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May
24
    
Lo escribí el Mayo-24-2007 | (3) comentarios |

Ayer tuvimos la enganchada más gorda de las (pocas) que hemos tenido hasta ahora. Todo acabó bien, aunque como en cada bronca, las dos partes se dejan unos cuantos pelos en la gatera (y, en esta ocasión además una de las partes acabó con una resaca monumental después de zascarse casi una botella entera de Malibú a palo seco en menos de dos horas…)

A veces parece increíble como una serie de malentendidos y de coincidencias pueden llevar a una situación tan absurda por un lado y tan desagradable por otro…

Después de creer que estaba a punto de perderme, tengo la sensación de que ahora sus “Te Quiero” tienen una intensidad desconocida hasta ahora. Creyó haber metido la pata hasta el fondo (y no negaré que de verdad me cabreé mucho), y casi se vuelve loco de celos al pensar que me había refugiado en los brazos de otro por su estupidez. Cuando llegué a casa, se me partió el corazón al verle destrozado emocionalmente. Yo estaba cabreada, pero él estaba deshecho. Diox, solo quería abrazarle, calmarle, mimarle, quererle…

No obstante, el hecho simplemente de que podamos llegar a situaciones tan peligrosas para nuestra relación deben llevarnos a reflexionar sobre los motivos últimos que nos ponen al límite, más allá de los que nos han llevado a esta situación en concreto. No quiero que vuelva a suceder, no quiero perderle, no quiero que sufra, no quiero sufrir. No si puedo evitarlo.

Sé que todo es inseguridad, aún no le entra en la cabeza que pueda quererle, y cuando duda, se tambalea. Y hace que todo se tambalee a su alrededor.

Pues se te va a tener que meter en la cabeza, Carinyu: TE QUIERO,

estoy contigo porque te quiero y en mi vida no hay otro hombre que no seas tú.

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May
23
    
Lo escribí el Mayo-23-2007 | (5) comentarios |

Reloj de arena¿Cuantas veces tiende una a pensar:

estoy harta, no aguanto más“, pero acaba cediendo

antes de explotar definitivamente?

¿Cual es el número límite de veces

que una piensa que está harta pero cede,

antes de explotar definitivamente?

¿Cual será la gota que colme el vaso?

¿Se puede predecir la llegada de ese momento? Y, ya puestos, ¿se puede evitar?

Supongo que es algo así como preguntar “Si los perros dan vueltas antes de dormir, ¿cuantas vueltas dan antes de quedarse dormidos?“. Más o menos.

¿Dónde está el límite? ¿Cuanto aguante tiene una mujer enamorada? ¿Cómo se mide eso? ¿En días, en años, en kilos, en desplantes? ¿Depende de la paciencia de cada una, o del nivel de, llamémosle, estress, al que se ve sometida?

Lo que sé es que hay veces que siento que estoy hasta las narices y no es la primera vez que me siento así. Inmediatamente después me acobardo de mí misma y de mi propia vehemencia, y me echo atrás. Retrocedo, negocio, pacto, lucho… y me dejo unos cuantos pelos en cada contienda.

Pero la diferencia esta ves es que hoy ni siquiera tengo ganas de hablar y resolverlo, me siento cansada y aburrida, y eso no puede deparar nada bueno.

Veremos qué pasa, porque no quiero que termine pero tampoco quiero vivir así.

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May
21
    
Lo escribí el Mayo-21-2007 | (10) comentarios |

Tengo una amiga que está convencida de que su vida es la mejor a la que ella puede aspirar, que está razonablemente bien. Lo que ocurre es que lo que para ella es “razonable”, a mí no me lo parece en absoluto. No nos veíamos desde el verano pasado, y el sábado estuvimos en su casa. Se me cayó el alma a los pies. Os cuento:

Para empezar, noté que mi amiga había engordado bastante, y eso en ella suele ser señal de malas noticias. Cuando se siente bien consigo misma y con su vida, se arregla, se cuida, cuida su alimentación, come sano, se arergla, y todo eso se nota en su físico (a pesar de que siempre ha estado algo rellenita, es muy alta, tiene una melena rubia y rizada preciosa, y es muy guapa de cara, por lo que a poco que se arregle resulta realmente atractiva); cuando no se siente bien con ella y su entorno, cuando no está bien, tiende a la dejadez, gana peso con facilidad y se arregla poco. Y el sábado la encontré muy descuidada, sin maquillar, sin peinar, con algunos kilos más de la cuenta, con una ropa que no le favorecía en absoluto… Bueno, no voy a ser yo quien se ponga a dar clases de glamour, pero me pareció que estaba muy descuidada. Primera señal de alerta de que algo no va bien.

Ya lleva más de un año saliendo y viviendo (sí, sí) con su novio. Me da rabia que parezca que soy así de superficial, pero es horrible, un mastodonte, físicamente un monstruo para mi gusto, enorme, con un barrigón alimentado por cerveza y ausencia total de ejercicio físico durante décadas, no se ha cortado el pelo desde la final del último mundial de fútbol, y me parece que este mes aún no se lo ha lavado. Supongo que esta descripción, por sí misma, ya dice mucho del personaje, pero es mucho peor de lo que parece.

Para empezar, toda su vida gira alrededor de los porros. No digo que fume mucho: estoy diciendo que son su única razón de ser. Nos llevaron a dar una vuelta por el pueblo en el que viven, el pueblo de él, y todas las referencias que nos hacía estaban relacionadas de alguna manera con los porros: “en ese parque me fumé mi primer porro; en aquel campo iba a entrenar a fútbol con 16 años, pero lo dejé porque prefería quedarme con los colegas fumando porros; aquel parque antes estaba vallado, tenía una fuente, no habían columpios, y se juntaban todos los chavales del pueblo a fumar porros; en esta plaza venía yo con mis amigos a fumar porros…” Y así constantemente. ¿Cómo entiende él los fines de semana? Una juerga contínua: ¿qué es lo que me gusta? ¿fumar porros? ¡Pues a saco! ¿la música? ¡pues a todo volumen! Vamos, el yerno que todas las suegras desearían, ¿que no?

El alcohol también es otra de las alegrías que le gusta darle al cuerpo a este hombre. No se trata de que se beba una cerveza de vez en cuando, o algún cubata cuando sale de marcha, no: es que es IN-CA-PAZ de beber nada que no tenga alcohol. Es que estábamos sentados tranquilamente en la terraza de una tetería, y se pasó todo el rato protestando porque allí no vendían alcohol, porque necesitaba una cerveza (se había bebido tres y dos vasos de vermouth durante la comida, que yo contara), un carajillo, un cubata, ¡algo! Diox, esto es una cosa seria…

Si esto le afectara a él solo, ya me parecería preocupante, pero la está arrastrando a ella en esta deriva, y eso no me gusta un pelo.

Además, el Yerno Perfecto es un también un machista perfecto. Terminamos de comer y tanto mi novio como yo nos pusimos a ayudar a recoger, entre otras cosas porque nos parecía de un mal gusto terrible ir a casa de alguien y dejársela patas arriba. ¿Y qué es lo que hizo el Yerno Perfecto? Apalancarse en el sofá con una lata de cerveza entre las manos. ¡Tranquilo, hombre, no te canses!

Y podría seguir, pero ya me he aburrido de hablar de él. La que me preocupa de verdad es ella, mi amiga. Cumplirá 26 años en agosto, y se le ha metido en la cabeza de que el Yerno Perfecto es su última esperanza antes de que “se le pase el arroz”, cree que ya se le ha acabado el tiempo para hacer tonterías y se agarra a él como a un clavo ardiendo como su última oportunidad, no sé bien bien de qué. ¿De no estar sola? ¿De tener un futuro?

El Yerno Perfecto es paleta, y ella lleva en el paro unos meses. No sé cómo se lo monta, pero me parece que aún no sabe lo que es que le renueven un contrato. En todos los trabajos por los que ha pasado, o la han despedido o no le han renovado el contrato, y no ha durado más de 6 meses en ninguna empresa. Y siempre tienen la culpa sus compañeros, a los que no soporta, siempre hay algún compañero insoportable o tarado mental empeñado en hacerle la vida imposible. Ahora lleva varios meses en el paro, y el Yerno Perfecto, sin cortarse un pelo, la hizo irse con él a trabajar de paleta. De peona, según nos contaron. Yo estaba alucinando en multicolor cuando oía al Yerno Perfecto explicar que la había hecho cargar con 6.000 kilos (¡¡seis mil kilos!!) de cemento en una semana, levantarlos a pulso y meterlos en la hormigonera, proque tenía que hacerla trabajar igual que un hombre para que los contratistas no le miraran mal por llevarse a la parienta a la obra. No me lo podía creer (a mí, que mi novio no me deja ni cargar con las bolsas de la compra, lo que me estaba contando me parecía una broma de mal gusto), y ella lo contaba al parecer orgullosísima de sí misma. Después, hablándolo a solas, le dije que estaba preocupada por lo que acababa de escuchar, ¡y tuvo el cuajo de negármelo! ¡Me dijo que él la había tratado muy bien, que no la había dejado coger peso! ¿Y qué son para tí todos esos sacos de 25 kilos de cemento, me lo quieres explicar? No me lo podía creer, ¿a quien pretendes engañar? Será a ella misma, porque lo que es a mí, no cuela bonita.

Quienes nos conocen saben de sobra que Caramelito y yo somos insoportables de tan empalagosos, que estamos todo el santo día el uno encima del otro, haciéndonos mimitos y dándonos besos. Pues mi querida amiga, que acababa de conocer a mi novio, no se le ocurrió otra cosa que pensar que nuestra actitud era porque queríamos demostrar algo, ves a saber el qué, que veníamos a su casa a demostrarle algo. Me quedé de pasta de boniato: no vengo a tu casa a demostrarte nada, no vengo porque quiera restregarte por la cara que soy feliz; vengo porque soy tu amiga y me gustaría saber cómo te va; si tú eres feliz, yo me alegro, no pienso que me estés restregando tu felicidad por la cara… Pero con el paso de las horas, fui entendiendo un poco más su reacción: mientras a mí mi novio me llama cosas como carinyu, amor, petita (pequeña), preciosa, cosita guapa y derivados, a ella el Yerno Perfecto la llama por su nombre de pila. Y no por gusto de ella, desde luego, porque se lo reclamó. Mi amiga y yo nos llamamos igual, por lo que el Yerno Perfecto, creyendo hacer la gracia, se refirió a mí como Pimkie 2, a lo que mi amiga respondió “lo puedes solucionar fácilmente: a mí me llamas cariño”. Para el Yerno Perfecto, como si la cosa no fuera con él. De hecho, el contacto físico entre ellos era bastante escaso, y casi siempre porque ella le buscaba a él, y no al revés.

Cuando mi amiga cuestionó la autenticidad de mi anillo de prometida, poniendo en duda que los diamantes fueran auténticos, fue cuando ví claro que actuaba de esa manera tan desagradable porque estaba celosa.

Celosa e insegura, ella sí se comportó como si tuviera que demostrar o justificar de alguna manera que la decisión que había tomado era la correcta, contraponiendo las supuestas virtudes de tener un novio 10 años mayor, como si eso fuese garantía de algo, a las supuestas desventajas de tener un novio un año menor; o argumentando que hay una edad para “quemarse y hacer el tonto” y una edad para “sentar la cabeza (con lo primero que pilles, añado yo), porque ya no te queda mucho tiempo”…

Se me pusieron los pelos de punta: me estaba diciendo que ha renunciando a cualquier posibilidad de ser feliz porque, a sus 25 años, ¡cree que ya no le queda tiempo para encontrar nada mejor que el hombre con el que actualmente comparte su cama! Y si ese hombre fuese un mediocre aburrido que solo pudiera prometerle una vida de monotonía, me preocuparía pero esperaría a que en algún momento decidiera optar por el divorcio más pronto que tarde; pero si el tío que ha escogido como última posibilidad de no quedarse sola de por vida es un inútil integral, machista, borracho y porrero, al que se agarra como a un clavo ardiendo, ¿cómo puedo hacerle abrir los ojos?

Me gustaría sacarla de esa casa que tanto esfuerzo le está costanto montar (que esa es otra) y traerla de vuelta al mundo de las ilusiones, al país de la esperanza. Pero si ella solita no se digna a abrir los ojos, si prefiere vivir ciega y engañada, ¿qué puedo hacer yo? Como dice el anuncio de la Dirección General de Tráfico, “no podemos conducir por tí”, y si ella está decidida a conducir hasta estrellarse, ¿cómo la saco del coche? ¿a rastras? Ya es mayorcita, no puedo sacarla de ahí cogiéndola de una oreja… Y es una situación realmente frustrante.

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May
18
    
Lo escribí el Mayo-18-2007 | (4) comentarios |

Hace cosa de un mes os comenté que en el trabajo de mi novio había una chica que no le dejaba en paz, no paraba de tirarle los trastos…

  • La buena noticia es que esta tía petarda parece que se ha aburrido y ahora andará buscando nuevas víctimas.
  • La mala noticia es que parece ser que esto de tirarle los trastos a mi novio se ha convertido en el deporte preferido de sus compañeras de trabajo, y algunas son tan descaradas que ya me empiezan a tocar un poco los huevos…

Para empezar, una ya empieza a hacerse a la idea de que la comptencia va a ser dura cuando me cuentan que en el comedor de la empresa, durante la primera semana en que empezó a trabajar, el tema único de conversación era ÉL. Pues mira qué bien: unas 50 tías comentando lo bueno que está mi novio, que si vaya fichaje que han hecho, que sí qué bueno que está… Encantador.

Después vienen las insinuaciones al más puro estilo Mata Hari de la recepcionista de la empresa:

-(Ella): ¿Dónde vas hoy a comer?
-(Él): Pues no lo sé. Me apetecía ir a comer al japonés, pero me parece que no voy a ir porque es caro y está muy lejos.
-(Ella): Pues cuando vayas al japonés, avísame y voy a comer contigo.

Mírala, qué mona, ella. ¿Pues no se acaba de auto-invitar a comer con mi novio a un sitio caro y lejos, la tía petarda?

Pero la recepcionista es discreta y todo, comparada con otras más lanzadas aún: En otra ocasión, están varios compañeros fumando en la puerta y hablando de la situación personal de cada uno de ellos. Mi novio explica que él está viviendo conmigo y doña Zorrón le suelta a bocajarro:

- Pues si tu novia te deja, puedes quedarte a dormir en mi casa…

Perdón, ¿cómo dices bonita? Esta se va a llevar una patada en la boca el día que se me ponga a tiro que lo va a flipar en panorámico…

Y así contínuamente. Hasta las narices me tienen las niñatas estas, de verdad.

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May
14
    
Lo escribí el Mayo-14-2007 | (1) comentario |

¿Has sentido alguna vez un dolor de cabeza tan salvaje que parecería que te has estado dando de cabezazos contra el parachoques de un camión? Si estás pensando en ese dolor de cabeza que produce la resaca de whisky de garrafón, déjame decirte que de lo que te estoy hablando es 40 veces peor. Si consigues hacerte a la idea, te acercarás por un momento a algo parecido a lo que siente una persona que sufre ataques de migraña.La migraña es una enfermedad crónica de tipo neurológico, de causa no conocida, que se manifiesta por crisis o ataques repetitivos de un fuerte dolor de cabeza originado en uno de los lados del cerebro (más o menos, como si una garra con las uñas larguísimas te apretara el lado izquierdo de la cabeza clavándote las uñas en el cerebro), que suelen tener una duración de entre unas horas y varios días, acompañado de náuseas, mucosidad, fotofobia (molestia a la luz) y fonofobia (molestia al ruido), y que empeora con la actividad física. No puedes leer, no puedes pensar con claridad, sientes molestias al tratar de mantener los ojos abiertos, te molesta la luz, te cuesta hablar, te cuesta moverte, se te quitan las ganas de comer, tienes ganas de vomitar, no te deja dormir (con lo cual, la falta de sueño también repercute negativamente sobre el cuerpo intensificando los síntomas de la propia migraña), incluso cualquier movimiento de tu compañero de cama te hace gritar de dolor…

Como es evidente, una crisis de migraña te deja para el arrastre, postrándote en cama casi sin poder moverte y sufriendo unos dolores terribles de cabeza. Según la Organización Mundial de la Salud, la migraña está considerada una de las enfermedades más discapacitantes, ¡junto a la tetraplejia y la demencia! No en vano, es una de las principales causas de absentismo laboral: según un estudio presentado en el IX Congreso de la Federación Europea de Sociedades Neurológicas que se celebra en Atenas, los pacientes pierden en promedio un día de trabajo al mes, y según los datos del Programa PALM, repreenta alrededor de 9 días perdidos al año y un coste de 642 millones de euros anuales.

Si la migraña no es bien tratada puede convertirse en un infierno. Además de perturbar las relaciones familiares y amistosas, se resienten la vida profesional y hasta la propia autoestima. Sólo un 19% de los afectados consigue no perder ni una jornada de trabajo o de estudios, pero un 55% falta hasta diez días al año; un 15% entre 11 y 20; un 9% entre 21 y 50, y un 2% más de 50. En cuanto a los sentimientos personales, un 87% reconoce que pierde vitalidad y capacidad de concentración, mientras que un 80% admite que su carácter empeora y confiesa su hastío y frustración.

Y lo que es peor: por el momento no tiene cura (es una enfermedad crónica) ni remedio que lo alivie. No hay NADA que alivie los dolores de cabeza producidos por la migraña, por lo que lo único que los médicos pueden recomendar en estos casos son cosas que no se pueden adquirir en farmacias: silencio, oscuridad, tranquilidad (sobre todo, mucha tranquilidad), y evitar el chocolate, el café, el alcohol, etc.

La migraña es una enfermedad mayoritariamente femenina (se calcula que 3 millones y medio de españoles sufren migrañas, de los que el 70% son mujeres) y suele estar asociada a episodios de estress y a la menstruación. Suele aparecer en la adolescencia, y se prolonga hasta alrededor de los 45 años. ¿Puedes hacerte a la idea de lo que significa vivir durante 30 años de tu vida con intensos dolores de cabeza que aparecen cuando menos te lo esperas y prácticamente te dejan incapacitada durante varios días?

A pesar de todo esto, existe un gran desconocimiento en general sobre todo lo que rodea esta enfermedad neurológica. Baste mencionar una única cifra: el 20% de las mujeres que padecen migrañas no visita al médico. Una cifra sorprendente, teniendo en cuenta que estamos hablando de una enfermedad neurológica, y no de un simple dolor de cabeza. La incomprensión en el entorno de la afectada retrasa en la práctica la consulta al médico y el adecuado diagnóstico del síndrome. Un 42% de los europeos (38% en el caso de los españoles) tarda más de tres años en acudir al doctor por primera vez.

Otro aspecto relacionado con el desconocimiento que dificulta la vida de las personas que padecen migrañas es la incomprensión social relacionada con esta enfermedad. Es común que en su entorno laboral sus propios compañeros no comprendan el alcance de la situación y se refieran a la persona en tono despectivo, minimizando la gravedad de la enfermedad por puro desconocimiento, con frases del estilo de “está de baja por un dolor de cabeza”. Más aún, en el propio entorno familiar de la persona afectada son corrientes frases del estilo “no puede ser que estés así por un simple dolor de cabeza“, o “anda ya, que te quejas de vicio“, o “mira que eres blanda y tienes poco aguante” o “tómate una aspirina, levántate de la cama y deja ya de quejarte“… Así, al dolor crónico hay que sumarle la incomprensión social.

Por esas causalidades que tiene la vida, el 12 de mayo, día de mi cumpleaños, es el día mundial de la Fibromialgia y el Síndrome de Fatiga Crónica, una enfermedad que me ha tocado sufrir de cerca debido a que mi madre está afectada. Se cree que las migrañas pueden ser hereditarias, y están íntimamente relacionadas con las enfermedades del grupo del dolor crónico. Entre ellas, la fibromialgia provoca dolor crónico y es difícil de detectar debido a la vaguedad de los síntomas; el dolor crónico cambia la vida, causa depresión, imposibilita a los que lo padecen de hacer actividades cotidianas e incluso puede conllevar la pérdida del trabajo, según el último estudio Pain in Europe de 2005, una encuesta a nivel europeo que en España está avalada por la Sociedad Española del Dolor. Las migrañas, con todo lo que conllevan, son sólo una versión ligera de esta otra enfermedad, de la que escribiré en breve.

Yo sufro de migrañas. Por suerte para mí, no son demasiado frecuentes (3 ó 4 veces al año, a lo sumo), pero estoy en una edad en la que el ciclo del dolor es ascendente. No logro imaginarme cómo será mi vida conviviendo con este dolor más a menudo (ni consigo imaginarme la fortaleza que tiene mi madre al convivir A DIARIO con un dolor que le recorre todo el cuerpo). Hoy es uno de esos días en los que gustosamente me habría quedado en casa con la luz apagada y las ventanas cerradas. El último ataque de migraña que estoy padeciendo no me ha dejado dormir en toda la noche; a las 3 de madrugada, tras horas de intentar superar las náuseas, estaba intentando vomitar sin ningún éxito (¿qué podía quedarme en el estómago a esas horas de la noche?); la consecuencia obvia es que hoy, además del terrible dolor de cabeza, me duele todo el cuerpo, las cervicales me están haciendo polvo, casi no me tengo en pie y no puedo tirar de cafeína para suplir la falta de horas de sueño porque acentuaría la intensidad el dolor de cabeza, ya de por sí inaguantable.

Hoy he venido a trabajar tras vencer la resistencia opuesta por mi pareja, que no quería dejarme venir a trabajar en estas condiciones, y tras hacerme a mí misma la promesa de volver a casa si la situación se me hacía insoportable. De momento, aquí estamos, al pie del cañón y resistiendo como una campeona. Le he comentado la situación a mi jefa, y no sólo lo ha entendido sino que ha tenido el detalle de encomendarme una serie de tareas mecánicas que no requieren demasiado esfuerzo mental por mi parte. Hoy no estoy en condiciones de hacer otra cosa.

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May
02
    
Lo escribí el Mayo-2-2007 | (7) comentarios |

Uf! Las fiestas entre semana, cuando no tengo puente, me dejan hecha polvo… El lunes tocó venir a trabajar, ayer martes (Día Internacional del Trabajo) fue festivo, y yo miércoles otra vez al tajo. Estoy hecha polvo.

Ayer me lo tomé como si fuera sábado, correteando arriba y abajo en plan festivo; a las 12 de la noche aún no había llegado a casa; a las 12 y media estaba ordenando libros que me había traído de casa de mi madre, cabreándome porque no tengo suficiente espacio en las estanterías para ordenarlos como yo quiero y haciendo un tetris en cada balda para poder encajar todos los volúmenes de una temática concreta juntos. A la 1 de la madrugada aún no me había acostado, y apenas 5 horas más tarde sonaba el despertador.

¿Resultado? Que estoy hecha polvo. Estoy deseando llegar a casa, darme una ducha y meterme en la cama. Creo quee estoy más cansada que otro miércoles cualquiera.

Si es que no sé organizarme…

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