya serán dos promesas electorales incumplidas, pero esa anécdota os la cuento otro día.
En esta entrada hablo de: idiotas, navajazos, política, trabajo


