A cualquier cosa Ifo le llama situación de crisis… En fin, os cuento: Nos hemos comprado una nevera y un lavavajillas nuevos, la primera porque la vieja estaba a punto de cascar, hacía unas cantidades de hielo espectaculares y me congelaba la comida en vez de simplemente enfriarla, un desastre; y el segundo, porque no resistió la primera mudanza, del piso de mi ex que se quedó mi ex por toda la cara a mi pisito de soltera, lo último que lavó fue la batería de cocina y la cristalería que mi abuela me regaló con mi “ajuar” (lo que me plantea interesantes comparaciones que ahora no me voy a molestar en exponer). Ya tengo lavavajillas nuevo, Querida Enemiga ya no me da envidia.
Antes
Después
Aparte de que la nevera nueva es un palmo más baja que el hueco que tenemos en la cocina, lo cual me ha provocado el primer disgusto del día, obviamente hemos tenido que sacar toda la comida de la nevera y del congelador del frigorífico viejo. Además, hemos tenido que esperar tres horas antes de poderlo enchufar y poner en marcha, por aquéllo de no sé qué del gas al venir tumbada. El caso es que, entre una cosa y otra, hemos tenido la cocina empantanada todo el día, y mal que bien nos las hemos apañado para cocinar sopa de pera y pato a la naranja (que dirás, y con la cocina patas arriba, ¿no podías haber cocinado un huevo frito con patatas? ¡Pues no! Puesto a liarla, o se hace a lo grande o no se hace). Una vez puesta en marcha (a eso de las 3 y pico de la tarde), como es obvio, no se ha enfriado de repente sino que necesita unas cuantas horas para que el interior se ponga a la temperatura adecuada.
El resultado de todo lo anterior es que todo lo que teníamos en el congelador y que no cabía en el fregadero se ha descongelado a lo loco (con 30º a la sombra, tú me dirás) y ha empezado a soltar agua a chorro sobre la encimera de la cocina. El problema es que entre las patatas fritas, las varitas de merluza Capitán Pescanova y las pechugas de pollo congeladas habían también dos botes de helado de vainilla y nueces de macadamia, tipo Häagen Dazs pero del Mercadona. Y claro, después de tantas horas cociéndose por el calor, uno de los helados deshizo el cartón con el que está hecho el bote, y empezó a pringar de vainilla todo lo que encontró a su paso.
Para solucionar el desaguisado, le pedí a Ifo que me pasara un vaso lo más rápido que pudiera mientras con una mano mantenía en alto y boca abajo el bote para evitar que siguiera manchando, y con la otra intentaba limpiar el estropicio. Por el agujerito que el líquido hizo en el bote traspasé el helado derretido al vaso, se lo pasé Ifo y le pedí otro más para poner el resto del helado. Cuando me giro para ver por qué tardaba tanto en pasarme otro vaso, ¡lo pillo vaciando todo el helado por el fregadero! Para matarlo. Y encima me dice, todo ofendido:
- ¡¿Y qué querías que hiciera?!
- ¡Pues comértelo, hijo mío! O, en su defecto, dejarlo para que me lo coma yo…
- ¡Ay! ¿Qué quieres que haga? He reaccionado como he podido: estábamos en una situación de crisis…
lol Pa mear y no echar gota…
Lo que yo te diga: a cualquier cosa Ifo le llama situación de crisis… Luego se mosquea si le digo que se ahoga en un vaso de agua. La buena noticia es que al menos he podido salvar la mitad del helado
Ayer Ifo y yo estuvimos hablando sobre infidelidades, en realidad sin acabar de llegar a ninguna conclusión concreta (obviamente, no tenemos las respuestas puesto que ni él ni yo manejamos ninguna encuesta sociológica al respecto). Nos preguntábamos quien es más infiel, si los hombres o las mujeres.
He preparado un pequeño cuestionario anónimo (10 preguntas súper-rápidas) a modo de juego, donde podréis exponer vuestras respuestas sobre el tema, a ver qué os parece.
Por supuesto, cada pareja es un caso y cada persona es un mundo, y aquí hoy no pretendo generalizar ni mucho menos, pero en mi opinión, todavía hoy en día, en pleno siglo XXI, son más infieles los hombres. Entre otras muchas cosas por una cuestión de oportunidades: desgraciadamente, todavía somos mayoritariamente las mujeres quienes nos encargamos de la casa y de los hijos, además de la jornada laboral normal. No hay más que ver las horas que le dedicamos a las tareas del hogar hombres y mujeres: ellos, una media de 2 horas semanales (!!!!!), y nosotras una media de 8. Y a eso hay que sumarle el cuidado de los niños, que de eso no hablaba el estudio anterior… Vamos, que una mujer trabajadora, con marido a su cargo e hipotéticos hijos, no tiene mucho tiempo que digamos para andar pensando en amantes. En cambio, en mi opinión, los hombres tienen más tiempo y por tanto mayores posibilidades para ser infieles, debido a los roles de género que todavía arrastramos en nuestra sociedad.
Más aún, creo que tanto entre hombres como entre las mujeres, llegados a cierta edad, la autoestima empieza a caer en picado, ya no nos vemos como cuando éramos jóvenes, hemos perdido lustre… Supongo que debe ser hacia la típica depresión de los 40 en ellos, y en nosotras alrededor de los 30. Y cuando se acerca peligrosamente esa fecha, el hecho de sentirnos atractivas/os para el sexo opuesto se convierte en una prioridad mucho más alta de lo que lo había sido unos años antes. Y ahí pisamos terreno peligroso. Sin embargo, cuando más tiempo pasa desde que una relación se consolida, más peligrosa creo yo que es la posibilidad de ser infiel, pues factores como la monotonía, el aburrimiento, las diversas crisis de pareja, etc. hacen que los especímenes de nuestro alrededor sean mucho más atractivos a nuestros ojos que lo que tenemos en casa. Es por esto que creo que a los 40 es más fácil ser infiel que a los 30, y por eso creo que los hombres son potencialmente infieles con mayor frecuencia que las mujeres.
Más aún, cuando la mujer ronda los 30-35 o incluso los 40, tiende a replegarse en sí misma, utilizar cremas anticelulíticas, antiarrugas y anti-edad en general que (lamento decirlo, chicas) para nuestra desgracia colectiva, no obran milagros. Sin embargo, cuando el hombre ronda los 40, el hecho de que _todavía_ resulte atractivo para las féminas de su alrededor, y cuanto más jóvenes mejor, se convierte en un elemento que le sube la autoestima como no podría hacerlo nada más.Y ahí es fácil caer en la tentación.
En cambio, la teoría de Ifo se resume básicamente en dos puntos:
- Si una mujer quiere sexo, tiene a cualquier hombre a tiro, solo tiene que proponerlo y caerá a sus pies babeando.
- Las mujeres tienden a ocultar mejor las infidelidades. Si una mujer le pone los cuernos a su pareja y no quiere que este se entere, el hombre no se entará nunca.
¿Y vosotras qué pensáis? ¿Son más infieles ellos o nosotras? ¿Quien tiene más posibilidades de poner los cuernos, y quien lo hace con más frecuencia? He preparado un pequeño cuestionario para tratar de sistematizar vuestras respuestas y vuestras opiniones, así que si queréis participar (es completamente anónimo, por supuesto) podría ser interesante, y una vez que tengamos un número significativo de respuestas expondré en el blog los resultados.
Y si quieres que las personas que leen tu blog también participen, puedes enlazar al cuestionario utilizando la siguiente dirección: http://www.polldaddy.com/s/AAD0DF73B976EA2C/
¡Y cuantas más personas colaboren, mejor!
Me pican los mosquitos. Mucho. Me acribillan, me muerden, se ponen las botas con mi sangre y luego me salen unas ronchas en la piel tamaño moneda de dos leuros en los casos leves, y tamaño galleta María en los más extremos. Y así estaba ayer, con las piernas llenas de ronchas rosadas tamaño galleta María, utilizando todos los remedios caseros para que se pasara el picor (el truco que más me alivia es ponerme encima de las picaduras jabón de manos y esperar a que se seque), sabiendo que _no debo_ rascarme pero sin poderlo evitar.
Le conté a mi querido marido mi drama particular y él encontró la solución, un antimosquitos radical:
Enciérrate en una habitación, cierra puertas y ventanas, y tira mucho antimosquitos. Si tú no sobrevives, ellos tampoco.
Ayer por la tarde, en la piscina, fui testigo de una escena que por poco me quita las ganas de ser madre y me llevó a contemplar con cierto cariño la posibilidad de ligarme las trompas con los cordones de los zapatos. Os cuento:
Ayer por la tarde, entre otras personas, había en la piscina una niña de unos 5 ó 6 años (quizá incluso menos) y su hermano que no tendría más de 7, jugando en el agua. Su madre estaba fuera, en la toalla. Yo voy a la piscina casi todos los días, un par de horitas por la mañana y una hora o así por la tarde (ya sabéis que llevo bastante mal el calor), y a esta familia era la primera vez que la veía.
En esta época del año, en la piscina de la urbanización a partir de las 4 de la tarde empieza a hacer sombra porque el sol se oculta detrás de mi edificio. Se va ensombreciendo poco a poco, de tal manera que sobre las 5 de la tarde la parte que más cubre está en sombra y toca el sol de media piscina en adelante hacia la parte que menos cubre, hasta aproximadamente las 7, cuando ya no toca el sol ni en la piscina ni en el césped.
Pues a eso de las 6 de la tarde, la madre se acerca al borde de la piscina y les dice a los niños que salgan, que se van a casa. El niño sale de la piscina en silencio, se va a la toalla y empieza a secarse sin decir palabra. En cambio, la niña empieza a soltar unos chillidos que ponían los pelos de punta. Al principio no entendí por qué chillaba, parecía que la estuvieran matando, pensé que se habría hecho daño o algo, porque esos gritos no eran normales, si me apuran no eran ni siquiera humanos: más bien eran algo parecido a los de un cerdo agonizante, cualquiera que haya visto alguna vez la matanza de un cerdo sabrá a qué me refiero. Al cabo de un rato entendí que lo que la niña repetía como un mantra era
No quiero ir a casa no quiero ir a casa no quiero ir a casa no quiero ir a casa…
en toda la gama de agudos que su garganta y sus pulmones le permitían. De hecho, aunque no estoy en condiciones de asegurarlo, diría que alcanzaba tonos que solo los perros podían oír. Toda la piscina al completo estaba horrorizada por los aullidos de la niña, era algo espantoso. Yo aún estoy alucinada, no había visto una rabieta igual en mi vida.
¿Y qué hizo la madre? Se acercó al bordillo de la piscina con el gesto severo, la miró fijamente y le dijo, bajito pero con un tono de voz suficientemente firme, algo así:
Escúchame. No te quiero volver a sentir. Sal de agua y vamos a casa. Ya.
Y se dio media vuelta y volvió con el otro niño. Le ayudó a secarse y se encaminaron hacia casa. En total, la escena habría durado unos 15 o 20 minutos. Probablemente menos, pero esos gritos hicieron que el rato se me hiciera eterno e insoportable.
El caso es que en cuanto la niña perdió de vista a su madre y a su hermano detrás de los setos que rodean la piscina, ella solita salió del agua y el “no quiero ir a casa no quiero ir a casa” se transformó en un “mama mama mama mama” también a grito pelado. Cogió la toalla y las xancletas, y salió corriendo todo lo rápido que sus piernecitas daban de sí detrás de su madre, que la había dejado sola en el agua. ¿No decía que no quería ir a casa? ¡Pues ahí tienes!
La verdad, es que no sé si la madre reaccionó bien o no. Y no estoy segura de si yo sabría manejar una rabieta de esa magnitud. Cuando Ifo y yo hablamos del tema, él suele decir que no descarta un guantazo puntual en un momento determinado en que el crío se pase mucho de la ralla. Yo, a priori, sí que descarto esa opción, no contemplo la posibilidad de ponerle una mano encima a un hijo mío, ni que él se la ponga tampoco, ni siquiera un cachete en el culete con pañal y todo; siempre he creído que, como padres, no podemos permitirnos el lujo de perder los nervios ante nuestros hijos, y un guantazo es el efecto de perder los nervios, y creo que duele más la humillación y el miedo que provoca ese guantazo que el propio dolor físico provocado. Sin embargo, esa no era mi hija y de buen grado me habría acercado y le habría dicho:
A tí tu madre nunca te ha dado una buena hostia cuando te la merecías, ¿verdad guapa? Porque con gusto te la daba yo ahora mismo, ¡niña insoportable!
Si hubiera sido mi hija, no sé qué habría hecho, la verdad. Lo que sé es que no era mi hija, y la tentación de darle un buen sopapo era enorme. Además, creo que encima eso ahora está prohibido, ¿no? Os confieso que ayer por fin entendí lo que Querida Enemiga quería decir con el tema de los hijos, y lo valientes que somos por querer traer uno al mundo. Estoy pelín acojonada, no sé si sabré manejar una situación así.
Como te lo cuento. Una barbaridad. 1395 fotos son las que hizo Mery, nuestra fotógrafa, el día de la boda, ¡y eso que éramos apenas 70 invitados!
¡Y me gustan todas! Ha sido más fácil descartar unas pocas fotos en las que salíamos con caras raras o con los ojos cerrados, que elegir qué fotos me gustan. Ahora el problema lo tengo para seleccionar sólo 120 fotos de estas más de 1.300, para ponerlas en el álbum digital definitivo. Es una crueldad, no puedo descartar a tantas…
Para que os hagáis una idea, ya me las han pasado en baja resolución y las he subido a mi Flickr, así que aquí podéis echarles un vistazo a todas:
He hecho una breve selección de fotos de nuestra boda, las que más me gustan, aunque ha sido muy difícil.
Las he separado por momentos, y como siempre, si clickas encima de ellas, se amplían (aunque no mucho, porque el CD que me han pasado de momento los fotógrafos está en baja resolución). En los títulos de cada momento he puesto un enlace al álbum de Flickr correspondiente para ver todas las fotos de ese momento.
Después de ver las fotos, supongo que entenderéis porqué en el restaurante la familia no gritaba aquéllo tan típico de “¡Que se besen! ¡Que se besen!” Nos lo pasamos estupendamente, estamos enamoradísimos, y creo que eso en las fotos se nota. Para los dos fue un día mágico, que no olvidaremos en la vida.
El día de nuestra boda, mi madre me dedicó una canción durante el banquete antes de los postres, que me emocionó, me hizo llorar a lágrima viva y todavía me pone los pelos de punta.
En realidad, a todos los presentes se les puso la piel de gallina y un nudo en la garganta, y acabamos mis padres, mi hermano y yo llorando a moco tendido. Al finalizar el banquete, varias personas se acercaron a mi madre para pedirle el título y el grupo que la cantaba, porque estaban también emocionados con la letra.
La canción es del dúo Pimpinela, y se titula Aquí estoy yo. No he podido encontrar la música, aunque os he subido el vídeo de la boda al respecto, y aquí os copio la letra, creo que es un momento muy emotivo y vale la pena.
Cuando sientas miendo
aqui estoy yo
cuando tengas penas
aqui estoy yo
si se nuble el cielo
en tu corazon
yo tan solo quiero que sepas
que aqui estoy yo
aqui estoy yo
aqui estoy yo
aqui estoy yo
aqui estoy yo
en el fin del mundo
en cualquier rincon
hijo de mi alma
tu sabes que estoy yo
y siempre estare contigo
cuando me llame tu corazon
por que no hay nadie en el mundo
un amor tan grande como tu amor
y cuando llege el dia
en que la vida
nos diga a dios
cuando me haya ido
busca en tu alma hijo querido
que ahi estoy yo
si te sientes solo
aqui estoy yo
si te ves perdido
aqui estoy yo
cuando no hayas nadie
a tu alrededor
no te olvides nunca
hijo de mi corazon
que aqui estoy yo
aqui estoy yo
aqui estoy yo
aqui estoy yo
para dar la vida
para darte amor
para lo que pidas
tu sabes que a qui estoy yo
y siempre estre contigo
cuando me llame tu corazon
por que no hay en el mundo
un amor tan grande como tu amor
y cuando llege el dia
en que la vida
nos diga adios
cuando me haya ido busca en tu alma
hijo querido
que ahi estoy yo
hijo de mi vida
hija de mi amor.
Finalmente llegó el día de la boda, y todo salió genial. La boda fue preciosa, encantadora, muy emocionante, las dos familias estaban como locas, nuestros padres se aguantaban la emoción y las ganas de llorar como podían aunque sin mucho éxito… Todo el mundo se divirtió muchísimo, nos lo pasamos genial y fue todo de lo más bonito y muy romántico.
Algunos momentos empañaron el día, como por ejemplo que el cura no nos dejara leer los textos que habíamos preparado previamente, y casi al final de la ceremonia, aunque habíamos hablado con él antes y le habíamos advertido de mis recelos, nos coló en su discurso una referencia insoportablemente machista. El cura dijo:
Tú, Ifoxe, cuida de Pimkie; y tú, Pimkie, cuida de la familia…
Aún no he visto el vídeo, pero es probable que en ese punto se oiga un agudo “Quéééééééé???!!!!” Durante ese momento, Ifo tuvo que agarrarme la mano con fuerza, como diciéndome:
Tranquila, no le saltes al cuello al cura ahora, que esto ya casi se ha acabado…
Tampoco nos gustó cuando el encargado del restaurante, en el momento en que estábamos repartiendo los regalos, quisiera hacernos un comentario sobre algo que no estaba previsto en un momento en el que íbamos bastante apurados de tiempo y no tocaba abrir una discusión al respecto; o el puñetero vestido de Pronovias, que me dejaron tan estrecho que apenas podía moverme, ni siquiera darle un abrazo en condiciones a mi marido, y los tirantes del vestido me hicieron unas heridas que me han durado toda la luna de miel y de las que todavía tengo marcas (así no se hacen las cosas, he quedado bastante decepcionada con ellos). O el vestido blanco y cortito de mi cuñada… es que es para matarla.
Por lo demás, todo genial. Mi hermano intentó ligarse a la fotógrafa desde el momento en que entró por la puerta. Mi padre no sabía cómo aguantarse las lágrimas de la emoción. Durante la lectura del poema que había escrito Ifo para mí, Toni me arrancó las primeras lágrimas, y una de las primeras carcajadas con aquéllo de “pero chiquilla, ¡espabila! que el novio esperando está…“. La fotógrafa, al llegar a la Iglesia, le dijo al novio, “¡esa casa es un caos!” y con toda la razón, porque en mi casa habían más de 20 personas, la mitad de las cuales se cambiaron de ropa directamente allí (tenían más de una hora en coche desde el pueblo de mi familia hasta mi casa, y no quisieron salir vestidos de su casa para no llegar con los trajes arrugados), todo el mundo quería intervenir, salir en todas las fotos (sobre todo mi hermano), cotillear a ver qué pasaba, ver cómo me maquillaban, me vestían, me peinaban, me hacían las fotos en mi habitación… bueno, un auténtico caos, pero divertidísimo.
Mi hermano se comportó de una forma muy emotiva, estuvo muy cariñoso, quería salir en todas las fotos, participar en todo, no quería quedarse al margen de nada. Me dijo un montón de veces lo guapa que estaba, que parecía una princesa, se puso nerviosísimo cuando le tocó leer a él su texto en la Iglesia (después me dijo que estuvo a punto de hacer “Testigo a la fuga“, de los mismos nervios …), lloró en el restaurante…
Al final de la ceremonia acabamos todos dando rienda suelta a todas las emociones contenidas, llorando y abrazándonos. Genial la peluquera y maquilladora, que nos maquilló a mi madre y a mí con maquillaje resistente al agua, porque si no antes de la una del mediodía habríamos tenido las dos la cara negra como un tizón.
Dos momentos muy emocionantes fueron cuando mi padre me dejó junto al altar, al lado de Ifo, y le dijo:
Aquí te la dejo, cuídala bien.
O cuando mi suegro, justo al acabar la ceremonia, entre besos y abrazos, me miró con los ojos en lágrimas y me dijo:
Bienvenida a la familia.
Mi suegra compró dos ramos adicionales para la Iglesia, enormes, aunque si os soy sincera, sé como son por las fotos, porque desde luego una vez allí ni me fijé en ellos. Mi suegra me preguntó por ellos, me dijo que si me habían gustado, y le dije que sí, que eran preciosos, ¿qué le iba a decir, si ni los había visto, pero ella lo había hecho de corazón? Ifo me confesó después que él había le había dicho lo mismo porque ni se había fijado… También contrató a un violinista sin decirnos nada, para que nos tocaran música de violines durante la ceremonia, y a la salida tocara el Virolai. Si os soy sincera, esta es la única parte que no me hizo gracia del todo, porque aunque se trataba de una sorpresa, la música de salida de los novios nos la podía haber consultado, ¿no? Bueno, en cualquier caso, se lo agradezco muchísimo, fue un detallazo por su parte y la verdad es que la música ponía los pelos de punta de la emoción dentro del templo.
Tanto a su madre como a la mía les debe haber costado horrores mantenerse al margen y no organizar más cosas, porque lo cierto es que ambas nos han dejado hacer a nuestro antojo, nos han dado consejos e ideas pero no se han metido más que para lo que nosotros las hemos llamado.
Mi madre nos puso un nudo en la garganta a todos los invitados en el restaurante y a mí me hizo llorar como una Magdalena con la canción que nos dedicó, una de Pimpinela titulada “Aquí estoy yo“ con una letra que todavía me hace llorar de la emoción.
Al llegar al restaurante, me cambié de zapatos y me quité el cancán, que me había puesto demasiado bajo y llevaba todo el día pisándomelo al caminar con los zapatos, y además daba un calor horroroso. Por cierto, ¡¡el libro de firmas tuvo su éxito!!
Mi padre, mi abuelo y mi hermano me hicieron la única medio-crítica-medio-guiño: y es que para las mamás les regalamos un ramo de rosas y unos muñequitos de porcelana con forma de novios; a las abuelas, les regalamos unas flores blancas en macetero y también una pareja de novios de porcelana a cada abuela; a mi cuñada y a mi prima les regalamos la mitad del ramo a cada una; a las amigas les regalamos las rosas rojas del centro de mesa… Pero ni a padres, abuelos ni hermanos les hicimos ningún detalle especial. ¡Será posible! ¿Cómo se nos habrá podido pasar por alto? Así que estaban enfurruñados, porque también querían ser especiales, y es que mi hermano hizo de chófer, mi padre me llevó al altar y bailó conmigo el segundo baile (Y nos dieron las diez, de Sabina), pero ellos querían más, querían un recuerdo especial, un detalle. ¡Cachis, qué fallo!
Un detalle importante fue llevar zapatos de recambio planos, porque los de tacón me estaban matando, y cuando llegamos al restaurante pude cambiármelos por unas bailarinas blancas que no me amargaran el día (por cierto, había comprado antiinflamatorio en crema para ponérmelo en los pies antes de ponerme los zapatos y que no se me inflamaran… pero con los nervios me olvidé, y al llegar al restaurante los zapatos me estaban destrozando). Y es que en la entrada del restaurante, donde se hacía el aperitivo al aire libre, el suelo era de grabilla y me estaba haciendo polvo los pies.
Durante el aperitivo, y mientras nos hacíamos fotos con los invitados, pude darme cuenta de lo diferentes que son nuestras dos familias. Mientras los invitados de Ifo eran correctos, educados, y cada “núcleo familiar” se mantenía separado en grupitos pequeños, en mi familia somos folloneros, escandalosos, y todo el grupo se mantenía compacto y unido. ¿Consecuencia? Mientras en cada mesa del aperitivo para los invitados de Ifo había una mesa con 4, 6, o en ocasiones hasta 8 invitados por mesa, en mi familia había una sola mesa con más de 25 personas. Claro, los camareros ponían lo mismo en todas las mesas, independientemente del número de personas que hubieran en cada una… así que cuando traían los aperitivos a la mesa de mi familia, los platos no llegaban a tocar la mesa, se quedaban vacíos antes. En un momento determinado, cuando los amigos de Ifo vinieron a hacerse la foto de grupo con nosotros bajo la palmera, mis tíos y mis primas aprovecharon para saquear su mesa, que claro, estaba mucho más completa que la de mi familia… ¡y los pillaron con las manos en la masa! Qué panda…
Una vez en el restaurante, es cierto que todo fue tan rápido que casi ni me enteré. No nos dio tiempo de probar el aperitivo, porque mientras los invitados se ponían las botas, nosotros nos hacíamos fotos con los grupos de familias a la sombra de una palmera. De hecho, aunque Ifo y yo cortamos la tarta, es ahora gracias a las fotos que me estoy enterando de cómo era nuestra tarta matrimonial… Y es que algunas fotos de la boda revelan secretos que quizá hubieras preferido que quedaran en la espesura del alcohol, los nervios y la emoción del día… como por ejemplo el padre de Ifoxe bailando el Aserejé (fijaros al hombre de la camisa blanca y corbata azul, al fondo a la derecha…)
O cuando Soraya me dio el regalo que me había traído de Punta Cana, donde había estado hacía dos semanas. Me emocionó que mientras ella estaba tomando el sol en la hamaca y poniéndose ciega de piña colada, se hubiera acordado de mí y me hubiera traído una figura tallada en madera que representa a una especie de dios de la suerte. Yo la miraba por el lado que no era, toda emocionada, y le daba las gracias diciéndome que me encantaba… a lo que ella, sin inmutarse, le dio la vuelta a la figura (ahora ya sí tenía cara y ojos) y siguió explicándome la historia… Tierra, trágame. Tía, ¿cómo me dejas meter la pata de esa manera y hacer un ridículo tan espantoso? ¡Párame, hombre!
Otros momentos, en cambio, merecen un recuerdo imborrable, con o sin foto, como ver a mi abuela bailando descalza, a pesar del dolor de rodillas, por primera vez en los últimos 47 años que mi madre puede acreditar…
Al día siguiente, domingo, salíamos de Luna de Miel, y claro, con todo el jaleo, nuestra casa quedó hecha un desastre. Más aún porque después del banquete volvimos a casa y nos bañamos en la piscina, con lo que tuvimos que deshacer las maletas para sacar toallas de playa, bañadores y bikinis para algunos invitados. Total, que la casa estaba patas arriba, y a Ifo por poco le da un ataque de pensar que al día siguiente teníamos que salir pitando. Así que nuestros padres, que se habían puesto de acuerdo unos días antes, nos taparon los ojos, no nos dejaron coger ni una muda, y vestidos de boda nos llevaron en coche hasta un hotel de 4 estrellas en el centro de Sabadell para que descansáramos, pero sin decirnos a dónde íbamos ni dónde estábamos, y una vez allí los empleados del hotel nos trajeron champán y una cesta de frutas (un plato de frutas, más bien), y el desayuno a la cama al día siguiente. Nos vinieron a recoger al hotel a las 12 como habíamos quedado, con las maletas hechas y nuestra casa recogida y limpia como una patena, para llevarnos al puerto de Barcelona… Pero esa es otra historia.