Hace unos días os contaba que estaba aburrida de las vacaciones, agobiada por el calor y por no tener a Ifo conmigo estos días. Pues ha ido de un pelo que no me cargara los días que me quedan de vacaciones.
El viernes a mediodía empecé a sentir unos dolores muy fuertes en el estómago, como unos pinchazos bastante fuertes a la altura del ombligo. Al principio no le dí demasiada importancia, sentía estos pinchazos cada media hora aproximadamente. Hacia las 2 de la tarde empecé a sentirlos con mayor frecuencia, cada 10 minutos o así. De todas formas, comí normalmente y a eso de las 3 de la tarde más o menos me metí en la cama, porque ya el dolor era cada vez más intenso y frecuente, cada 5 minutos, después cada 2 minutos… No podía tenerme en pie, me doblaba por la mitad, sentía que me partía en dos, era como si me hubiera tragado 20 cuchillas y se me removieran en el estómago.
Hacia las 4 de la tarde empecé a sentir arcadas cada vez que venía de nuevo el dolor, pero no era capaz de vomitar, ni siquiera metiéndome los dedos. Cada vez me sentía peor. A las 4 y media por fin logré vomitar todo lo que había comido, y entre sudores y escalofríos le supliqué a Ifo que me llevara al hospital porque ya no podía soportar más el dolor.
Me subió al coche y en dos minutos nos plantamos en el ambulatorio. Y los pinchazos en el estómago cesaron. Estuve casi una hora esperando a que me atendiera la doctora, y aunque seguía sintiendo un intenso dolor de estómago, ya no sufría esos pinchazos tan intensos que me dejaban doblada y casi sin poder caminar. Como cuando llevas el coche al taller porque hace un ruido raro, y justo al entrar deja de hacerlo… pues igual.
La doctora me hizo una exploración básica, y su diagnóstico me puso los pelos de punta: podía ser apendicitis, así que ya podíamos salir pitando para el hospital de Sabadell cagando hostias. Mierdamierdamierdamierda. ¿No decías que te aburrías, que no sabías qué hacer con las tres semanas de vacaciones que te quedan? ¡Pues toma! Operación, dos días ingresada, un mes de baja y una preciosa cicatriz. Cojonudo. Eso me pasa por quejarme. Cawentó lo que se menea.
Ni siquiera habíamos cogido los móviles, Ifo vuelve a casa, sube las escaleras de dos en dos y baja con su móvil, el mío, y unos 5 ó 6 libros, por si me quedaba ingresada en el hospital ya esa misma tarde. ¡Más monooooo…!
Así que nos plantamos en el Taulí, yo seguía con dolor de estómago pero ya bastante menos, y ni rastro de los pinchazos que me destrozaban por dentro un par de horas antes. Nos hicieron pasar enseguida, me hicieron varias exploraciones básicas y la conclusión del médico (¡¡en prácticas!!) que me atendió fue que probablemente no fuera una apendicitis (¡¡uf!!) sino algo relacionado con la vesícula (¿¿¿mande???), así que me hizo una radiografía de abdomen, un análisis de sangre, otro de orina, llamó a otra doctora y a una cirujana para que me exploraran también… Y el resultado, después de más de 5 horas de hospital entre pruebas y salas de espera, fue que ni apendicitis, ni vesícula, ni nada parecido: lo que tenía era una gastritis de hipopótamo. No me quedé muy convencida, la verdad, pero es lo que hay.
No descartaron del todo que pudiera ser apendicitis, pero me dijeron que como sólo habían pasado unas horas, los síntomas que presentaba no eran del todo concluyentes, así que me mandaron de vuelta a casa y que volviera en caso de que los dolores se agravasen. Genial.
Así que me he pasado el fin de semana con dolor de barriguita, pero superándolo, y tranquila porque al menos no me tendrán que ingresar, operar, y pasarme lo que me queda de vacaciones apoltronada y sin ni siquiera poder ir a la piscina. ¡Guay!
En esta entrada hablo de: Ifoxe, mala suerte, vacaciones
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